
|
|
|
Julieta Ramos Loyo |
|
Sergio Meneses Ortega |

Miguel de Cervantes
Saavedra, el gran escritor español, escribió en
el momento en que el imperio de España se encontraba en
su apogeo la obra que le ha dado más fama: El ingenioso
hidalgo don Quijote de la Mancha. En ese libro se lee lo siguiente:
"... la verdad, cuya madre es la historia, émula del
tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado,
ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir...".
Tiempo después, en pleno siglo xx, encontramos una versión
de ese párrafo en una traducción del Quijote: "...
la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo,
depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo
y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir...".
Debemos a Borges, en una obra extraordinaria denominada Pierre
Menard, autor del Quijote, la confrontación de esas dos
versiones. Los lectores dirán que no son dos versiones,
que el primer párrafo es idéntico al segundo. Así
también lo piensa Borges, pero no obstante que son idénticos
en sus palabras y en su construcción gramatical, ambos
textos son diferentes. El primero fue escrito en un período
en el que cada una de las palabras que lo componen tenía
un significado producto de ese momento particular de la historia.
El segundo se nos presenta en otro momento del tiempo, en el que
a cada palabra se le ha añadido, al sentido original en
el que pensó Cervantes, otro tipo de connotaciones. Cuando
leemos ahora el Quijote, no somos capaces de aprehender muchos
de los usos del lenguaje de la época en que se le creó.
Nuestra lectura actual es más pobre y más rica que
la que hacía un contemporáneo de Cervantes, pues
el lenguaje es algo vivo, en continua transformación.
Pongamos un ejemplo que haga todavía más claro
lo anterior. Si tomamos la palabra griega "historia",
nos encontramos que su significado, en la época clásica,
es completamente distinto al que hoy se le da. Cuando en un escrito
griego se habla de historia se hace referencia a una averiguación
que ha llevado a un conocimiento. Por eso había historias
naturales, es decir, conocimientos sobre la naturaleza. El historiador
es el que sabe algo, el sabio. En nuestro uso de esa misma palabra
el significado es otro. Ya no es una mera averiguación,
sino el inquirir sobre una serie de sucesos de carácter
social de los que queremos extraer factores explicativos. A la
historia natural se le llama ahora física o biología.
Otra palabra más del uso cotidiano resaltará lo
que queremos decir. "Hetaira", en la actualidad, es
alguien que se dedica al comercio carnal. En cambio, en la Gracia
del tiempo de Platón era una mujer con conocimientos tales
que podía sostener una discusión con los hombres
sobre los más diversos temas y, por lo tanto, acompañarlos
en los simposia en donde se debatía sobre la filosofía.
Lo anterior implica que las palabras consideras como componentes
principales del lenguaje tienen una especie de dinamismo. Si su
naturaleza fuera estática, Herodoto que habló de
historia, Cervantes que utilizó la misma palabra y su traductor
Medard nos dirían lo mismo, pero vemos que un texto leído
en dos épocas diferentes nos dice cosas distintas. Cuando
ahora leemos a Cervantes no entendemos su burla a las novelas
de caballerías. Tampoco logramos adivinar algunos de los
ocultos sentidos de las obras clásicas antiguas que vistas
con nuestros ojos modernos representan lo que tal vez el autor
jamás supuso que podrían evocar.
Es una verdad de Perogrullo plantear que las palabras del lenguaje
tienen una forma que no puede verse como una simple serie de sonidos,
o en el caso del lenguaje escrito, como una hilera de grafismos.
Según un saber popular muy extendido en nuestra cultura,
el lenguaje es el medio humano por excelencia para transmitir
las ideas. Detrás de los sonidos o de los grafismos hay
siempre una idea. Sin embargo, esa definición suscita en
nosotros una pregunta: ¿qué son las ideas? Quizá,
con base en el sentido común, se nos conteste que son los
constituyentes del pensamiento. El problema al cual ahora nos
enfrentamos es que nos volvemos a quedar insatisfechos con ese
tipo de respuesta, pues ahora necesitamos que se nos explique
qué es el pensamiento. En un cuento de nunca acabar podríamos
proseguir de esa manera si para cada pregunta formulada se nos
responde con un término no definido previamente.
Empero, si seguimos un camino diferente y en lugar de definir
el lenguaje con términos vagos e imprecisos, tratamos más
bien de analizar cuáles son sus componentes, podemos hacer
una mayor luz sobre ese comportamiento de gran importancia para
el desarrollo del hombre. A ese respecto, veamos por ejemplo lo
que significa el cambio de sentido de la palabra historia en los
escritos de Herodoto al que ahora se le atribuye en los trabajos
modernos. En la Grecia antigua, ya lo dijimos, había un
conocimiento de la naturaleza que podía ser englobado en
el término de historia natural. El conocimiento actual
se ha ampliado tanto que ahora nos resulta insuficiente una sola
palabra, necesitamos muchos términos como los de química,
física, biología, astronomía, etcétera,
para referirnos a los aspectos que hemos logrado distinguir en
nuestro mundo. El lenguaje refleja ese conocimiento ampliado y,
al mismo tiempo, nos ayuda a extenderlo.
Ahora bien, decíamos que para estudiar el lenguaje hace falta determinar sus componentes.
Podemos, en este artículo, analizar tres:
1) Los actos motores del aparato articulador vocal que producen
las pronunciaciones. Éstas las podemos dividir en consonánticas
y vocálicas.
2) La serie de sonidos que integran la forma sonora de la palabra.
3) El significado de la palabra.
Cuando intentamos ver cómo se producen los actos motores
del aparato articulador vocal, descubrimos que en el cerebro,
en la región frontal, que se encuentra en la parte anterior,
se controlan los movimientos del organismo. Se llegó a
este conocimiento por dos medios: a través de la observación
de los trastornos que se presentan en los seres humanos cuando
sufren una lesión en esa zona cerebral y gracias a manipulaciones
experimentales en animales. Con los seres humanos se descubre
que si se halla afectada la región frontal del lado izquierdo
del cerebro, hay una pérdida de la capacidad para mover
el brazo, la mano y la pierna del lado derecho. Además,
los pacientes no pueden hablar, aunque logran cantar. Cuando una
persona tiene una lesión en la parte frontal derecha de
su cerebro, entonces pierde el movimiento en el lado izquierdo
de su cuerpo, pero conserva el lenguaje. Con animales, la experimentación
ha demostrado que si se estimula eléctricamente la región
frontal izquierda, se presentan movimientos de las patas del lado
derecho. A la inversa, se mueven las patas del lado izquierdo
cuando la estimulación se hace en el lado derecho del cerebro,
en su parte anterior. Es interesante descubrir en esos experimentos
con animales que en la zona frontal del cerebro hay áreas
específicas conectadas con cada parte de nuestro cuerpo.
