Cerebro y lenguaje

Víctor Manuel Alcaraz Romero

 El cerebro y la música
Julieta Ramos Loyo

 Neurobiología de la atención
Sergio Meneses Ortega

Jors

Cerebro y lenguaje

Víctor Manuel Alcaraz Romero
Instituto de Neurociencias, udeg y Facultad de Psicología, unam.

 

Miguel de Cervantes Saavedra, el gran escritor español, escribió en el momento en que el imperio de España se encontraba en su apogeo la obra que le ha dado más fama: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. En ese libro se lee lo siguiente: "... la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir...". Tiempo después, en pleno siglo xx, encontramos una versión de ese párrafo en una traducción del Quijote: "... la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir...".

Debemos a Borges, en una obra extraordinaria denominada Pierre Menard, autor del Quijote, la confrontación de esas dos versiones. Los lectores dirán que no son dos versiones, que el primer párrafo es idéntico al segundo. Así también lo piensa Borges, pero no obstante que son idénticos en sus palabras y en su construcción gramatical, ambos textos son diferentes. El primero fue escrito en un período en el que cada una de las palabras que lo componen tenía un significado producto de ese momento particular de la historia. El segundo se nos presenta en otro momento del tiempo, en el que a cada palabra se le ha añadido, al sentido original en el que pensó Cervantes, otro tipo de connotaciones. Cuando leemos ahora el Quijote, no somos capaces de aprehender muchos de los usos del lenguaje de la época en que se le creó. Nuestra lectura actual es más pobre y más rica que la que hacía un contemporáneo de Cervantes, pues el lenguaje es algo vivo, en continua transformación.

Pongamos un ejemplo que haga todavía más claro lo anterior. Si tomamos la palabra griega "historia", nos encontramos que su significado, en la época clásica, es completamente distinto al que hoy se le da. Cuando en un escrito griego se habla de historia se hace referencia a una averiguación que ha llevado a un conocimiento. Por eso había historias naturales, es decir, conocimientos sobre la naturaleza. El historiador es el que sabe algo, el sabio. En nuestro uso de esa misma palabra el significado es otro. Ya no es una mera averiguación, sino el inquirir sobre una serie de sucesos de carácter social de los que queremos extraer factores explicativos. A la historia natural se le llama ahora física o biología. Otra palabra más del uso cotidiano resaltará lo que queremos decir. "Hetaira", en la actualidad, es alguien que se dedica al comercio carnal. En cambio, en la Gracia del tiempo de Platón era una mujer con conocimientos tales que podía sostener una discusión con los hombres sobre los más diversos temas y, por lo tanto, acompañarlos en los simposia en donde se debatía sobre la filosofía.

Lo anterior implica que las palabras consideras como componentes principales del lenguaje tienen una especie de dinamismo. Si su naturaleza fuera estática, Herodoto que habló de historia, Cervantes que utilizó la misma palabra y su traductor Medard nos dirían lo mismo, pero vemos que un texto leído en dos épocas diferentes nos dice cosas distintas. Cuando ahora leemos a Cervantes no entendemos su burla a las novelas de caballerías. Tampoco logramos adivinar algunos de los ocultos sentidos de las obras clásicas antiguas que vistas con nuestros ojos modernos representan lo que tal vez el autor jamás supuso que podrían evocar.

Es una verdad de Perogrullo plantear que las palabras del lenguaje tienen una forma que no puede verse como una simple serie de sonidos, o en el caso del lenguaje escrito, como una hilera de grafismos. Según un saber popular muy extendido en nuestra cultura, el lenguaje es el medio humano por excelencia para transmitir las ideas. Detrás de los sonidos o de los grafismos hay siempre una idea. Sin embargo, esa definición suscita en nosotros una pregunta: ¿qué son las ideas? Quizá, con base en el sentido común, se nos conteste que son los constituyentes del pensamiento. El problema al cual ahora nos enfrentamos es que nos volvemos a quedar insatisfechos con ese tipo de respuesta, pues ahora necesitamos que se nos explique qué es el pensamiento. En un cuento de nunca acabar podríamos proseguir de esa manera si para cada pregunta formulada se nos responde con un término no definido previamente.

Empero, si seguimos un camino diferente y en lugar de definir el lenguaje con términos vagos e imprecisos, tratamos más bien de analizar cuáles son sus componentes, podemos hacer una mayor luz sobre ese comportamiento de gran importancia para el desarrollo del hombre. A ese respecto, veamos por ejemplo lo que significa el cambio de sentido de la palabra historia en los escritos de Herodoto al que ahora se le atribuye en los trabajos modernos. En la Grecia antigua, ya lo dijimos, había un conocimiento de la naturaleza que podía ser englobado en el término de historia natural. El conocimiento actual se ha ampliado tanto que ahora nos resulta insuficiente una sola palabra, necesitamos muchos términos como los de química, física, biología, astronomía, etcétera, para referirnos a los aspectos que hemos logrado distinguir en nuestro mundo. El lenguaje refleja ese conocimiento ampliado y, al mismo tiempo, nos ayuda a extenderlo.

Ahora bien, decíamos que para estudiar el lenguaje hace falta determinar sus componentes.

Podemos, en este artículo, analizar tres:
1) Los actos motores del aparato articulador vocal que producen las pronunciaciones. Éstas las podemos dividir en consonánticas y vocálicas.
2) La serie de sonidos que integran la forma sonora de la palabra.
3) El significado de la palabra.

Cuando intentamos ver cómo se producen los actos motores del aparato articulador vocal, descubrimos que en el cerebro, en la región frontal, que se encuentra en la parte anterior, se controlan los movimientos del organismo. Se llegó a este conocimiento por dos medios: a través de la observación de los trastornos que se presentan en los seres humanos cuando sufren una lesión en esa zona cerebral y gracias a manipulaciones experimentales en animales. Con los seres humanos se descubre que si se halla afectada la región frontal del lado izquierdo del cerebro, hay una pérdida de la capacidad para mover el brazo, la mano y la pierna del lado derecho. Además, los pacientes no pueden hablar, aunque logran cantar. Cuando una persona tiene una lesión en la parte frontal derecha de su cerebro, entonces pierde el movimiento en el lado izquierdo de su cuerpo, pero conserva el lenguaje. Con animales, la experimentación ha demostrado que si se estimula eléctricamente la región frontal izquierda, se presentan movimientos de las patas del lado derecho. A la inversa, se mueven las patas del lado izquierdo cuando la estimulación se hace en el lado derecho del cerebro, en su parte anterior. Es interesante descubrir en esos experimentos con animales que en la zona frontal del cerebro hay áreas específicas conectadas con cada parte de nuestro cuerpo. Eso explica por qué una lesión frontal puede llegar a afectar selectivamente a sólo una región corporal. Un paciente puede perder el movimiento de uno de sus brazos, otro el de su brazo y de su pierna. Otro perder por completo el habla, mientras que otro más mostrar dificultades en la producción de ciertas palabras.

