Identidad urbana

La relación necesaria entre identidad urbana y sostenibilidad posible

 

Bernardo Jiménez-Domínguez
Rosa López Aguilar
Centro de Estudios Urbanos
Departamento de Psicología Aplicada
Universidad de Guadalajara.

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Introducción
Este artículo revisa algunos aportes a la caracterización de la identidad social y urbana, para luego relacionarla como precondición a la posibilidad del desarrollo sostenible en la ciudad. Discute de manera crítica el concepto de sostenibilidad y sus implicaciones, lo cual forma parte de nuestro trabajo en el proyecto de la red cis (descrito en artículo de este dossier), a la que estamos integrados. Hacemos una referencia descriptiva de algunos de los resultados preliminares en dos barrios populares de Guadalajara (uno consolidado y otro reciente), en los que se realizó el estudio exploratorio, y en los que con anterioridad efectuamos varios estudios e intervenciones iniciales (Jiménez, 1991; Jiménez, 1995), y al final se establecen algunas relaciones y posibles conclusiones.

 

La identidad se hace urbana
El tema de la identidad remite a los otros desde diferentes niveles. En los años 20, Cooley (1922), consciente de que la identidad se construye en la interacción mutua con otras personas, la describe como un self (sí mismo) especular, lo cual, visto en términos de la ecología simbólica de Hunter (1987), equivale a decir que la identidad a nivel comunitario es construida en la interacción con los de fuera, para constituir comunidades simbólicas. Todas las personas participan de una red de relaciones sociales, ya sean espacialmente próximas o distantes. Desde esa perspectiva colectiva, las mismas elaboran una concepción de sí (self), como estableció Mead (1934).


Las redes sociales tienen una función psicosocial al servir como contexto para el desarrollo de una identidad personal, que según Gans (1962), en el caso de los barrios, da a sus habitantes un sentido básico de pertenencia a una comunidad, con la que comparten una concepción similar del mundo, actitudes y valores a través de la participación en la red social del barrio.


En la actualidad, la afirmación de que las relaciones sociales son clave, tanto en el desarrollo de la identidad personal como de la local, es aceptada en general. La identidad de lugar puede ser vista de este modo, como parte de la identidad personal (Proshansky, Fabián y Kaminoff, 1983). Esta identidad de lugar de residencia existe sobre todo entre las personas y no como una realidad geográfica, como lo plantea Anderson (1975), con base en el concepto de Sweetzer (1941) del barrio personal (citado por Lee, 1976), que se puede relacionar también con el de Lee (1976) de esquema socioespacial (el barrio como síntesis de una multiplicidad de interacciones sociales y físicas).


Si retrocedemos de nuevo en el tiempo, Schütz, en el marco de la fenomenología social, ya había planteado que el lugar en el que vivimos no tiene un significado geográfico, sino de hogar (como lo refiere Lalli, 1992), es decir, cumple una función simbólica, lo cual supone que es preciso distinguir entre "barrio físico" y "barrio social" y que como lo postuló Gans (1962), un barrio popular deteriorado en lo físico, no tiene porque tener un bajo nivel psicosocial; en su caso de estudio, las viviendas estaban cuidadas en su interior y del barrio se podía decir que era un buen lugar para vivir. De ahí que Milgram afirme en 1984, que la identidad personal está relacionada con el marco social del barrio en que se vive, y parafraseando a Halbwachs, dice que en la representación de la ciudad, las piedras, las calles y la geografía encierran un significado social.


Esta organización simbólica del espacio, convertida en lugar por la interacción transformadora de las personas, es lo que se denomina apropiación del espacio (Pol, 1994) y marca el proceso de desarrollo de la identidad social urbana.


En el estudio de las identidades vecinales en México, Safa (1998),

parte de que las identidades locales son, ante todo, una construcción social que se crea y recrea en la interacción, una experiencia de pertenencia que no es ajena a la historia, al poder y a la cultura. La identidad vecinal, como toda experiencia de identificación, se va estructurando y transformando, es incierta, ambigua y heterogénea, históricamente discontinua, inestable y equívoca, dispuesta al cambio, en conflicto, temporal y fugaz (p. 58).

Con base en ello ha elaborado una definición que incluye los elementos comunes a la discusión sobre el tema, al decir que la identidad vecinal se refiere a "un proceso de contraste y un sistema de relaciones que tienen como referencia un territorio" (p. 58).