Eso explica por qué una lesión frontal puede llegar
a afectar selectivamente a sólo una región corporal.
Un paciente puede perder el movimiento de uno de sus brazos, otro
el de su brazo y de su pierna. Otro perder por completo el habla,
mientras que otro más mostrar dificultades en la producción
de ciertas palabras.
De acuerdo con lo anterior, el cerebro derecho controla la
parte izquierda del cuerpo y el izquierdo, la movilidad de la
mitad derecha del cuerpo, así como del aparato articulador
vocal mediante los cuales se logra la pronunciación de
las palabras. Este control se realiza en virtud de que desde las
regiones frontales parten fibras nerviosas que van a la médula
espinal o a una región llamada tallo cerebral, situada
en donde se inserta la médula espinal con el cerebro y
de esas dos últimas estructuras surgen nervios que conducen
impulsos a los músculos con el fin de activarlos.
Habíamos dicho que la palabra está formada por
pronunciaciones vocálicas y consonánticas. Para
las primeras basta variar la apertura de la boca, mientras que
para las segundas es necesario que se pongan obstáculos
al flujo de aire expelido por los pulmones. Esos obstáculos
son interpuestos por movimientos de los labios, los dientes, la
lengua y el paladar. Del análisis anterior de la participación
cerebral en la pronunciación del lenguaje nos encontramos
con que las pronunciaciones consonánticas las controla
el cerebro izquierdo, mientras que en las vocálicas interviene
el derecho. Eso explica por qué un paciente con una lesión
cerebral izquierda no puede hablar, pero sí cantar, pues
la melodía del canto se establece con variaciones en la
apertura vocal.
La forma sonora de las palabras es captada por los oídos.
De los receptores auditivos salen nervios que van a la parte lateral
posterior del cerebro a una zona que se denomina región
temporal. La lesión de esa área hace que los pacientes
pierdan la capacidad de comprender el lenguaje, aunque conservan
la de hablar. No obstante, lo que dicen a veces carece de sentido.
Por lo que respecta al significado, una palabra sirve para denominar
a un estímulo, sea un objeto, una persona, un suceso o
incluso los cambios o las alteraciones de nuestro cuerpo.
Captamos los estímulos a través de los distintos
órganos sensoriales, los famosos cinco sentidos: visión,
tacto, audición, gusto y olfato, y además por receptores
que tenemos en el cuerpo y que recogen los movimientos de nuestros
miembros o los estados en los que se encuentran las vísceras.
Todos esos receptores envían nervios a distintas zonas
en la parte posterior del cerebro. Los ojos al área llamada
occipital en el polo posterior del cerebro, mientras que los oídos,
como ya lo habíamos dicho, envían impulsos a las
regiones temporales. De las demás partes del cuerpo, de
los miembros, el tronco, el cuello, la cara, la lengua y la mucosa
nasal, salen nervios que van a zonas específicas de la
región parietal ubicada en la parte superior posterior
del cerebro. Igualmente, desde receptores existentes en las vísceras
van fibras a una región distinta localizada en las profundidades
del cerebro y que se denomina región límbica. Ahí
se captan las sensaciones de hambre, excitación sexual,
de calor o frío. Asimismo, en esa región se integran
el conjunto de estímulos sensoriales que formarán
la percepción de placer o displacer.
Cuando una de las zonas de la región posterior o del
área límbica se lesiona, se afectan las sensaciones
que les corresponden. Las lesiones occipitales perturban la visión;
las temporales dañan la audición; las parietales,
la sensibilidad de partes circunscritas del cuerpo; las límbicas,
el control de los apetitos o de emociones.
En el cerebro, además de los nervios que se dirigen
hacia los músculos o las que provienen de los receptores
sensoriales, hay fibras que forman los llamados circuitos intracerebrales
que asocian las distintas zonas entre sí.
Las palabras se producen por una serie de actos motores, los
cuales generan una cadena de sonidos. La pronunciación
de una palabra requiere, entonces, la activación de la
zona frontal del cerebro. El lado izquierdo para la articulación
de las consonantes y el derecho para la producción de las
vocales. Al mismo tiempo que se activa la zona frontal, se exista,
gracias a los circuitos intracerebrales, la zona temporal, pues
en ella se captan los sonidos generados. Si se tratara de la pronunciación
de una palabra extranjera cuyo significado es desconocido por
el hablante, por ejemplo la palabra rusa okno, sólo esas
don zonas entran en actividad en virtud de que los actos motores
y los sonidos que los acompañan están vacíos
de significado. Para que una palabra denote algo, se necesita
que previamente se haya establecido una asociación entre
la serie de actos articulatorios, sus sonidos y la activación
de una región sensorial en el cerebro. Así, por
ejemplo, si llega a establecerse en el cerebro una asociación
entre la activación de las zonas frontales que generan
los actos motores con los que se pronuncia la palabra "uvas"
y las zonas occipitales del cerebro en donde se capta la excitación
producida por la vista de las uvas, entonces esa palabra cuenta
con un significado. Dicho en otra forma, el significado viene
a ser el conjunto de activaciones que en la región posterior
del cerebro genera la audición o la pronunciación
de una palabra.
Las uvas de nuestro ejemplo producen un gran número
de sensaciones. Visuales cuando se les observa; gustativas cuando
se les come; viscerales de agrado o desagrado. Cada una de esas
sensaciones va a una región cerebral. La suma de las activaciones
de esas distintas zonas del cerebro viene a constituir el significado.
El daño a una zona o a las fibras que asocian a las zonas
sensoriales posteriores con las regiones motoras frontales que
controlan la pronunciación de la palabra o a las zonas
auditivas que permiten la captación sonora de esa misma
palabra, producirá alteraciones en el significado. Por
ejemplo, si hay una lesión parietal no podrán denominarse
a las uvas a partir de su sabor.