De acuerdo con lo anterior, el cerebro derecho controla la parte izquierda del cuerpo y el izquierdo, la movilidad de la mitad derecha del cuerpo, así como del aparato articulador vocal mediante los cuales se logra la pronunciación de las palabras. Este control se realiza en virtud de que desde las regiones frontales parten fibras nerviosas que van a la médula espinal o a una región llamada tallo cerebral, situada en donde se inserta la médula espinal con el cerebro y de esas dos últimas estructuras surgen nervios que conducen impulsos a los músculos con el fin de activarlos.

Habíamos dicho que la palabra está formada por pronunciaciones vocálicas y consonánticas. Para las primeras basta variar la apertura de la boca, mientras que para las segundas es necesario que se pongan obstáculos al flujo de aire expelido por los pulmones. Esos obstáculos son interpuestos por movimientos de los labios, los dientes, la lengua y el paladar. Del análisis anterior de la participación cerebral en la pronunciación del lenguaje nos encontramos con que las pronunciaciones consonánticas las controla el cerebro izquierdo, mientras que en las vocálicas interviene el derecho. Eso explica por qué un paciente con una lesión cerebral izquierda no puede hablar, pero sí cantar, pues la melodía del canto se establece con variaciones en la apertura vocal.

La forma sonora de las palabras es captada por los oídos. De los receptores auditivos salen nervios que van a la parte lateral posterior del cerebro a una zona que se denomina región temporal. La lesión de esa área hace que los pacientes pierdan la capacidad de comprender el lenguaje, aunque conservan la de hablar. No obstante, lo que dicen a veces carece de sentido.
Por lo que respecta al significado, una palabra sirve para denominar a un estímulo, sea un objeto, una persona, un suceso o incluso los cambios o las alteraciones de nuestro cuerpo.
Captamos los estímulos a través de los distintos órganos sensoriales, los famosos cinco sentidos: visión, tacto, audición, gusto y olfato, y además por receptores que tenemos en el cuerpo y que recogen los movimientos de nuestros miembros o los estados en los que se encuentran las vísceras. Todos esos receptores envían nervios a distintas zonas en la parte posterior del cerebro. Los ojos al área llamada occipital en el polo posterior del cerebro, mientras que los oídos, como ya lo habíamos dicho, envían impulsos a las regiones temporales. De las demás partes del cuerpo, de los miembros, el tronco, el cuello, la cara, la lengua y la mucosa nasal, salen nervios que van a zonas específicas de la región parietal ubicada en la parte superior posterior del cerebro. Igualmente, desde receptores existentes en las vísceras van fibras a una región distinta localizada en las profundidades del cerebro y que se denomina región límbica. Ahí se captan las sensaciones de hambre, excitación sexual, de calor o frío. Asimismo, en esa región se integran el conjunto de estímulos sensoriales que formarán la percepción de placer o displacer.

Cuando una de las zonas de la región posterior o del área límbica se lesiona, se afectan las sensaciones que les corresponden. Las lesiones occipitales perturban la visión; las temporales dañan la audición; las parietales, la sensibilidad de partes circunscritas del cuerpo; las límbicas, el control de los apetitos o de emociones.

En el cerebro, además de los nervios que se dirigen hacia los músculos o las que provienen de los receptores sensoriales, hay fibras que forman los llamados circuitos intracerebrales que asocian las distintas zonas entre sí.

Las palabras se producen por una serie de actos motores, los cuales generan una cadena de sonidos. La pronunciación de una palabra requiere, entonces, la activación de la zona frontal del cerebro. El lado izquierdo para la articulación de las consonantes y el derecho para la producción de las vocales. Al mismo tiempo que se activa la zona frontal, se exista, gracias a los circuitos intracerebrales, la zona temporal, pues en ella se captan los sonidos generados. Si se tratara de la pronunciación de una palabra extranjera cuyo significado es desconocido por el hablante, por ejemplo la palabra rusa okno, sólo esas don zonas entran en actividad en virtud de que los actos motores y los sonidos que los acompañan están vacíos de significado. Para que una palabra denote algo, se necesita que previamente se haya establecido una asociación entre la serie de actos articulatorios, sus sonidos y la activación de una región sensorial en el cerebro. Así, por ejemplo, si llega a establecerse en el cerebro una asociación entre la activación de las zonas frontales que generan los actos motores con los que se pronuncia la palabra "uvas" y las zonas occipitales del cerebro en donde se capta la excitación producida por la vista de las uvas, entonces esa palabra cuenta con un significado. Dicho en otra forma, el significado viene a ser el conjunto de activaciones que en la región posterior del cerebro genera la audición o la pronunciación de una palabra.

Las uvas de nuestro ejemplo producen un gran número de sensaciones. Visuales cuando se les observa; gustativas cuando se les come; viscerales de agrado o desagrado. Cada una de esas sensaciones va a una región cerebral. La suma de las activaciones de esas distintas zonas del cerebro viene a constituir el significado. El daño a una zona o a las fibras que asocian a las zonas sensoriales posteriores con las regiones motoras frontales que controlan la pronunciación de la palabra o a las zonas auditivas que permiten la captación sonora de esa misma palabra, producirá alteraciones en el significado. Por ejemplo, si hay una lesión parietal no podrán denominarse a las uvas a partir de su sabor.