Resulta claro, por lo planteado hasta aquí, que el concepto de identidad en el contexto urbano debe ser enfocado desde una perspectiva procesual y abierta en el marco de la situación social y cultural estudiada.


De acuerdo con lo anterior, el proyecto CIS (Ciudad, identidad y sostenibilidad) parte de que cualquier ambiente urbano debe ser considerado para su análisis, más como una realidad social y simbólica, que como una mera realidad física.


Al respecto, Valera y Pol (1994) consideran clave dos elementos categoriales a nivel simbólico, de acuerdo con Turner (1987): el nombre del barrio y los elementos prototípicos que se configuran como espacios simbólicos urbanos. También incluyen los eventos culturales y los elementos geográficos.


Las principales características de la identidad social urbana, serían, según ellos: el sentido de pertenencia, la abstracción categorial, las categorías sociourbanas y su construcción, las dimensiones territoriales, psicosociales, temporales, conductuales, sociales e ideológicas y su interrelación, así como los elementos simbólicos y urbanos.

 

La sostenibilidad vista desde abajo
El proyecto cis plantea que a mayor identidad social urbana, mejores condiciones para promover el desarrollo sostenible. De esta forma, vincula la identidad urbana con la sostenibilidad.


El concepto de desarrollo sostenible (proceso) y de sostenibilidad (objetivo), tan en boga hoy, tanto en los discursos tecnoburocráticos como en los académicos y ecologistas, resulta bastante ambiguo.


En 1987, la Comisión de las Naciones Unidas para el Ambiente y el Desarrollo, promovió la idea de desarrollo sostenible a través del llamado informe Brundtland, que lo define como aquel «que satisface las necesidades del presente sin comprometer la posibilidad de que las generaciones futuras satisfagan las suyas» (wcde, Our common future, p. 43), lo cual requiere, según el mismo informe:
· un sistema político que asegure la participación ciudadana en el proceso de decisiones;
· un sistema económico que pueda generar superávits y conocimiento técnico sobre una base de sostenibilidad y autosuficiencia;
· un sistema social que aporte soluciones a las tensiones de un desarrollo desigual;
· un sistema de producción que respete la obligación de preservar la base ecológica del desarrollo;
· un sistema tecnológico en búsqueda continua de nuevas soluciones;
· un sistema internacional que impulse patrones sostenibles de comercio y finanzas, y
· un sistema administrativo flexible y autocorrectivo.


En la actualidad podemos decir que los avances en esta dirección son mínimos en una reducida parte de mundo y casi nulos en la mayoría de los países.


A pesar de que se reconoce el carácter vago y poco operativo del concepto de desarrollo sostenible, proceso cuyo fin es la sostenibilidad, su importancia radica en que aparte de considerar los derechos de los aún no nacidos, tiene un potencial integrador de problemas antes analizados por separado, tales como el cambio climático global, la sobrepoblación, la deforestación, el efecto invernadero, la desertificación, las necesidades básicas para la existencia humana, la pobreza en el tercer mundo, el consumo per cápita y la producción suntuaria en los países más industrializados.


Desafortunadamente existe una enorme brecha entre la retórica política, que implica la coptación oficialista del concepto, y una práctica ambigua y contradictoria en un mundo desigual.


Dovers y Handmer (1993) han señalado esas contradicciones, las cuales podemos ubicar de forma resumida así:
· La paradoja de la tecnología (causa/solución).

· Incertidumbre vs toma de decisiones.
· Equidad intra vs intergeneracional.
· Crecimiento económico vs límites ecológicos.
· Intereses colectivos vs intereses particulares.
· Diversidad política vs acción común.
· Resistencia al cambio vs adaptabilidad.
· Optimización vs sostenibilidad.


La globalización económica en el mundo de hoy, debería ser un marco propicio para resolver las contradicciones del desarrollo sostenible, pero no lo es, porque funciona como una geografía de poder. La globalización es, como lo explica Harvey (1997), desarrollo geográfico desigual. Es un proceso de producción de desarrollo desigual temporal y geográfico, que produce una diferenciación entre los pobres siendo cada vez mas pobres y los ricos siendo cada vez mas ricos. En América Latina, según el informe BID­98, el 5 por ciento más rico, recibe una cuarta parte de todo el ingreso, mientras un 30 por ciento subsiste con el 7 por ciento del total.