Al llegar a este punto podríamos decir que el lenguaje
tiene una especie de carácter simbólico. Se usa
para hacer referencias a los estímulos del medio utilizando
para ello los símbolos sonoros de las palabras. Por otra
parte, el carácter simbólico de las palabras se
estableció gracias a asociaciones entre un patrón
sensorial determinado y el patrón motor y auditivo que
sirve para designarlo. La formación del patrón sensorial
no es algo simple. La psicología clásica tiende
a considerar que de manera innata el niño forma patrones
perceptuales. En realidad, se establece una interacción
especial entre lenguaje y percepción. Mediante el lenguaje
se hacen resaltar ciertos estímulos del medio, y el niño
aprende a discriminarlos con más facilidad. A su vez, los
patrones sensoriales que así se forman repercuten sobre
el lenguaje y ayudan a extender el vocabulario y a hacer más
compleja la estructura del habla. Por ejemplo, el niño
aprende a designar un patrón sensorial complejo con una
palabra (un sustantivo) y a uno de los elementos de ese patrón
con una diferente (un adjetivo). Se integran así configuraciones
particulares en las que a veces se resalta el patrón global
y en otras ocasiones sus partes. Las relaciones entre los patrones
sensoriales y los de tipo verbal se hacen mediante tanteos, porque
la madre y los adultos que componen el entorno del niño
no tienen acceso a sus patrones sensoriales. Esos tanteos dan
lugar a equivocaciones evidentes del niño, quien utiliza
una misma palabra para designar objetos del ambiente con ciertas
similitudes entre sí, aunque los nombres que les da su
comunidad de lenguaje sean diferentes. De este modo, podrá
llamar a una moneda "luna", por su redondez o a la leche
también "luna", con base en su blancura. Ese
uso inadecuado de las palabras recibe el nombre de sobreextensión
y da lugar a correcciones por parte de los padres y a una progresiva
composición del patrón sensorial que va a ser denominado
luna. El niño aprende que no basta el rasgo redondez para
llamar a algo luna, ni tampoco es suficiente su blancura, sino
una combinación de los dos tipos de rasgos y otros más,
como sería, digamos, que aparece en la noche en el cielo.
Los patrones sensoriales que así se forman se van a ver
adicionados por las reacciones de carácter emocional que
se tengan frente al objeto y por el conjunto de manipulaciones
que se hagan de éste. En otras palabras, un término
designa no sólo un patrón sensorial, sino también
un conjunto de reacciones emocionales asociadas y de patrones
manipulativos de un objeto.
Hay, sin embargo, un conjunto de palabras que no pueden explicarse
a partir de asociaciones sensoriales. Ésas son las palabras
abstractas. Su significado se define a partir de otras palabras.
Así por ejemplo, el término valor no puede aclararse
con referencias de tipo sensorial. Su definición sólo
se alcanza a través de otras palabras.
Un conjunto distinto de palabras, las preposiciones, parecen
carecer igualmente de referencias sensoriales. No obstante, un
análisis más cuidadoso hace ver que hay una referencia
sensorial que está semioculta y que explica su significado.
Las preposiciones "como", "por", "para",
"de", "entre", etcétera, ponen en relación,
en el espacio o en el tiempo, a los objetos, a las personas o
a los sucesos. Esto implica que nosotros debemos manipular los
objetos. Cuando digo "el vaso está sobre la mesa",
pongo en relación el vaso con la mesa. Eso lo hice con
una manipulación directa, o sea, colocando el vaso sobre
la mesa, o con una operación realizada sólo con
mis ojos: llevé mis ojos sucesivamente de la mesa al vaso
y a la inversa, y de esa manera pude relacionar ambos objetos.
Una preposición adquiere su significado cuando se vincula
el patrón articulatorio que genera dicha palabra a una
operación de puesta en relación.
Lo anterior se nos hace evidente al encontrar que un paciente
con una lesión en las zonas frontales del cerebro que controlan
los movimientos de las manos o de los ojos, pierde la capacidad
de utilizar preposiciones. Su lenguaje se convierte en un habla
telegráfica en el que sólo se utilizan sustantivos
o adjetivos que, como ya vimos, adquieren su significado gracias
a la asociación entre el acto articulatorio y la activación
de las zonas sensoriales del cerebro.
El carácter vivo del lenguaje se muestra en el curso de su aprendizaje. El niño aprende a asociar un patrón articulatorio vocal a un rasgo sensorial. Progresivamente, va agregando asociaciones a ese patrón articulatorio. Algunas son sensoriales, otras puramente verbales. De esta manera, el significado de una palabra se va enriqueciendo o incluso modificando, como en el ejemplo de la palabra "historia". En el aprendizaje del lenguaje el niño se enseña primero a pronunciar lo que serían los componentes básicos de las palabras, o sea, los fonemas como /b/ /p/ /t/ /k/, etcétera. Al principio éstos aparecen en el balbuceo como pronunciaciones azarosas. Cuando la madre llega a escuchar una pronunciación que se parece a una palabra, le presta mayor atención a su hijo.
Generalmente, esos fonemas parecidos a palabras son pronunciaciones
reduplicadas, como "papá" o "mamá".
El niño trata de repetir lo que ocasionó que la
madre lo atendiera más. De ese modo surgen las primeras
palabras. Después aprende a combinar palabras. Una se convierte
en pivote de varias combinatorias; ese sería el caso de
las series de dos palabras que el niño presenta en los
primeros meses de su vida del tipo de "dame agua", "dame
leche", "dame dulce", en las que "dame"
es la base de todas las demás, y adquiere asociaciones
múltiples y su pronunciación puede dar aparición,
por vía asociativa, a diferentes palabras. En este esquema
tan simple, en el que una palabra puede convertirse en pivote
de otras muchas más, se va instalando la estructura de
la formación de la frase y se da la oportunidad, en el
lenguaje adulto, a que una frase pueda formularse a través
de combinatorias muy variadas.
El lenguaje es, entonces, el producto de un juego asociativo que tiene lugar en el cerebro, en donde se combinan, con base en la experiencia humana, grupos de activaciones sensoriales con actos motores articulatorios y con series sonoras, para así determinar el significado de las palabras concretas, o en donde se relacionan series de palabras entre sí, para de ese modo alcanzar significados de tipo abstracto. La integración de esas asociaciones es, a su vez, el resultado de la interacción social, del hecho de que el hombre, para relacionarse con sus semejantes, haya aprendido a utilizar la conducta vocal para señalar y sustituir los estímulos del medio en el que vive. La sustitución de los estímulos lograda por el lenguaje permite, además, que los seres humanos no sólo vivan en el presente, sino que puedan hacer referencias al pasado, mostrar a alguien, por medio de la palabra, un estímulo que ya no existe o incluso prever algunos acontecimientos del porvenir.
Una frase pronunciada es producto de una serie de incitaciones
sensoriales particulares. Esa frase escuchada por otra persona
evocará en ella algunas sensaciones semejantes y otras
que le son propias. Si se habla por ejemplo de una ciudad en la
que se ha vivido largos años y alguien que escucha sólo
la conoce por visitas ocasionales, el complejo de activación
cerebral presente en cada uno será distinto, aunque con
algunas similitudes que permitirán comprenderse; por eso,
el Quijote de Cervantes es distinto al de la traducción
de Medard, no obstante ser idénticos.
|
Vista del cerebro humano |
![]() |
![]() |
![]() |

Los efectos de la música
sobre el comportamiento han sido evidentes desde los comienzos
de la humanidad. A lo largo de la historia, la vida del hombre
se ha visto complementada e influida por la música, a la
cual se le han atribuido una serie de funciones. Ésta ha
sido un medio de expresión y comunicación no verbal
y, debido a sus efectos emocionales y motivacionales, se ha utilizado
como un instrumento de manipulación y control del comportamiento
de grupos e individuos. Podemos pensar, por ejemplo, en las marchas
de guerra, en la música tocada en los supermercados, oficinas
o discotecas, los himnos nacionales, etcétera. También
posee una función facilitadora en el establecimiento y
la permanencia de las relaciones humanas, así como en la
adaptación social del individuo a su medio.