Al llegar a este punto podríamos decir que el lenguaje tiene una especie de carácter simbólico. Se usa para hacer referencias a los estímulos del medio utilizando para ello los símbolos sonoros de las palabras. Por otra parte, el carácter simbólico de las palabras se estableció gracias a asociaciones entre un patrón sensorial determinado y el patrón motor y auditivo que sirve para designarlo. La formación del patrón sensorial no es algo simple. La psicología clásica tiende a considerar que de manera innata el niño forma patrones perceptuales. En realidad, se establece una interacción especial entre lenguaje y percepción. Mediante el lenguaje se hacen resaltar ciertos estímulos del medio, y el niño aprende a discriminarlos con más facilidad. A su vez, los patrones sensoriales que así se forman repercuten sobre el lenguaje y ayudan a extender el vocabulario y a hacer más compleja la estructura del habla. Por ejemplo, el niño aprende a designar un patrón sensorial complejo con una palabra (un sustantivo) y a uno de los elementos de ese patrón con una diferente (un adjetivo). Se integran así configuraciones particulares en las que a veces se resalta el patrón global y en otras ocasiones sus partes. Las relaciones entre los patrones sensoriales y los de tipo verbal se hacen mediante tanteos, porque la madre y los adultos que componen el entorno del niño no tienen acceso a sus patrones sensoriales. Esos tanteos dan lugar a equivocaciones evidentes del niño, quien utiliza una misma palabra para designar objetos del ambiente con ciertas similitudes entre sí, aunque los nombres que les da su comunidad de lenguaje sean diferentes. De este modo, podrá llamar a una moneda "luna", por su redondez o a la leche también "luna", con base en su blancura. Ese uso inadecuado de las palabras recibe el nombre de sobreextensión y da lugar a correcciones por parte de los padres y a una progresiva composición del patrón sensorial que va a ser denominado luna. El niño aprende que no basta el rasgo redondez para llamar a algo luna, ni tampoco es suficiente su blancura, sino una combinación de los dos tipos de rasgos y otros más, como sería, digamos, que aparece en la noche en el cielo. Los patrones sensoriales que así se forman se van a ver adicionados por las reacciones de carácter emocional que se tengan frente al objeto y por el conjunto de manipulaciones que se hagan de éste. En otras palabras, un término designa no sólo un patrón sensorial, sino también un conjunto de reacciones emocionales asociadas y de patrones manipulativos de un objeto.

Hay, sin embargo, un conjunto de palabras que no pueden explicarse a partir de asociaciones sensoriales. Ésas son las palabras abstractas. Su significado se define a partir de otras palabras. Así por ejemplo, el término valor no puede aclararse con referencias de tipo sensorial. Su definición sólo se alcanza a través de otras palabras.

Un conjunto distinto de palabras, las preposiciones, parecen carecer igualmente de referencias sensoriales. No obstante, un análisis más cuidadoso hace ver que hay una referencia sensorial que está semioculta y que explica su significado. Las preposiciones "como", "por", "para", "de", "entre", etcétera, ponen en relación, en el espacio o en el tiempo, a los objetos, a las personas o a los sucesos. Esto implica que nosotros debemos manipular los objetos. Cuando digo "el vaso está sobre la mesa", pongo en relación el vaso con la mesa. Eso lo hice con una manipulación directa, o sea, colocando el vaso sobre la mesa, o con una operación realizada sólo con mis ojos: llevé mis ojos sucesivamente de la mesa al vaso y a la inversa, y de esa manera pude relacionar ambos objetos. Una preposición adquiere su significado cuando se vincula el patrón articulatorio que genera dicha palabra a una operación de puesta en relación.

Lo anterior se nos hace evidente al encontrar que un paciente con una lesión en las zonas frontales del cerebro que controlan los movimientos de las manos o de los ojos, pierde la capacidad de utilizar preposiciones. Su lenguaje se convierte en un habla telegráfica en el que sólo se utilizan sustantivos o adjetivos que, como ya vimos, adquieren su significado gracias a la asociación entre el acto articulatorio y la activación de las zonas sensoriales del cerebro.

El carácter vivo del lenguaje se muestra en el curso de su aprendizaje. El niño aprende a asociar un patrón articulatorio vocal a un rasgo sensorial. Progresivamente, va agregando asociaciones a ese patrón articulatorio. Algunas son sensoriales, otras puramente verbales. De esta manera, el significado de una palabra se va enriqueciendo o incluso modificando, como en el ejemplo de la palabra "historia". En el aprendizaje del lenguaje el niño se enseña primero a pronunciar lo que serían los componentes básicos de las palabras, o sea, los fonemas como /b/ /p/ /t/ /k/, etcétera. Al principio éstos aparecen en el balbuceo como pronunciaciones azarosas. Cuando la madre llega a escuchar una pronunciación que se parece a una palabra, le presta mayor atención a su hijo.

Generalmente, esos fonemas parecidos a palabras son pronunciaciones reduplicadas, como "papá" o "mamá". El niño trata de repetir lo que ocasionó que la madre lo atendiera más. De ese modo surgen las primeras palabras. Después aprende a combinar palabras. Una se convierte en pivote de varias combinatorias; ese sería el caso de las series de dos palabras que el niño presenta en los primeros meses de su vida del tipo de "dame agua", "dame leche", "dame dulce", en las que "dame" es la base de todas las demás, y adquiere asociaciones múltiples y su pronunciación puede dar aparición, por vía asociativa, a diferentes palabras. En este esquema tan simple, en el que una palabra puede convertirse en pivote de otras muchas más, se va instalando la estructura de la formación de la frase y se da la oportunidad, en el lenguaje adulto, a que una frase pueda formularse a través de combinatorias muy variadas.

El lenguaje es, entonces, el producto de un juego asociativo que tiene lugar en el cerebro, en donde se combinan, con base en la experiencia humana, grupos de activaciones sensoriales con actos motores articulatorios y con series sonoras, para así determinar el significado de las palabras concretas, o en donde se relacionan series de palabras entre sí, para de ese modo alcanzar significados de tipo abstracto. La integración de esas asociaciones es, a su vez, el resultado de la interacción social, del hecho de que el hombre, para relacionarse con sus semejantes, haya aprendido a utilizar la conducta vocal para señalar y sustituir los estímulos del medio en el que vive. La sustitución de los estímulos lograda por el lenguaje permite, además, que los seres humanos no sólo vivan en el presente, sino que puedan hacer referencias al pasado, mostrar a alguien, por medio de la palabra, un estímulo que ya no existe o incluso prever algunos acontecimientos del porvenir.


Una frase pronunciada es producto de una serie de incitaciones sensoriales particulares. Esa frase escuchada por otra persona evocará en ella algunas sensaciones semejantes y otras que le son propias. Si se habla por ejemplo de una ciudad en la que se ha vivido largos años y alguien que escucha sólo la conoce por visitas ocasionales, el complejo de activación cerebral presente en cada uno será distinto, aunque con algunas similitudes que permitirán comprenderse; por eso, el Quijote de Cervantes es distinto al de la traducción de Medard, no obstante ser idénticos.

 Figura 1
Vista del cerebro humano

 

 

 

del número

 


El cerebro y la música
Julieta Ramos Loyo

Instituto de Neurociencias, udeg y Facultad de Psicología, unam.