Es evidente que la degradación ecológica del sur se explica en general por la división internacional del trabajo y no por la pobreza en sí.


Al respecto son relevantes los aportes del economista de la ecología Martínez Alier (1992) sobre la necesidad de adoptar un ecologismo popular que parta de las desigualdades en el presente. Por ello critica el informe Brundtland, cuya argumentación sobre la capacidad de sostenibilidad parece caer en un intento ideológico por parte de la ecotecnocracia internacional de biologizar la desigualdad social.


El mensaje del informe Brundtland recomienda un crecimiento económico del 3 por ciento anual en el sur, pero también en el norte (para abrir campo a las exportaciones del sur). Señala a la pobreza como causa de degradación ambiental, pero deja de lado la cuestión clave de la equidad y la redistribución.


Martínez Alier pregunta si los movimientos sociales que luchan contra la pobreza no deberían ser vistos como movimientos ecológicos. Porque hay que diferenciar el crecimiento económico como aumento del producto interno bruto (PIB), del desarrollo económico como cambio de la economía, pero sin aumentar el PIB.


Este tipo de desarrollo está relacionado con la producción para la exportación, con ciclos de sobreproducción, crisis de ventas y crisis en las propias condiciones de la producción, por el agotamiento de suelos o el exceso de pesticidas (con negativos efectos sobre el ambiente y la salud).


El énfasis del modelo económico actual es precisamente sobre el aumento de tales exportaciones, mientras se sacrifica la producción local de cereales y leguminosas básicas para la alimentación. Como dice Martínez Alier, se podría hacer la historia ecológica de Latinoamérica con la historia de estas exportaciones, una historia de dependencia ecológica y no de degradación por exceso de población. Mas bien, la degradación se debe a la sustitución de sistemas tradicionales ecológicamente sostenibles (que formaban parte de la tradición local), por la penetración de nuevas tecnologías de producción agrícola.


En síntesis, la degradación ecológica del sur es consecuencia de la división internacional del trabajo y no de la pobreza como tal. La riqueza representa una mayor amenaza para el ambiente, como es fácil deducir de los estragos del modelo económico dominante.


En un contexto urbano, ello supone que los ingresos y la riqueza desiguales llevan a la pobreza y ahí sí, la pobreza a la degradación ambiental. Pero en todo caso, los pobres producen menos desechos y por su experiencia son más susceptibles a prácticas sostenibles. Los expertos en sanidad saben que producen menos aguas sucias y desechos sólidos y que sus desechos resultan más convenientes como abono.


El que los entornos urbanos pobres sean más "ruidosos" y contaminados, se debe a un menor presupuesto para su mantenimiento y protección y no a una mayor producción de desechos. Por ello lo importante es la redistribución y el crecimiento y no el simple desarrollo. Si de verdad se quieren asegurar las demandas de las generaciones futuras, habría que contrarrestar la deuda externa del sur, con la deuda ecológica que los países ricos deben a los pobres por las emisiones de CO
2 y la recolección gratuita de recursos genéricos y destrucción de la biodiversidad.


Como lo explica Martínez Alier, no podemos confiar en el crecimiento económico como solución, tanto para los problemas ambientales como para resolver la desigualdad, porque el crecimiento económico es insostenible desde un punto de vista ecológico. Por eso es que propone que los obstáculos distributivos se deben superar más por la redistribución que por el crecimiento.


De lo que deberíamos hablar en consonancia con una visión crítica y equitativa, es de autogestión social sostenible, lo cual resulta compatible con la redefinición de sostenibilidad formulada por el proyecto cis para los sistemas urbanos, que entiende la sostenibilidad en el ámbito urbano como "la compatibilidad entre una dinámica social, económica y cultural y los recursos ambientales, tanto en el presente como en el futuro" (Red CIS,1996).

Es en este contexto que se puede hablar de sostenibilidad al referirse a barrios populares, como los que aquí nos interesan.

 

Relato de algunos resultados
A continuación algunos de los resultados preliminares obtenidos en dos barrios populares en los que se efectuó el estudio exploratorio del proyecto cis en la ciudad de Guadalajara: Analco y Los colorines.