Por otra parte, la música es un estímulo que
enriquece los procesos sensoriales, cognitivos (como el pensamiento,
el lenguaje, el aprendizaje y la memoria) y motores, además
de fomentar la creatividad y la disposición al cambio.
En los últimos años, ha cobrado gran importancia
su función terapéutica (musicoterapia) en una gran
diversidad de estados patológicos. Sin embargo, hace falta
investigación científica relacionada con la influencia
que ejerce en el comportamiento, ya que en su mayor parte las
aplicaciones se basan en la experiencia a través de ensayo
y error y en el sentido común.
A partir de diversos tipos de música se pueden inducir
diferentes estados de ánimo, los cuales pueden repercutir
en tareas psicomotoras y cognitivas. Una de las variables importantes
que intervienen en estos efectos se refiere a la clase de música
que se escucha. En este sentido, existen principalmente dos tipos:
1) la estimulante, que aumenta la energía corporal, induce
a la acción y estimula las emociones y 2) la sedante, que
es de naturaleza melódica sostenida y se caracteriza por
tener un ritmo regular, una dinámica predecible, consonancia
armónica y un timbre vocal e instrumental reconocible,
con efectos tranquilizantes.
Se han realizado varias investigaciones tendentes a estudiar
los efectos de la música sobre la ansiedad. Se ha observado
que la de carácter estimulante aumenta la preocupación
y la emocionalidad (activación fisiológica afectiva),
mientras que la sedante la disminuye. También se ha encontrado
una reducción de la tensión muscular y la fuerza
física, relacionada con la ansiedad, a través de
la audición de música tranquila, cuyos efectos repercuten
en la comunicación humana. Por ejemplo, la de tonos mayores
aumenta la satisfacción en la interacción humana
y facilita la productividad.
En relación con las posibilidades terapéuticas
de la música, se han publicado una gran cantidad de evidencias
en diferentes tipos de pacientes. Los efectos terapéuticos,
en parte, se dan gracias a que la música disminuye la ansiedad.
Por ejemplo, una reducción del ritmo respiratorio y la
presión sanguínea, así como menores puntuaciones
en pruebas de ansiedad, en pacientes preoperatorios, después
de escuchar música sedante.
Algunos estudios apoyan la idea de que la música mejora
la ejecución en diferentes tipos de tareas, como problemas
aritméticos simples. Sin embargo, otros no han encontrado
ningún efecto de la música sobre la ejecución
e incluso han descubierto que los efectos son negativos.
Gaver y Mandler proponen que la música existe como una
interacción entre un sonido estructurado y una mente que
lo comprende. La música tiene una estructura, un orden
objetivo de los sonidos, que es de naturaleza jerárquica,
consistente en movimientos interrelacionados, con características
propias de melodía, armonía, tiempo, estructura
rítmica, etcétera. Otra característica es,
en cada nivel de una pieza musical, la continuidad y el cambio
que determinan su complejidad. Una pieza musical sin cambios es
simple, mientras que una con muchos resulta compleja y difícil.
Wundt propuso una curva con forma de U invertida, en la que el
valor hedónico está relacionado con el nivel de
activación, de tal manera que una pieza musical se percibe
como más agradable cuando produce un nivel medio de activación
psicológica y fisiológica en el oyente, mientras
que cuando la activación que origina es muy poca, se experimenta
como aburrida, y un exceso de activación produce displacer.
El nivel de activación depende también de su
complejidad y de la familiaridad del oyente. Cuando es compleja,
con muchos cambios y gran cantidad de información, es difícil
de seguir y comprender, por lo que no es tan placentera. De igual
manera, una música conocida es preferida en relación
con una desconocida. En ocasiones puede ser que no se conozca
la pieza musical como tal, pero sí su estructura musical,
debido a que se haya tenido contacto con otras piezas con una
estructura similar.
Por tanto, la percepción, la interpretación y
la preferencia musical dependen, por una parte, de estas características
del estímulo (tono, intensidad, ritmo, melodía y
armonía) y, por otra, de las del oyente, como personalidad,
edad, sexo, tiempo personal, experiencia musical, tradiciones
culturales y condiciones ambientales en las que se escucha.
Pero ¿de qué manera interactúan las características del estímulo musical con las fisiológicas y psicológicas del oyente para generar una reacción determinada? Sin duda, si queremos entender y predecir las reacciones conductuales provocadas por la música, es necesario conocer los mecanismos psicofisiológicos que subyacen a su percepción, reconocimiento e interpretación, así como al placer experimentado al escucharla, ya que sabemos que la conducta en todos sus niveles es regulada por el sistema nervioso central.
Estructuras cerebrales que participan
en el procesamiento de la música
La música es un estímulo sumamente complejo, que
requiere procesos sensoriales, cognitivos, emocionales y motores,
por lo cual, aunque existen algunas estructuras cerebrales especializadas
en los diferentes niveles de procesamiento auditivo, debemos considerar
el funcionamiento del sistema nervioso en su conjunto. Podemos
pensar que éste es un conjunto de subsistemas, cada uno
de los cuales consta de elementos nerviosos que intervienen en
una parte del procesamiento de la información, ya sea interna
o externa.
Sabemos que se necesita el adecuado funcionamiento de la vía
sensorial auditiva; sin embargo, también participan otros
sistemas sensoriales. La percepción musical, además
de la capacidad de escuchar las notas, los tonos, los acordes,
la duración, el timbre y la intensidad, requiere la de
percibir las relaciones secuenciales y espaciales de las notas,
su melodía, armonía y ritmo. Para la apreciación
y ejecución de una pieza musical también es conveniente
la memoria musical, motora y verbal. Al escuchar una melodía,
la persona utiliza la memoria para saber si la ha escuchado antes,
qué experiencias han sido asociadas a ella, además
de identificar a qué categoría pertenece. También
se requiere la memoria a corto plazo, para seguir una asociación
secuencial de notas y percibirla como música. En el caso
de canciones, la música está asociada, además,
a una memoria verbal.
La audición de una pieza musical puede provocar una
activación de las vías motoras. En algún
momento podemos sorprendernos a nosotros mismos moviendo los pies,
las manos o alguna otra parte del cuerpo, aunque en otros casos
esto no sea tan evidente. Para la ejecución de un instrumento
musical es necesaria la activación de patrones motores
sumamente complejos instaurados en la memoria.
Por su efecto sobre las emociones, la experiencia musical provoca
la participación de numerosas estructuras cerebrales relacionadas
con la motivación y la emoción. Otros procesos cognitivos,
como la atención, el aprendizaje y el pensamiento, también
tienen su participación en ello.