 

Los efectos de la música sobre el comportamiento han sido evidentes desde los comienzos de la humanidad. A lo largo de la historia, la vida del hombre se ha visto complementada e influida por la música, a la cual se le han atribuido una serie de funciones. Ésta ha sido un medio de expresión y comunicación no verbal y, debido a sus efectos emocionales y motivacionales, se ha utilizado como un instrumento de manipulación y control del comportamiento de grupos e individuos. Podemos pensar, por ejemplo, en las marchas de guerra, en la música tocada en los supermercados, oficinas o discotecas, los himnos nacionales, etcétera. También posee una función facilitadora en el establecimiento y la permanencia de las relaciones humanas, así como en la adaptación social del individuo a su medio.

Por otra parte, la música es un estímulo que enriquece los procesos sensoriales, cognitivos (como el pensamiento, el lenguaje, el aprendizaje y la memoria) y motores, además de fomentar la creatividad y la disposición al cambio.

En los últimos años, ha cobrado gran importancia su función terapéutica (musicoterapia) en una gran diversidad de estados patológicos. Sin embargo, hace falta investigación científica relacionada con la influencia que ejerce en el comportamiento, ya que en su mayor parte las aplicaciones se basan en la experiencia a través de ensayo y error y en el sentido común.

A partir de diversos tipos de música se pueden inducir diferentes estados de ánimo, los cuales pueden repercutir en tareas psicomotoras y cognitivas. Una de las variables importantes que intervienen en estos efectos se refiere a la clase de música que se escucha. En este sentido, existen principalmente dos tipos: 1) la estimulante, que aumenta la energía corporal, induce a la acción y estimula las emociones y 2) la sedante, que es de naturaleza melódica sostenida y se caracteriza por tener un ritmo regular, una dinámica predecible, consonancia armónica y un timbre vocal e instrumental reconocible, con efectos tranquilizantes.

Se han realizado varias investigaciones tendentes a estudiar los efectos de la música sobre la ansiedad. Se ha observado que la de carácter estimulante aumenta la preocupación y la emocionalidad (activación fisiológica afectiva), mientras que la sedante la disminuye. También se ha encontrado una reducción de la tensión muscular y la fuerza física, relacionada con la ansiedad, a través de la audición de música tranquila, cuyos efectos repercuten en la comunicación humana. Por ejemplo, la de tonos mayores aumenta la satisfacción en la interacción humana y facilita la productividad.

En relación con las posibilidades terapéuticas de la música, se han publicado una gran cantidad de evidencias en diferentes tipos de pacientes. Los efectos terapéuticos, en parte, se dan gracias a que la música disminuye la ansiedad. Por ejemplo, una reducción del ritmo respiratorio y la presión sanguínea, así como menores puntuaciones en pruebas de ansiedad, en pacientes preoperatorios, después de escuchar música sedante.

Algunos estudios apoyan la idea de que la música mejora la ejecución en diferentes tipos de tareas, como problemas aritméticos simples. Sin embargo, otros no han encontrado ningún efecto de la música sobre la ejecución e incluso han descubierto que los efectos son negativos.

Gaver y Mandler proponen que la música existe como una interacción entre un sonido estructurado y una mente que lo comprende. La música tiene una estructura, un orden objetivo de los sonidos, que es de naturaleza jerárquica, consistente en movimientos interrelacionados, con características propias de melodía, armonía, tiempo, estructura rítmica, etcétera. Otra característica es, en cada nivel de una pieza musical, la continuidad y el cambio que determinan su complejidad. Una pieza musical sin cambios es simple, mientras que una con muchos resulta compleja y difícil. Wundt propuso una curva con forma de U invertida, en la que el valor hedónico está relacionado con el nivel de activación, de tal manera que una pieza musical se percibe como más agradable cuando produce un nivel medio de activación psicológica y fisiológica en el oyente, mientras que cuando la activación que origina es muy poca, se experimenta como aburrida, y un exceso de activación produce displacer.

El nivel de activación depende también de su complejidad y de la familiaridad del oyente. Cuando es compleja, con muchos cambios y gran cantidad de información, es difícil de seguir y comprender, por lo que no es tan placentera. De igual manera, una música conocida es preferida en relación con una desconocida. En ocasiones puede ser que no se conozca la pieza musical como tal, pero sí su estructura musical, debido a que se haya tenido contacto con otras piezas con una estructura similar.

Por tanto, la percepción, la interpretación y la preferencia musical dependen, por una parte, de estas características del estímulo (tono, intensidad, ritmo, melodía y armonía) y, por otra, de las del oyente, como personalidad, edad, sexo, tiempo personal, experiencia musical, tradiciones culturales y condiciones ambientales en las que se escucha.

Pero ¿de qué manera interactúan las características del estímulo musical con las fisiológicas y psicológicas del oyente para generar una reacción determinada? Sin duda, si queremos entender y predecir las reacciones conductuales provocadas por la música, es necesario conocer los mecanismos psicofisiológicos que subyacen a su percepción, reconocimiento e interpretación, así como al placer experimentado al escucharla, ya que sabemos que la conducta en todos sus niveles es regulada por el sistema nervioso central.

Estructuras cerebrales que participan en el procesamiento de la música
La música es un estímulo sumamente complejo, que requiere procesos sensoriales, cognitivos, emocionales y motores, por lo cual, aunque existen algunas estructuras cerebrales especializadas en los diferentes niveles de procesamiento auditivo, debemos considerar el funcionamiento del sistema nervioso en su conjunto. Podemos pensar que éste es un conjunto de subsistemas, cada uno de los cuales consta de elementos nerviosos que intervienen en una parte del procesamiento de la información, ya sea interna o externa.

Sabemos que se necesita el adecuado funcionamiento de la vía sensorial auditiva; sin embargo, también participan otros sistemas sensoriales. La percepción musical, además de la capacidad de escuchar las notas, los tonos, los acordes, la duración, el timbre y la intensidad, requiere la de percibir las relaciones secuenciales y espaciales de las notas, su melodía, armonía y ritmo. Para la apreciación y ejecución de una pieza musical también es conveniente la memoria musical, motora y verbal. Al escuchar una melodía, la persona utiliza la memoria para saber si la ha escuchado antes, qué experiencias han sido asociadas a ella, además de identificar a qué categoría pertenece. También se requiere la memoria a corto plazo, para seguir una asociación secuencial de notas y percibirla como música. En el caso de canciones, la música está asociada, además, a una memoria verbal.

La audición de una pieza musical puede provocar una activación de las vías motoras. En algún momento podemos sorprendernos a nosotros mismos moviendo los pies, las manos o alguna otra parte del cuerpo, aunque en otros casos esto no sea tan evidente. Para la ejecución de un instrumento musical es necesaria la activación de patrones motores sumamente complejos instaurados en la memoria.

Por su efecto sobre las emociones, la experiencia musical provoca la participación de numerosas estructuras cerebrales relacionadas con la motivación y la emoción. Otros procesos cognitivos, como la atención, el aprendizaje y el pensamiento, también tienen su participación en ello.