Analco corresponde al tipo de asentamiento urbano ya consolidado, con una identidad social y de lugar establecida y reconocida por el resto de la comunidad. Es un barrio tradicional. En sus orígenes fue un pueblo de indios. Poco a poco el crecimiento urbano de Guadalajara lo absorbió, hasta convertirlo en un barrio más del centro de la ciudad.


El barrio Los colorines corresponde al tipo de asentamientos nuevos, recientes o en proceso de creación, planificados con un bajo nivel de ejecución. Se origina a partir de la lucha de una unión de solicitantes de vivienda que propició la urbanización y la construcción de viviendas en una zona de asentamientos irregulares en las faldas del llamado cerro del Cuatro.


En los dos barrios estudiados, la población no tiene un referente espacial común bien delimitado, ya que los límites del barrio están poco claros para la mayoría de sus habitantes.


En el caso de Analco se observa una tendencia más alta a la identificación de los límites, aún cuando la zona geográfica es de mayores dimensiones. El nombre del barrio está bien identificado por casi la totalidad de los vecinos de ambas zonas.


En lo que respecta a los hechos considerados como relevantes para la historia del barrio, en Los colorines destacan la dotación de servicios públicos y las acciones y logros de los vecinos; para los de Analco, las explosiones del 22 de abril de 1992 y el carácter histórico del barrio.


Respecto a los espacios simbólicos, en el caso de Los colorines, sobresalen las edificaciones de la unidad administrativa y el módulo de seguridad pública, lugares que concentran servicios públicos. En Analco destacan sus dos templos (San José de Analco y San Sebastián de Analco), junto con sus jardines, lugares que propician la convivencia social. En ambos casos, los principales espacios simbólicos señalados por la población, son los sitios más frecuentados por los vecinos y donde desarrollan prácticas sociales cotidianas. En el barrio de Analco, además de los templos y sus jardines o zonas verdes, el mercado representa otro referente espacial de importancia.


Con relación al grado de participación social, casi la mitad de la población encuestada en Los colorines declara haber participado en acciones sociales sobre temas urbanísticos y/o de servicios, solución de problemas barriales de forma colectiva y cree que la sociedad actual es participativa. Por el contrario, en Analco una parte importante de los habitantes evaluados dice que no ha participado en acciones sociales, y afirman que los problemas de barrio los resuelven de manera particular y creen que la sociedad actual es individualista.


En ambas zonas, la mayoría considera que la gente de su barrio es parecida o muy parecida en cuanto a origen, cultura, estatus, etcétera.


Respecto a los grupos de población con los que por lo regular se relacionan los habitantes de ambos barrios, la tendencia es hacia la familia, los amigos y los vecinos.


La mayoría considera las relaciones vecinales como cercanas o muy cercanas. En el caso de Los colorines, más de la mitad de los vecinos presentan un alto sentido de pertenencia al barrio, con el cual hay un nivel de satisfacción alto. Casi la totalidad de los vecinos de Analco muestran un máximo sentido de pertenencia al barrio y un nivel alto de satisfacción con el mismo. La mayoría en ambas zonas considera satisfactorio vivir en su barrio. Entre las razones que aducen para vivir en sus respectivos barrios, destacan (Los colorines) el ser más barato, que les gusta y que ahí vive gente conocida; que nacieron (Analco) en el mismo o que siempre han vivido en él, seguida del sentimiento de agrado por el barrio y el hecho de convivir con conocidos. En ambas zonas los vecinos desean continuar residiendo en su barrio.


Las expectativas de la población sobre sus respectivas zonas de residencia, son opuestas. En Los colorines creen que sus condiciones urbanas mejorarán; en Analco piensan que continuarán igual o aumentarán la degradación física y los problemas sociales. En Los colorines existe una correspondencia entre expectativas y los deseos de los vecinos para con su barrio: desean mayor prosperidad, tranquilidad y seguridad. En Analco solo mantienen la expectativa de que siga igual. Una parte de los vecinos aspira a que sea mejor, más tranquilo y seguro, lo que contrasta con sus opiniones de que se verá degradado y habrá mayores problemas sociales.


Los habitantes de ambas zonas de estudio desarrollan su vida cotidiana en sus respectivos barrios, en los que pasan mucho tiempo, tanto durante la semana como en los fines de ésta. La familia, los amigos y los vecinos son los ejes que estructuran su vida social.