Por todo lo anterior, se comprende la dificultad del estudio de la experiencia musical. No podemos hablar de estructuras específicas, aisladas, involucradas en la percepción musical, sino de un complejo sistema, el nervioso, que implica un conjunto de elementos, cada uno con una función, pero que comparten un fin común.
Importancia de algunas estructuras cerebrales
en la experiencia musical
El proceso inicial del sistema relacionado con la experiencia
musical capta los sonidos, que son cambios repetitivos en la presión
del algún medio, comúnmente el aire o el agua. Son
vibraciones con diferentes frecuencias, captadas y codificadas
por el oído y transformadas en señales eléctricas
conducidas a través del nervio auditivo hacia el sistema
nervioso central. La información llega a la corteza auditiva
localizada en la cara lateral de la corteza cerebral (lóbulo
temporal). En esta área se recibe y analiza el estímulo
auditivo, es decir, aquí oímos. Estas áreas
se comunican con las secundarias, que permiten integrar grupos
de estímulos acústicos presentados de manera simultánea
y también de series consecutivas de sonidos de diferente
tono y estructuras acústicas rítmicas. Penfield
y Perot en 1963 observaron que al estimular las áreas secundarias
mostraban alucinaciones musicales. Las señales eléctricas
son, así, retransformadas en la corteza para dar una experiencia
subjetiva de la música. Otras áreas, llamadas de
asociación, tienen un papel importante en la integración,
interpretación y almacenamiento de la información
que reciben de los sistemas sensoriales. Una pieza musical nos
puede evocar toda una situación: por ejemplo, el restaurante
donde estábamos, el decorado que tenía, el olor
de la comida, la temperatura cálida, la persona que nos
acompañaba, la emoción que sentimos, etcétera.
Por su parte, la región más anterior de la corteza
cerebral (prefrontal) está en íntima comunicación
con casi todas las zonas principales de la corteza cerebral y
ejerce un papel decisivo en la formación de intenciones
y programas, así como en la regulación y verificación
de las formas más complejas de la conducta humana. Una
de sus funciones es mantener la atención en un estímulo,
e inhibir otros que no son relevantes en el momento. Estas áreas
también participan en la integración de la personalidad
del individuo, la planeación de su conducta a corto, mediano
y largo plazo, así como en la regulación de las
emociones, ya que se encuentran en estrecha comunicación
con estructuras del sistema límbico, el cual está
formado por un conjunto de estructuras que tienen que ver con
la producción y la regulación de las emociones.
Una de estas estructuras, la amígdala, se ha relacionado
con el tono emocional, el placer, la conducta consumatoria, el
miedo, la tristeza y la alegría, además del control
de la agresión, la inhibición de la actividad y
la vocalización emocionales. El hipocampo, otra estructura
de este sistema, permite que haya innovación, media los
estados de alerta y la familiaridad ante los estímulos,
así como su orientación espacial. Las áreas
frontales permiten mantener la atención hacia la música
y, junto con el sistema límbico, responder emocionalmente
a ella.
No sólo la vía auditiva es capaz de responder
a la música; otros sistemas sensoriales pueden ser activados
por ella. Se conoce, por ejemplo, la existencia de una conducción
ósea del sonido y que las vibraciones del aire causadas
por las ondas sonoras pueden ser percibidas a través del
tacto. Por otro lado, debido a que la música puede evocar
imágenes, otras áreas cerebrales relacionadas se
ven involucradas.
Cuando se estudia el funcionamiento del sistema nervioso no
debe perderse de vista su plasticidad, ya que el cerebro es un
sistema dinámico, en constante cambio. Las células
cerebrales modifican de modo continuo su estructura y funcionamiento,
con base en los requerimientos ambientales y el aprendizaje. Los
músicos, por ejemplo, aprenden a escuchar diferencias de
tono imperceptibles para personas sin entrenamiento musical, establecen
una facilitación de vías nerviosas vinculadas a
la regulación de patrones motores finos, desarrollan la
imaginación auditiva, y son capaces de escuchar internamente,
sin estimulación externa, entre otras facultades.
Además de todas las áreas cerebrales mencionadas,
para que la información auditiva sea recibida en la corteza
cerebral, también se requiere un cierto nivel de activación
del sistema nervioso, regulado por otras estructuras en la base
del cerebro.
Gran parte de la investigación sobre el funcionamiento
cerebral relacionado con la música y las emociones se ha
centrado en la especialización hemisférica.
Especialización hemisférica
El cerebro se divide en dos hemisferios: izquierdo (hi) y derecho
(hd). Cada uno está formado por estructuras iguales, de
tal manera que tenemos un par de cada una de éstas, con
excepción de unas cuantas que son únicas.
Hay un gran número de pruebas sobre la existencia de
una especialización de los hemisferios cerebrales para
algunas funciones cognitivas. Se ha encontrado que el hi de personas
diestras procesa preferentemente información lingüística,
matemática y lógica, mientras que el hd, información
emocional, musical y espacial. Sin embargo, en algunas investigaciones
se ha puesto de manifiesto que, más que el contenido de
la información, lo fundamental es la estrategia utilizada
en la percepción, el procesamiento y la expresión
de ésta. Así, el hi lleva a cabo un análisis
lógico, secuencial, detallado y parcial de la información,
mientras que el hd utiliza estrategias de tipo global y sintético.
La lesión del hd interfiere con el sentido del tiempo
y la habilidad para percibir, reconocer o recordar tonos, volumen,
timbre y melodía, así como con el cantar y el sentir
placer al escuchar la música. El estudio de pacientes con
daño en diferentes zonas y hemisferios del cerebro revela
que la habilidad para detectar cambios en el tono depende de la
región anterior del hd, mientras que para reconocer errores
de ritmo y fraseo en piezas musicales familiares se requiere la
actividad de los dos hemisferios. Por otra parte, la porción
central del hi media aspectos secuenciales del estímulo
auditivo en general.
Se han advertido diferentes tipos de amusias, término que
se refiere a la pérdida de la capacidad musical, como consecuencia
del daño cerebral. En general, se clasifican en sensoriales
y motoras. Dentro de las sensoriales están: la amusia oral-expresiva,
que es la incapacidad para cantar, silbar o tararear; la instrumental
o apraxia musical, que es la incapacidad para ejecutar un instrumento,
y la agrafia musical, incapacidad para escribir música.
Dentro de las amusias sensoriales se consideran: la receptiva
o pérdida de la habilidad para discriminar entre melodías;
la amnésica, problemas para identificar melodías
familiares, y la alexia musical, pérdida de la habilidad
para leer una notación musical. Pueden presentarse en forma
aislada o combinada. Se conoce muy poco acerca de las áreas
cerebrales afectadas en estos diferentes tipos de alteraciones.