Por todo lo anterior, se comprende la dificultad del estudio de la experiencia musical. No podemos hablar de estructuras específicas, aisladas, involucradas en la percepción musical, sino de un complejo sistema, el nervioso, que implica un conjunto de elementos, cada uno con una función, pero que comparten un fin común.

Importancia de algunas estructuras cerebrales en la experiencia musical
El proceso inicial del sistema relacionado con la experiencia musical capta los sonidos, que son cambios repetitivos en la presión del algún medio, comúnmente el aire o el agua. Son vibraciones con diferentes frecuencias, captadas y codificadas por el oído y transformadas en señales eléctricas conducidas a través del nervio auditivo hacia el sistema nervioso central. La información llega a la corteza auditiva localizada en la cara lateral de la corteza cerebral (lóbulo temporal). En esta área se recibe y analiza el estímulo auditivo, es decir, aquí oímos. Estas áreas se comunican con las secundarias, que permiten integrar grupos de estímulos acústicos presentados de manera simultánea y también de series consecutivas de sonidos de diferente tono y estructuras acústicas rítmicas. Penfield y Perot en 1963 observaron que al estimular las áreas secundarias mostraban alucinaciones musicales. Las señales eléctricas son, así, retransformadas en la corteza para dar una experiencia subjetiva de la música. Otras áreas, llamadas de asociación, tienen un papel importante en la integración, interpretación y almacenamiento de la información que reciben de los sistemas sensoriales. Una pieza musical nos puede evocar toda una situación: por ejemplo, el restaurante donde estábamos, el decorado que tenía, el olor de la comida, la temperatura cálida, la persona que nos acompañaba, la emoción que sentimos, etcétera.

Por su parte, la región más anterior de la corteza cerebral (prefrontal) está en íntima comunicación con casi todas las zonas principales de la corteza cerebral y ejerce un papel decisivo en la formación de intenciones y programas, así como en la regulación y verificación de las formas más complejas de la conducta humana. Una de sus funciones es mantener la atención en un estímulo, e inhibir otros que no son relevantes en el momento. Estas áreas también participan en la integración de la personalidad del individuo, la planeación de su conducta a corto, mediano y largo plazo, así como en la regulación de las emociones, ya que se encuentran en estrecha comunicación con estructuras del sistema límbico, el cual está formado por un conjunto de estructuras que tienen que ver con la producción y la regulación de las emociones. Una de estas estructuras, la amígdala, se ha relacionado con el tono emocional, el placer, la conducta consumatoria, el miedo, la tristeza y la alegría, además del control de la agresión, la inhibición de la actividad y la vocalización emocionales. El hipocampo, otra estructura de este sistema, permite que haya innovación, media los estados de alerta y la familiaridad ante los estímulos, así como su orientación espacial. Las áreas frontales permiten mantener la atención hacia la música y, junto con el sistema límbico, responder emocionalmente a ella.

No sólo la vía auditiva es capaz de responder a la música; otros sistemas sensoriales pueden ser activados por ella. Se conoce, por ejemplo, la existencia de una conducción ósea del sonido y que las vibraciones del aire causadas por las ondas sonoras pueden ser percibidas a través del tacto. Por otro lado, debido a que la música puede evocar imágenes, otras áreas cerebrales relacionadas se ven involucradas.

Cuando se estudia el funcionamiento del sistema nervioso no debe perderse de vista su plasticidad, ya que el cerebro es un sistema dinámico, en constante cambio. Las células cerebrales modifican de modo continuo su estructura y funcionamiento, con base en los requerimientos ambientales y el aprendizaje. Los músicos, por ejemplo, aprenden a escuchar diferencias de tono imperceptibles para personas sin entrenamiento musical, establecen una facilitación de vías nerviosas vinculadas a la regulación de patrones motores finos, desarrollan la imaginación auditiva, y son capaces de escuchar internamente, sin estimulación externa, entre otras facultades.

Además de todas las áreas cerebrales mencionadas, para que la información auditiva sea recibida en la corteza cerebral, también se requiere un cierto nivel de activación del sistema nervioso, regulado por otras estructuras en la base del cerebro.
Gran parte de la investigación sobre el funcionamiento cerebral relacionado con la música y las emociones se ha centrado en la especialización hemisférica.

Especialización hemisférica
El cerebro se divide en dos hemisferios: izquierdo (hi) y derecho (hd). Cada uno está formado por estructuras iguales, de tal manera que tenemos un par de cada una de éstas, con excepción de unas cuantas que son únicas.

Hay un gran número de pruebas sobre la existencia de una especialización de los hemisferios cerebrales para algunas funciones cognitivas. Se ha encontrado que el hi de personas diestras procesa preferentemente información lingüística, matemática y lógica, mientras que el hd, información emocional, musical y espacial. Sin embargo, en algunas investigaciones se ha puesto de manifiesto que, más que el contenido de la información, lo fundamental es la estrategia utilizada en la percepción, el procesamiento y la expresión de ésta. Así, el hi lleva a cabo un análisis lógico, secuencial, detallado y parcial de la información, mientras que el hd utiliza estrategias de tipo global y sintético.

La lesión del hd interfiere con el sentido del tiempo y la habilidad para percibir, reconocer o recordar tonos, volumen, timbre y melodía, así como con el cantar y el sentir placer al escuchar la música. El estudio de pacientes con daño en diferentes zonas y hemisferios del cerebro revela que la habilidad para detectar cambios en el tono depende de la región anterior del hd, mientras que para reconocer errores de ritmo y fraseo en piezas musicales familiares se requiere la actividad de los dos hemisferios. Por otra parte, la porción central del hi media aspectos secuenciales del estímulo auditivo en general.
Se han advertido diferentes tipos de amusias, término que se refiere a la pérdida de la capacidad musical, como consecuencia del daño cerebral. En general, se clasifican en sensoriales y motoras. Dentro de las sensoriales están: la amusia oral-expresiva, que es la incapacidad para cantar, silbar o tararear; la instrumental o apraxia musical, que es la incapacidad para ejecutar un instrumento, y la agrafia musical, incapacidad para escribir música. Dentro de las amusias sensoriales se consideran: la receptiva o pérdida de la habilidad para discriminar entre melodías; la amnésica, problemas para identificar melodías familiares, y la alexia musical, pérdida de la habilidad para leer una notación musical. Pueden presentarse en forma aislada o combinada. Se conoce muy poco acerca de las áreas cerebrales afectadas en estos diferentes tipos de alteraciones.