Respecto al grado de conocimiento, conductas y actitudes de la población con relación a diferentes aspectos que tienen que ver con la calidad del medio ambiente de sus barrios, los vecinos de ambas zonas consideran que en su respectivo barrio hacen un uso adecuado de los recursos naturales disponibles. Creen que la basura que producen es separada y reciclada, aunque desconocen qué hacen en realidad con ella. Están de acuerdo en que es un problema social originado por los hábitos de la población, que tiene efectos graves sobre el medio ambiente y que se puede evitar. Acerca de este último aspecto, hay diferencias de valoración en cada zona. En Los colorines consideran que el problema tiene solución. En Analco, por el contrario, lo creen inevitable. Respecto a la valoración del agua como recurso, la tendencia de la población en ambos barrios es a considerarla como agotable, colectiva y escasa. En Los colorines más de la mitad de los habitantes la creen no reciclable. En Analco, al revés, ya que ese mismo porcentaje la visualiza como un recurso reciclable.


En ambos barrios, a la hora de comprar productos no toman en cuenta aspectos ecológicos, como el bajo consumo de energía o que tengan poco embalaje, solo consideran que se puedan reutilizar.

 

Mezcla de ingredientes
En este estudio se confirma que en el caso de los dos barrios populares analizados, una identidad social y de lugar bien definidas, facilita el anclaje de hábitos y prácticas sostenibles, y que la sostenibilidad supone la compatibilidad entre la dinámica socioeconómica y cultural y la relación con los recursos naturales, tal como se plantea en los presupuestos del proyecto. Ello se explica por el hecho de ser barrios populares, en el sentido planteado por Martínez-Alier, cuando afirma que los pobres producen menos desechos y son más proclives al desarrollo de prácticas sostenibles. Las diferencias en lo que respecta al anclaje de prácticas sostenibles, se relacionan con el tamaño de los dos barrios. El de escala más reducida, es Los colorines, y muestra mayor desarrollo acerca de este nivel. Hay que decir que el hecho de ser un asentamiento de reciente creación, con una población más joven, lo hace más sensible a un discurso como el de la sostenibilidad, también de reciente aparición. Otro rasgo de Los Colorines es que la identidad social fue previa a la construcción del barrio, porque la población analizada proviene de un movimiento urbano de solicitantes de vivienda, mientras que en Analco la ubicación del asentamiento, su historia y estructura le dan la identidad. Otra diferencia consiste en que Los colorines, a pesar de su origen, es un barrio construido con base en un proyecto de diseño urbano de carácter participativo, elaborado por el Taller de arquitectura popular. Mientras que Analco creció en sus inicios de forma espontánea en las afueras de la ciudad, aunque ahora forma parte de la zona centro de la misma.


Importa señalar, como lo plantea Safa, que la identidad social urbana es históricamente discontinua, inestable y heterogénea, por lo que conviene verla como un proceso de contraste, en lugar de asumirla como algo definitivo.


Se pudo establecer la importancia de los elementos categoriales a nivel del espacio simbólico planteados por Turner. En las dos zonas de estudio la identidad de lugar es una categoría social más que geográfica, puesto que si bien las personas están seguras sobre el nombre del barrio (primer elemento categorial), no sucede lo mismo con sus límites, lo cual es coherente con los conceptos citados al inicio sobre el proceso de identidad.


El que la gente de ambos barrios se perciba como parecida, puede verse como producto de una interacción cotidiana que contribuye a la construcción de una identidad barrial y un self especular como el que describe Cooley, así como constituirse en una comunidad simbólica ante la gente de fuera (en especial en Analco), como lo plantea Hunter.


Con respecto al segundo elemento categorial, el de los aspectos prototípicos, se presenta una situación diferente, evidenciada por la antigüedad del barrio de Analco alrededor de tres sitios clásicos en el surgimiento de los barrios: los templos, las plazas y el mercado, que son identificados como los sitios más frecuentados y prototípicos.


En el caso de Los colorines, aparece un elemento urbanístico típico de la planificación urbana: la llamada unidad vecinal, que está representada por la unidad administrativa y el módulo de seguridad, que son logros en el desarrollo del barrio y en el proceso de concertación con las autoridades. En lo que respecta a los acontecimientos importantes de este barrio, los vecinos citan precisamente la dotación de servicios públicos.