Estudios en personas normales han demostrado que el hd predomina
en la percepción y expresión del timbre, los tonos,
los acordes, la intensidad y la melodía musicales, así
como de sonidos ambientales no verbales.
A pesar de todas las investigaciones que apoyan la especialización
hemisférica, existen algunas en las que ésta no
se ha encontrado en sujetos normales, debido a que la información
fluye entre los hemisferios en unos cuantos milisegundos. Además,
en condiciones normales de la vida cotidiana se requiere la participación
de ambos hemisferios para la adecuada interpretación de
la información. Se sugiere que también intervengan
en diferente grado en la mayoría de las funciones.
En el caso de la música, aunque se plantea que el hd
está especializado en los aspectos melódicos, armónicos
y emocionales, el hi parece relacionarse con la percepción
de aspectos secuenciales y rítmicos. De hecho, existe un
programa de rehabilitación de pacientes que perdieron la
capacidad de hablar (afasia de Broca) por una lesión de
áreas anteriores del hi (lóbulo frontal) y a quienes,
con terapia melódica entonacional, se les ayuda a readquirir
el lenguaje a través del canto; con ello se aumenta la
participación del hd en el habla.
Se han descubierto diferencias en la especialización
hemisférica de la música entre músicos y
no músicos, entre hombres y mujeres, entre zurdos y diestros,
dependiendo de los requisitos y la complejidad de la tarea a realizar.
Los mecanismos neuropsicológicos involucrados en la
experiencia emocional están íntimamente ligados
a los relacionados con el procesamiento de la información
musical. Existen evidencias de que el hd también está
especializado en la comprensión del estímulo emocional
y en la expresión de la emoción experimentada, así
como su participación en la comprensión necesaria
para interpretar las expresiones faciales, las escenas emocionales
y la entonación de la voz. En cambio, cuando se trata de
identificar el contenido semántico del habla, el hi tiene
un papel importante.
En conclusión, en sujetos normales, ambos hemisferios
intervienen en diferentes aspectos, en la percepción de
la música y las emociones, dependiendo de diversos factores
individuales, las características de la música y
los requisitos de la tarea a realizar, entre otros.
A partir de los estudios de Broca, Wernicke, Fritz y Hitzig
y otros investigadores del siglo pasado, se tenía una visión
localizacionista de las funciones de los hemisferios cerebrales;
sin embargo, ahora existe una más sistémica, en
la cual se plantea la existencia de una relación dinámica
entre las diversas estructuras cerebrales para hacer posible una
función específica.
En general, las emociones son más congruentes con la música que con las palabras, ya que comparten características sintéticas, continuas y globales, más ligadas al procesamiento del hd, mientras que el lenguaje lógico del hi difícilmente interpreta las señales musicales y emotivas.
Cambios electrofisiológicos producidos
por la música
La experiencia musical y emocional produce respuestas a nivel
del sistema nervioso central y periférico susceptibles
de medirse eléctricamente a través de cambios en
la actividad eléctrica cerebral (eeg), en la resistencia
eléctrica de la piel, modificaciones en la presión
sanguínea, la frecuencia cardiaca, la respiración
y otras funciones autónomas.
Por ejemplo, la tensión muscular es mayor al escuchar
los conciertos de Brandeburgo que cuando se realiza una tarea
aritmética, y la actividad de diferentes músculos
durante la solución de una tarea aumenta al escuchar música
irregular y disminuye con música serena, en comparación
con lo que sucede cuando se efectúa sin música.
También se ha reportado un decremento de la frecuencia
cardiaca y la presión sanguínea al escuchar melodías
tranquilas durante el trabajo de parto, asociado a una disminución
del dolor, en lugar de escuchar una lectura, música rock,
o autoseleccionada.
Existen pocos estudios acerca de los cambios fisiológicos
que produce la música, especialmente en la actividad eléctrica
del cerebro. La mayoría de ellos se han centrado en el
estudio de la especialización hemisférica durante
el procesamiento de tareas musicales, emocionales y verbales,
pero poco se ha hecho en relación con el placer estético
experimentado al escuchar la música, sin necesidad de realizar
algún tipo de tarea.
La eeg representa la actividad eléctrica de millones
de células cerebrales y se ha caracterizado en cuatro ritmos
o bandas principales: delta, theta, alfa y beta, con distintos
niveles cada uno.
Al examinar los efectos de la música como un agente
reductor del estrés, se encontró un incremento de
la activación cerebral (beta) cuando los sujetos escuchan
una pieza de tipo New Age de Halpern. Estos efectos se reducen
si los sujetos escuchan música de Chopin antes de la de
Halpern. La música de Chopin es percibida como más
tranquilizante y más agradable que la de este último
y al parecer reduce el estrés causado por aquélla.
También se han descubierto algunas correlaciones entre
la experiencia subjetiva y el eeg al escuchar música clásica
y rock; el incremento del alfa parece reflejar una mayor atención
y el de beta se vincula a estados displacenteros. En otro estudio
se encontró un incremento en la proporción de theta
durante la audición de música clásica en
sujetos aficionados a ella, además de un decremento en
la proporción de alfa, y se observó un patrón
inverso al escuchar el llanto de un bebé. Alfa es un ritmo
que típicamente se ha asociado a un estado de relajación,
mientras que beta a uno de activación relacionada con la
atención a estímulos externos. Theta, por su parte,
es un ritmo que aparece durante el sueño, pero que a través
de análisis computacionales se ha podido estudiar durante
la vigilia y se asocia a estados de atención hacia estímulos
internos y a estados emocionales, por lo que no es extraño
que se incremente al escuchar música.
En estudios recientes también se ha encontrado un decremento
en la semejanza de la actividad entre áreas homólogas
de los hemisferios cerebrales (correlación interhemisférica)
en distintas partes del cerebro al escuchar música de Grieg.
Al igual que todos los procesos conductuales, emocionales y cognitivos, el procesamiento de la música y sus efectos dependen de la actividad del sistema nervioso central, de tal manera que si se quiere comprender la forma en que la música modifica la conducta humana, es importante conocer los mecanismos psicofisiológicos que subyacen a su percepción, reconocimiento e interpretación.
![]() |

Introducción
Los seres vivos nos encontramos todo el tiempo rodeados de un
buen número de estímulos (visuales, auditivos, táctiles,
olfativos, gustativos, propioceptivos); basta con que el lector
intente atender los estímulos que lo rodean para darse
cuenta de la gran cantidad de información que recibe en
cada momento.
El procesamiento de estos estímulos depende de múltiples
factores. Uno de ellos es el nivel de alertamiento que presente
el individuo, el cual puede abarcar un continuo desde el estado
de coma, pasando por la anestesia, el sueño y la vigilia;
además, dentro de cada uno de estos estados hay grados
de alertamiento.
Si nos restringimos a la etapa de vigilia, no es posible atender
de manera simultánea todos los estímulos que recibimos.