Estudios en personas normales han demostrado que el hd predomina en la percepción y expresión del timbre, los tonos, los acordes, la intensidad y la melodía musicales, así como de sonidos ambientales no verbales.

A pesar de todas las investigaciones que apoyan la especialización hemisférica, existen algunas en las que ésta no se ha encontrado en sujetos normales, debido a que la información fluye entre los hemisferios en unos cuantos milisegundos. Además, en condiciones normales de la vida cotidiana se requiere la participación de ambos hemisferios para la adecuada interpretación de la información. Se sugiere que también intervengan en diferente grado en la mayoría de las funciones.

En el caso de la música, aunque se plantea que el hd está especializado en los aspectos melódicos, armónicos y emocionales, el hi parece relacionarse con la percepción de aspectos secuenciales y rítmicos. De hecho, existe un programa de rehabilitación de pacientes que perdieron la capacidad de hablar (afasia de Broca) por una lesión de áreas anteriores del hi (lóbulo frontal) y a quienes, con terapia melódica entonacional, se les ayuda a readquirir el lenguaje a través del canto; con ello se aumenta la participación del hd en el habla.

Se han descubierto diferencias en la especialización hemisférica de la música entre músicos y no músicos, entre hombres y mujeres, entre zurdos y diestros, dependiendo de los requisitos y la complejidad de la tarea a realizar.

Los mecanismos neuropsicológicos involucrados en la experiencia emocional están íntimamente ligados a los relacionados con el procesamiento de la información musical. Existen evidencias de que el hd también está especializado en la comprensión del estímulo emocional y en la expresión de la emoción experimentada, así como su participación en la comprensión necesaria para interpretar las expresiones faciales, las escenas emocionales y la entonación de la voz. En cambio, cuando se trata de identificar el contenido semántico del habla, el hi tiene un papel importante.

En conclusión, en sujetos normales, ambos hemisferios intervienen en diferentes aspectos, en la percepción de la música y las emociones, dependiendo de diversos factores individuales, las características de la música y los requisitos de la tarea a realizar, entre otros.

A partir de los estudios de Broca, Wernicke, Fritz y Hitzig y otros investigadores del siglo pasado, se tenía una visión localizacionista de las funciones de los hemisferios cerebrales; sin embargo, ahora existe una más sistémica, en la cual se plantea la existencia de una relación dinámica entre las diversas estructuras cerebrales para hacer posible una función específica.

En general, las emociones son más congruentes con la música que con las palabras, ya que comparten características sintéticas, continuas y globales, más ligadas al procesamiento del hd, mientras que el lenguaje lógico del hi difícilmente interpreta las señales musicales y emotivas.

Cambios electrofisiológicos producidos por la música
La experiencia musical y emocional produce respuestas a nivel del sistema nervioso central y periférico susceptibles de medirse eléctricamente a través de cambios en la actividad eléctrica cerebral (eeg), en la resistencia eléctrica de la piel, modificaciones en la presión sanguínea, la frecuencia cardiaca, la respiración y otras funciones autónomas.

Por ejemplo, la tensión muscular es mayor al escuchar los conciertos de Brandeburgo que cuando se realiza una tarea aritmética, y la actividad de diferentes músculos durante la solución de una tarea aumenta al escuchar música irregular y disminuye con música serena, en comparación con lo que sucede cuando se efectúa sin música. También se ha reportado un decremento de la frecuencia cardiaca y la presión sanguínea al escuchar melodías tranquilas durante el trabajo de parto, asociado a una disminución del dolor, en lugar de escuchar una lectura, música rock, o autoseleccionada.

Existen pocos estudios acerca de los cambios fisiológicos que produce la música, especialmente en la actividad eléctrica del cerebro. La mayoría de ellos se han centrado en el estudio de la especialización hemisférica durante el procesamiento de tareas musicales, emocionales y verbales, pero poco se ha hecho en relación con el placer estético experimentado al escuchar la música, sin necesidad de realizar algún tipo de tarea.

La eeg representa la actividad eléctrica de millones de células cerebrales y se ha caracterizado en cuatro ritmos o bandas principales: delta, theta, alfa y beta, con distintos niveles cada uno.

Al examinar los efectos de la música como un agente reductor del estrés, se encontró un incremento de la activación cerebral (beta) cuando los sujetos escuchan una pieza de tipo New Age de Halpern. Estos efectos se reducen si los sujetos escuchan música de Chopin antes de la de Halpern. La música de Chopin es percibida como más tranquilizante y más agradable que la de este último y al parecer reduce el estrés causado por aquélla. También se han descubierto algunas correlaciones entre la experiencia subjetiva y el eeg al escuchar música clásica y rock; el incremento del alfa parece reflejar una mayor atención y el de beta se vincula a estados displacenteros. En otro estudio se encontró un incremento en la proporción de theta durante la audición de música clásica en sujetos aficionados a ella, además de un decremento en la proporción de alfa, y se observó un patrón inverso al escuchar el llanto de un bebé. Alfa es un ritmo que típicamente se ha asociado a un estado de relajación, mientras que beta a uno de activación relacionada con la atención a estímulos externos. Theta, por su parte, es un ritmo que aparece durante el sueño, pero que a través de análisis computacionales se ha podido estudiar durante la vigilia y se asocia a estados de atención hacia estímulos internos y a estados emocionales, por lo que no es extraño que se incremente al escuchar música.
En estudios recientes también se ha encontrado un decremento en la semejanza de la actividad entre áreas homólogas de los hemisferios cerebrales (correlación interhemisférica) en distintas partes del cerebro al escuchar música de Grieg.

Al igual que todos los procesos conductuales, emocionales y cognitivos, el procesamiento de la música y sus efectos dependen de la actividad del sistema nervioso central, de tal manera que si se quiere comprender la forma en que la música modifica la conducta humana, es importante conocer los mecanismos psicofisiológicos que subyacen a su percepción, reconocimiento e interpretación.

 

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Neurobiología de la atención
Sergio Meneses Ortega

Introducción
Los seres vivos nos encontramos todo el tiempo rodeados de un buen número de estímulos (visuales, auditivos, táctiles, olfativos, gustativos, propioceptivos); basta con que el lector intente atender los estímulos que lo rodean para darse cuenta de la gran cantidad de información que recibe en cada momento.

El procesamiento de estos estímulos depende de múltiples factores. Uno de ellos es el nivel de alertamiento que presente el individuo, el cual puede abarcar un continuo desde el estado de coma, pasando por la anestesia, el sueño y la vigilia; además, dentro de cada uno de estos estados hay grados de alertamiento.
Si nos restringimos a la etapa de vigilia, no es posible atender de manera simultánea todos los estímulos que recibimos. Ya en 1890, William James, uno de los padres de la psicología, había propuesto que sólo podemos centrar la atención en un elemento del ambiente y que únicamente aquellas actividades que realizamos de forma automática, producto de la práctica continua, pueden ser ejecutadas al mismo tiempo. Pero aun en el mejor de los casos, no podemos atender con eficiencia más de dos o tres elementos del ambiente.