En Analco el carácter histórico del barrio queda un poco de lado por la reciente tragedia de las explosiones del 22 de abril de 1992. Así podemos explicar porqué en Analco la participación social aparece situacionalmente como baja. Después del 92 y por varios años la movilización colectiva fue muy fuerte y desgastante por la continua confrontación con el poder político, lo cual confirma, según lo establecido en la investigación tradicional, que la identidad vecinal no es permanente y que aumenta en las situaciones de emergencia o necesidad compartida.

Analco es ahora heterogéneo en lo social y geográficamente extenso. En Los colorines, la participación fue alta y constante mientras constituyeron un movimiento de solicitantes de vivienda. Luego disminuyó por las frustraciones de la entrega de sus pies de casa sin servicios, aunque se mantiene la participación alrededor de logros secuenciales, el último de los cuales consistió en la obtención de las escrituras de sus casas. Es, además, un espacio de menores dimensiones, más recorrible a pie al andar por sus calles y cuyo núcleo central se conoce y reconoce como parte de un proyecto aún en construcción y desarrollo, en el que se mantiene cierto espíritu de lucha y recuerdan con entusiasmo las movilizaciones por lograr su vivienda.


En el caso de Analco, es posible encontrar varias generaciones de nacidos en el barrio, lo cual se refleja en un tejido social más consolidado. Pero también el barrio resulta un lugar de tránsito, de elección y diversidad, hay quienes viven en casas familiares, propias y alquiladas y después del 92 otros habitan en casas nuevas y algunos predios cambiaron de dueño. Pero subsisten las redes sociales y la convivencia alrededor de la familia, los amigos y las buenas relaciones vecinales como parte de la cultura tradicional del barrio (simbolismo a posteriori), aunque ya no participen igual que antaño en acciones colectivas en pro de su barrio.


En el caso de Los colorines, la gente no nació en el barrio, pero buena parte lo vio nacer y participó en su diseño (simbolismo a priori), y eso crea vínculos fuertes de pertenencia que hace, al igual que Analco, que las personas no quieran marcharse del barrio, aunque pudieran.


Esa pertenencia se traduce en experiencia compartida y la convivencia como una prolongación de la casa, típica de los barrios populares como los aquí descritos. De ahí la mayor satisfacción y orgullo que muestran por residir en un lugar que les pertenece y en el que permanecen todo el tiempo que pueden.


En ambos barrios, pero por razones diferentes, en su experiencia reciente hay un alto grado de responsabilidad con respecto a los recursos ambientales. La tragedia de abril del 92 en Analco no solo fue una lección dolorosa para toda la ciudad sobre lo que pasa en el subsuelo, sino que propició una serie de cambios normativos que afectaron entre otros la conducta de los dueños de talleres en Analco, que antes solían tirar los residuos en el desagüe.


En Los colorines, el hecho de haber recibido sus pies de casa sin servicios y tenido que compartir mangueras para transportar el agua y solo a ciertas horas del día, los hace valorar en mucho los recursos ambientales.


Para ambos casos es posible hablar de una gran disponibilidad para involucrarse en prácticas sostenibles. De hecho, en Los colorines, a pesar de la falta de recursos materiales y de apoyo oficial, hay experiencias incipientes de reforestación, separación de los desechos urbanos, elaboración de composta, huertas caseras, calles empedradas, que como iniciativas resultan avanzadas en el contexto urbano.


El hecho de ser barrios populares los predispone para el ahorro, el reciclaje y demás prácticas sostenibles, porque resultan compatibles con su cultura cotidiana. Los barrios populares no son los grandes contaminadores, sino más bien las víctimas de un modelo económico que aprovecha la ausencia de una reglamentación ambiental operativa y justa.


No basta con educar a los más desfavorecidos en prácticas sostenibles, cuando lo principal es que la estructura económica de sus países va en dirección contraria por la imposición acelerada de la estructura económica global y la consecuente ausencia de equidad y redistribución en las relaciones internacionales, factores que resultan indispensables, y no por simple y obvia solidaridad, sino porque no hay otra vía para una auténtica sostenibilidad a futuro. De ahí la necesidad de invertir el análisis y la conveniencia de adoptar una perspectiva de ecologismo popular que haga viable el desarrollo sostenible urbano bajo las formas de autogestión social sostenible.

 

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