Ya en 1890, William James, uno de los padres de la psicología,
había propuesto que sólo podemos centrar la atención
en un elemento del ambiente y que únicamente aquellas actividades
que realizamos de forma automática, producto de la práctica
continua, pueden ser ejecutadas al mismo tiempo. Pero aun en el
mejor de los casos, no podemos atender con eficiencia más
de dos o tres elementos del ambiente.
Se ha propuesto que una de las funciones de la atención
es que permite seleccionar y organizar la información disponible
a fin de dar una respuesta apropiada.
Aunque la selección de información sensorial es
el proceso que experimentalmente más se ha estudiado, el
de atención selectiva puede implicar otros más amplios,
como la selección de sensaciones, pensamientos, recuerdos
o actos motores. Además, la atención selectiva guarda
una estrecha relación con otros procesos cognitivos, ya
que representa un prerrequisito para que ocurra el aprendizaje
y la memoria, y a su vez se ve influida por éstos y por
aspectos vinculados a la motivación y la emoción.
A partir de esto podemos observar que dos de los elementos más importantes de la atención son el nivel de alertamiento y la selección de estímulos relevantes, que están íntimamente ligados, de modo que la detección de un estímulo relevante incrementa el estado de activación general y, por otra parte, el estado de alertamiento afecta la eficiencia en la selección de estímulos significativos.
Teorías de la atención
selectiva
Varias teorías han sido postuladas para explicar los procesos
de atención selectiva. Con base en la teoría de
procesamiento de información, Broadbent (1958) estableció
una serie de principios comunes a algunas teorías propuestas,
los cuales pueden resumirse en los siguientes puntos:
1) Los organismos poseen un límite en la capacidad de procesar
información sensorial que llega simultáneamente
a los órganos de los sentidos.
2) Debido a esto, de entre todos los estímulos presentes
se debe seleccionar la información relevante.
3) En la medida en que se procesa información acerca de
una modalidad sensorial o de una de las dimensiones del estímulo
(ejemplo, la forma), como rasgo relevante para la ejecución,
otros estímulos o dimensiones (ejemplo, el color) serán
procesados con menor grado de profundidad.
Entre las principales teorías se encuentran las llamadas
de filtro, las cuales sostienen que, debido a la gran cantidad
de información sensorial que recibimos, debe efectuarse
una selección de la información relevante, y reducir
así la carga sobre los sistemas de procesamiento. Las variantes
de esta teoría difieren fundamentalmente en cuanto al sitio
donde ocurre el bloqueo de la información irrelevante y
los mecanismos de acción del filtro (figura 1). Para Broadbent
(1958), la selección de los estímulos se da en las
primeras etapas del procesamiento, y para la modalidad auditiva
se basa en las características físicas de los estímulos
(intensidad, frecuencia o dirección). Para otros autores
(Deutsch y Deutsch 1963), las señales de entrada reciben
un análisis perceptual completo y la selección ocurre
en una etapa tardía del procesamiento, cuando se va a seleccionar
la respuesta.
|
Principales teorías sobre la selección de información relevante (adaptado de Picton y Hillyard 1978) |
![]() |
Treisman (1964) propuso una alternativa a las hipótesis
descritas, en la cual la información no relevante va recibiendo
una atenuación, más que un bloqueo, a lo largo de
las distintas etapas; de esta manera, la localización del
filtro es flexible y depende del análisis que se vaya realizando
de los estímulos, de acuerdo con una jerarquía específica
para cada tipo de información.
La aproximación neurobiológica
al estudio de la atención
El estudio de la atención resurgió en los últimos
años debido al desarrollo de teorías cognoscitivas
y a la aparición de técnicas conductuales y neurofisiológicas
que nos permiten evaluar el funcionamiento del sistema nervioso
central, como el registro de la actividad eléctrica cerebral
y las técnicas de imagenología, por ejemplo, la
tomografía por emisión de positrones o la resonancia
magnética nuclear dinámica.
En general, el enfoque neurobiológico al estudio de
la atención pretende responder a dos preguntas fundamentales:
intenta determinar, por un lado, las estructuras cerebrales implicadas
en los distintos procesos de la atención y, por otro, los
mecanismos neurofisiológicos y neuroquímicos que
subyacen a estas funciones.
En cuanto al primer aspecto, se ha propuesto que la atención
depende de la acción coordinada de varias estructuras cerebrales,
de modo que no puede ser considerada la propiedad exclusiva de
una sola estructura, aunque tampoco la del cerebro que opera como
un todo (figura 2). Además, en virtud de que la atención
puede ser dividida en subprocesos, es importante conocer qué
estructuras cerebrales pueden ser asignadas a cada uno de ellos,
con la posibilidad de que una participe en varias funciones.
El hecho de que el sistema de atención esté tan ampliamente distribuido hace que este proceso sea muy vulnerable a lesiones cerebrales, de modo que los déficits de atención son una de las alteraciones que por lo general se presentan por daño al sistema nervioso central. Estos déficits pueden ser sobre aspectos específicos, dependiendo cuál sea la región afectada.
|
Representación esquemática de las regiones cerebrales relacionadas con los procesos de atención; se muestran también algunas interconexiones entre esas regiones (tomada de Mirsky 1987) |
![]() |
Además de la descripción de un sistema anatómico
responsable de los procesos de atención, se ha intentado
determinar la participación de los distintos sistemas neuroquímicos
en estas funciones. Particular interés se ha dado al papel
de las catecolaminas (noradrenalina y dopamina) y de algunas hormonas
en los procesos relacionados con la atención.
Este conocimiento ha sido de utilidad para desarrollar fármacos que se emplean actualmente en el tratamiento de los desórdenes de la atención y cuya administración es más frecuente en niños.
Alteraciones de la atención
Los déficits más estudiados comprenden principalmente
tres síndromes: la hemiinatención, los déficits
de atención en niños y las ausencias de origen epiléptico.
El síndrome de hemiinatención
Sin duda, este síndrome, llamado también agnosia
especial unilateral, es el que ha generado mayor información.
Se caracteriza porque los pacientes, después de una lesión
cerebral, manifiestan una falta de respuestas ante estímulos
en una parte del cuerpo, usualmente el lado opuesto a la lesión,
en ausencia de alteraciones sensoriales o déficits motores
primarios. La falta de responsividad ante estímulos en
la región contralateral no es exclusiva de una modalidad
sensorial, sino que afecta a todas ellas.
Estas alteraciones pueden detectarse cuando se le pide al paciente que copie un dibujo colocado frente a él, y se observa que omite muchos elementos del lado contrario a la lesión (figura 3).
|
Ejemplos de dibujos realizados por un paciente con lesión en la región parietal del lado derecho. Como puede observarse, elimina muchos elementos presentes en el lado contralateral a la lesión |
![]() |
El síndrome de hemiinatención es común después
de un daño en el área parietal derecha, pero también
ha sido reportado por lesión de otras áreas corticales;
sólo las regiones localizadas en áreas pre y poscentrales
o de la corteza visual primaria no lo producen.