Se ha propuesto que una de las funciones de la atención es que permite seleccionar y organizar la información disponible a fin de dar una respuesta apropiada.
Aunque la selección de información sensorial es el proceso que experimentalmente más se ha estudiado, el de atención selectiva puede implicar otros más amplios, como la selección de sensaciones, pensamientos, recuerdos o actos motores. Además, la atención selectiva guarda una estrecha relación con otros procesos cognitivos, ya que representa un prerrequisito para que ocurra el aprendizaje y la memoria, y a su vez se ve influida por éstos y por aspectos vinculados a la motivación y la emoción.

A partir de esto podemos observar que dos de los elementos más importantes de la atención son el nivel de alertamiento y la selección de estímulos relevantes, que están íntimamente ligados, de modo que la detección de un estímulo relevante incrementa el estado de activación general y, por otra parte, el estado de alertamiento afecta la eficiencia en la selección de estímulos significativos.

Teorías de la atención selectiva
Varias teorías han sido postuladas para explicar los procesos de atención selectiva. Con base en la teoría de procesamiento de información, Broadbent (1958) estableció una serie de principios comunes a algunas teorías propuestas, los cuales pueden resumirse en los siguientes puntos:
1) Los organismos poseen un límite en la capacidad de procesar información sensorial que llega simultáneamente a los órganos de los sentidos.
2) Debido a esto, de entre todos los estímulos presentes se debe seleccionar la información relevante.
3) En la medida en que se procesa información acerca de una modalidad sensorial o de una de las dimensiones del estímulo (ejemplo, la forma), como rasgo relevante para la ejecución, otros estímulos o dimensiones (ejemplo, el color) serán procesados con menor grado de profundidad.
Entre las principales teorías se encuentran las llamadas de filtro, las cuales sostienen que, debido a la gran cantidad de información sensorial que recibimos, debe efectuarse una selección de la información relevante, y reducir así la carga sobre los sistemas de procesamiento. Las variantes de esta teoría difieren fundamentalmente en cuanto al sitio donde ocurre el bloqueo de la información irrelevante y los mecanismos de acción del filtro (figura 1). Para Broadbent (1958), la selección de los estímulos se da en las primeras etapas del procesamiento, y para la modalidad auditiva se basa en las características físicas de los estímulos (intensidad, frecuencia o dirección). Para otros autores (Deutsch y Deutsch 1963), las señales de entrada reciben un análisis perceptual completo y la selección ocurre en una etapa tardía del procesamiento, cuando se va a seleccionar la respuesta.

 Figura 1
Principales teorías sobre la selección de información relevante
(adaptado de Picton y Hillyard 1978)
 


Treisman (1964) propuso una alternativa a las hipótesis descritas, en la cual la información no relevante va recibiendo una atenuación, más que un bloqueo, a lo largo de las distintas etapas; de esta manera, la localización del filtro es flexible y depende del análisis que se vaya realizando de los estímulos, de acuerdo con una jerarquía específica para cada tipo de información.

La aproximación neurobiológica al estudio de la atención
El estudio de la atención resurgió en los últimos años debido al desarrollo de teorías cognoscitivas y a la aparición de técnicas conductuales y neurofisiológicas que nos permiten evaluar el funcionamiento del sistema nervioso central, como el registro de la actividad eléctrica cerebral y las técnicas de imagenología, por ejemplo, la tomografía por emisión de positrones o la resonancia magnética nuclear dinámica.

En general, el enfoque neurobiológico al estudio de la atención pretende responder a dos preguntas fundamentales: intenta determinar, por un lado, las estructuras cerebrales implicadas en los distintos procesos de la atención y, por otro, los mecanismos neurofisiológicos y neuroquímicos que subyacen a estas funciones.

En cuanto al primer aspecto, se ha propuesto que la atención depende de la acción coordinada de varias estructuras cerebrales, de modo que no puede ser considerada la propiedad exclusiva de una sola estructura, aunque tampoco la del cerebro que opera como un todo (figura 2). Además, en virtud de que la atención puede ser dividida en subprocesos, es importante conocer qué estructuras cerebrales pueden ser asignadas a cada uno de ellos, con la posibilidad de que una participe en varias funciones.

El hecho de que el sistema de atención esté tan ampliamente distribuido hace que este proceso sea muy vulnerable a lesiones cerebrales, de modo que los déficits de atención son una de las alteraciones que por lo general se presentan por daño al sistema nervioso central. Estos déficits pueden ser sobre aspectos específicos, dependiendo cuál sea la región afectada.

 Figura 2
Representación esquemática de las regiones cerebrales relacionadas con los procesos de atención; se muestran también algunas interconexiones entre esas regiones (tomada de Mirsky 1987)

 


Además de la descripción de un sistema anatómico responsable de los procesos de atención, se ha intentado determinar la participación de los distintos sistemas neuroquímicos en estas funciones. Particular interés se ha dado al papel de las catecolaminas (noradrenalina y dopamina) y de algunas hormonas en los procesos relacionados con la atención.

Este conocimiento ha sido de utilidad para desarrollar fármacos que se emplean actualmente en el tratamiento de los desórdenes de la atención y cuya administración es más frecuente en niños.

Alteraciones de la atención
Los déficits más estudiados comprenden principalmente tres síndromes: la hemiinatención, los déficits de atención en niños y las ausencias de origen epiléptico.

El síndrome de hemiinatención
Sin duda, este síndrome, llamado también agnosia especial unilateral, es el que ha generado mayor información. Se caracteriza porque los pacientes, después de una lesión cerebral, manifiestan una falta de respuestas ante estímulos en una parte del cuerpo, usualmente el lado opuesto a la lesión, en ausencia de alteraciones sensoriales o déficits motores primarios. La falta de responsividad ante estímulos en la región contralateral no es exclusiva de una modalidad sensorial, sino que afecta a todas ellas.

Estas alteraciones pueden detectarse cuando se le pide al paciente que copie un dibujo colocado frente a él, y se observa que omite muchos elementos del lado contrario a la lesión (figura 3).

 Figura 3
Ejemplos de dibujos realizados por un paciente con lesión en la región parietal del lado derecho. Como puede observarse, elimina muchos elementos presentes en el lado contralateral a la lesión

 


El síndrome de hemiinatención es común después de un daño en el área parietal derecha, pero también ha sido reportado por lesión de otras áreas corticales; sólo las regiones localizadas en áreas pre y poscentrales o de la corteza visual primaria no lo producen.

Existe una relación directa entre la intensidad del déficit y la severidad de la lesión: mientras más severa es ésta, aquél es mayor. Además, inmediatamente después de la lesión, el síndrome de hemiinatención es severo y se caracteriza por desviación de la cabeza y ojos hacia el lado de la lesión, sin respuestas de orientación a estímulos visuales, auditivos o somestésicos en el lado contralateral a la misma. Después de varios de meses, desaparece la desviación de ojos y cabeza y se presenta responsividad, aparentemente normal, a estímulos en el campo contralateral.

Se ha afirmado que la cantidad de tejido sano que queda es crítica para la recuperación; sin embargo, aun con la lesión completa de uno de los hemisferios cerebrales se puede observar mejoría. Estos datos han llevado a algunos autores a proponer que en los dos hemisferios subyace la capacidad para orientarse a ambos lados del campo perceptual y han revelado la capacidad que tiene el sistema nervioso para recuperarse después de lesiones. Al respecto, la recuperación es mejor cuando la lesión ocurre en etapas tempranas de la vida.

Alteraciones de la atención en niños
Algunos autores consideran éstas como un síndrome que incluye hiperactividad, distractibilidad y problemas de ajuste conductual con fallas en la estabilidad emocional, mientras que otros las consideran una limitación cognitiva en sí misma, independientemente de la hipercinesia y los desórdenes conductuales asociados.

Esta controversia se debe, en parte, a que este grupo de pacientes presenta una gran heterogeneidad y pueden diferir no sólo en cuanto a los síntomas, sino también a su intensidad, etiología, presencia o ausencia de alteraciones en el aprendizaje y reactividad a la terapia farmacológica. La importancia de describir distintos subgrupos radica en que éstos pueden estar asociados a deficiencias en regiones cerebrales particulares o con diferentes sistemas neuroquímicos.
Aunque se tiene la impresión de que estas alteraciones sólo ocurren durante los primeros años escolares, aunque pueden perdurar a lo largo de la vida del paciente, son más evidentes durante la infancia. En algunas ocasiones, se acompañan de alteraciones específicas del aprendizaje, como trastornos en la lectura o en la realización de operaciones aritméticas, aunque estos desórdenes se pueden observar de manera independiente, lo cual sugiere que pueden estar asociados a distintos mecanismos.

La etiología de estas alteraciones frecuentemente se ignora. Los síntomas pueden surgir como resultado de distintas alteraciones: complicaciones perinatales, traumatismo cerebral difuso, hipoxia, intoxicación con plomo, leucemia, ingestión de alcohol y tabaco por la madre durante la gestación, así como también por la epilepsia o como un efecto colateral del tratamiento farmacológico con drogas antiepilépticas, como los barbitúricos o los antihistamínicos. También se le ha asociado a factores genéticos, ya que niños con alteraciones de la atención a menudo tienen miembros familiares afectados por el mismo mal.

El enfoque neurobiológico de estas alteraciones ha revelado que algunas regiones del cerebro pueden estar particularmente afectadas en estos pacientes. En estos trabajos se emplean técnicas de neuroimagenología, que permiten evaluar las concentraciones de marcadores radioactivos, los cuales se acumulan en distintas regiones cerebrales, dependiendo de los niveles de activación que éstas presentan. Con dichas técnicas, los niños con problemas de aprendizaje muestran una disminución en los niveles de activación de algunas regiones cerebrales, como el cuerpo estriado, la corteza prefrontal y algunas regiones del sistema límbico.

Ausencias de origen epiléptico
Ésta es una variedad de epilepsia generalizada no convulsiva, caracterizada por una súbita interrupción de la actividad motora, mirada vacía y pérdida de contacto con el ambiente; esta conducta puede perdurar durante varios segundos. Los familiares de los pacientes usualmente se refieren a esta patrón de crisis como "ausencias".

Estos síntomas también se dan como una manifestación clínica de crisis parciales complejas del lóbulo temporal, así como de epilepsia del lóbulo frontal.
El registro simultáneo del electroencefalograma (eeg) y la conducta del paciente muestran que, durante la fase de "ausencia", el eeg tiene una gran amplitud y descargas en forma de onda-espiga, las cuales se correlacionan con un patrón clínico caracterizado por interrupción del habla, apertura de los ojos, alteraciones de la conciencia, giro de la cabeza y ojos, ocasionalmente automatismos simples y, justo al final de la actividad paroxística, la recuperación brusca de la conciencia.

Algunos autores han reportado que los pacientes con este tipo de crisis, tienen una pobre ejecución en tareas de atención o vigilancia, aun cuando la actividad paroxística no esté presente en el electroencefalograma.

Perspectiva
El área de las neurociencias cognitivas ha crecido notablemente en los últimos años, durante los cuales se han desarrollado diversas técnicas que han permitido el estudio y comprensión de los mecanismos neuronales relacionados con los procesos mentales. Entre ellas destacan las aproximaciones electrofisiológicas y las técnicas de imagenología.

Con estas últimas se han identificado algunas de las regiones cerebrales vinculadas a la atención selectiva y se ha propuesto que esta función depende de una red neuronal distribuida, con elementos densamente interconectados.

Por la complejidad del proceso de atención selectiva, quedan todavía muchas preguntas por resolverse. Si bien se conocen diversas estructuras que participan en él, falta por conocer la relación entre estas regiones, es decir, ¿forman en realidad un circuito distribuido con conexiones recíprocas?, ¿ existe una sola red de atención para las diferentes modalidades sensoriales? o ¿existen circuitos específicos para cada modalidad? y si éste fuese el caso, ¿se comparten elementos o módulos entre los distintos circuitos?

Otro aspecto de este problema se relaciona con los procesos que se llevan a cabo en cada uno de los nodos de la red; en otras palabras, poseemos información acerca de dónde está ocurriendo el proceso, pero sabemos muy poco de cuáles son las funciones (filtraje, clasificación, categorización, etcétera) y los mecanismos de cada uno de los nodos del circuito involucrado. Si los subprocesos que forman la atención selectiva están ubicados en diversas regiones de un sistema distribuido, falta por conocer cómo se logra la integración de estos elementos y su relación con otros eventos cognitivos.

Sin duda, para lograr mejores resultados, la investigación de los procesos cognitivos debe ser de naturaleza interdisciplinaria, tanto en los métodos empleados (conductuales, electrofisiológicos y neuroquímicos), como en los aspectos teóricos y conceptuales.

 

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