Existe una relación directa entre la intensidad del
déficit y la severidad de la lesión: mientras más
severa es ésta, aquél es mayor. Además, inmediatamente
después de la lesión, el síndrome de hemiinatención
es severo y se caracteriza por desviación de la cabeza
y ojos hacia el lado de la lesión, sin respuestas de orientación
a estímulos visuales, auditivos o somestésicos en
el lado contralateral a la misma. Después de varios de
meses, desaparece la desviación de ojos y cabeza y se presenta
responsividad, aparentemente normal, a estímulos en el
campo contralateral.
Se ha afirmado que la cantidad de tejido sano que queda es crítica para la recuperación; sin embargo, aun con la lesión completa de uno de los hemisferios cerebrales se puede observar mejoría. Estos datos han llevado a algunos autores a proponer que en los dos hemisferios subyace la capacidad para orientarse a ambos lados del campo perceptual y han revelado la capacidad que tiene el sistema nervioso para recuperarse después de lesiones. Al respecto, la recuperación es mejor cuando la lesión ocurre en etapas tempranas de la vida.
Alteraciones de la atención en
niños
Algunos autores consideran éstas como un síndrome
que incluye hiperactividad, distractibilidad y problemas de ajuste
conductual con fallas en la estabilidad emocional, mientras que
otros las consideran una limitación cognitiva en sí
misma, independientemente de la hipercinesia y los desórdenes
conductuales asociados.
Esta controversia se debe, en parte, a que este grupo de pacientes
presenta una gran heterogeneidad y pueden diferir no sólo
en cuanto a los síntomas, sino también a su intensidad,
etiología, presencia o ausencia de alteraciones en el aprendizaje
y reactividad a la terapia farmacológica. La importancia
de describir distintos subgrupos radica en que éstos pueden
estar asociados a deficiencias en regiones cerebrales particulares
o con diferentes sistemas neuroquímicos.
Aunque se tiene la impresión de que estas alteraciones
sólo ocurren durante los primeros años escolares,
aunque pueden perdurar a lo largo de la vida del paciente, son
más evidentes durante la infancia. En algunas ocasiones,
se acompañan de alteraciones específicas del aprendizaje,
como trastornos en la lectura o en la realización de operaciones
aritméticas, aunque estos desórdenes se pueden observar
de manera independiente, lo cual sugiere que pueden estar asociados
a distintos mecanismos.
La etiología de estas alteraciones frecuentemente se
ignora. Los síntomas pueden surgir como resultado de distintas
alteraciones: complicaciones perinatales, traumatismo cerebral
difuso, hipoxia, intoxicación con plomo, leucemia, ingestión
de alcohol y tabaco por la madre durante la gestación,
así como también por la epilepsia o como un efecto
colateral del tratamiento farmacológico con drogas antiepilépticas,
como los barbitúricos o los antihistamínicos. También
se le ha asociado a factores genéticos, ya que niños
con alteraciones de la atención a menudo tienen miembros
familiares afectados por el mismo mal.
El enfoque neurobiológico de estas alteraciones ha revelado que algunas regiones del cerebro pueden estar particularmente afectadas en estos pacientes. En estos trabajos se emplean técnicas de neuroimagenología, que permiten evaluar las concentraciones de marcadores radioactivos, los cuales se acumulan en distintas regiones cerebrales, dependiendo de los niveles de activación que éstas presentan. Con dichas técnicas, los niños con problemas de aprendizaje muestran una disminución en los niveles de activación de algunas regiones cerebrales, como el cuerpo estriado, la corteza prefrontal y algunas regiones del sistema límbico.
Ausencias de origen epiléptico
Ésta es una variedad de epilepsia generalizada no convulsiva,
caracterizada por una súbita interrupción de la
actividad motora, mirada vacía y pérdida de contacto
con el ambiente; esta conducta puede perdurar durante varios segundos.
Los familiares de los pacientes usualmente se refieren a esta
patrón de crisis como "ausencias".
Estos síntomas también se dan como una manifestación
clínica de crisis parciales complejas del lóbulo
temporal, así como de epilepsia del lóbulo frontal.
El registro simultáneo del electroencefalograma (eeg) y
la conducta del paciente muestran que, durante la fase de "ausencia",
el eeg tiene una gran amplitud y descargas en forma de onda-espiga,
las cuales se correlacionan con un patrón clínico
caracterizado por interrupción del habla, apertura de los
ojos, alteraciones de la conciencia, giro de la cabeza y ojos,
ocasionalmente automatismos simples y, justo al final de la actividad
paroxística, la recuperación brusca de la conciencia.
Algunos autores han reportado que los pacientes con este tipo de crisis, tienen una pobre ejecución en tareas de atención o vigilancia, aun cuando la actividad paroxística no esté presente en el electroencefalograma.
Perspectiva
El área de las neurociencias cognitivas ha crecido notablemente
en los últimos años, durante los cuales se han desarrollado
diversas técnicas que han permitido el estudio y comprensión
de los mecanismos neuronales relacionados con los procesos mentales.
Entre ellas destacan las aproximaciones electrofisiológicas
y las técnicas de imagenología.
Con estas últimas se han identificado algunas de las
regiones cerebrales vinculadas a la atención selectiva
y se ha propuesto que esta función depende de una red neuronal
distribuida, con elementos densamente interconectados.
Por la complejidad del proceso de atención selectiva,
quedan todavía muchas preguntas por resolverse. Si bien
se conocen diversas estructuras que participan en él, falta
por conocer la relación entre estas regiones, es decir,
¿forman en realidad un circuito distribuido con conexiones
recíprocas?, ¿ existe una sola red de atención
para las diferentes modalidades sensoriales? o ¿existen
circuitos específicos para cada modalidad? y si éste
fuese el caso, ¿se comparten elementos o módulos
entre los distintos circuitos?
Otro aspecto de este problema se relaciona con los procesos
que se llevan a cabo en cada uno de los nodos de la red; en otras
palabras, poseemos información acerca de dónde está
ocurriendo el proceso, pero sabemos muy poco de cuáles
son las funciones (filtraje, clasificación, categorización,
etcétera) y los mecanismos de cada uno de los nodos del
circuito involucrado. Si los subprocesos que forman la atención
selectiva están ubicados en diversas regiones de un sistema
distribuido, falta por conocer cómo se logra la integración
de estos elementos y su relación con otros eventos cognitivos.
Sin duda, para lograr mejores resultados, la investigación de los procesos cognitivos debe ser de naturaleza interdisciplinaria, tanto en los métodos empleados (conductuales, electrofisiológicos y neuroquímicos), como en los aspectos teóricos y conceptuales.
![]() |