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Introducción
Este artículo revisa algunos aportes a la caracterización
de la identidad social y urbana, para luego relacionarla como
precondición a la posibilidad del desarrollo sostenible
en la ciudad. Discute de manera crítica el concepto de
sostenibilidad y sus implicaciones, lo cual forma parte de nuestro
trabajo en el proyecto de la red cis (descrito en artículo
de este dossier), a la que estamos integrados. Hacemos una referencia
descriptiva de algunos de los resultados preliminares en dos
barrios populares de Guadalajara (uno consolidado y otro reciente),
en los que se realizó el estudio exploratorio, y en los
que con anterioridad efectuamos varios estudios e intervenciones
iniciales (Jiménez, 1991; Jiménez, 1995), y al
final se establecen algunas relaciones y posibles conclusiones.
La identidad se hace urbana
El tema de la identidad remite a los otros desde diferentes niveles.
En los años 20, Cooley (1922), consciente de que la identidad
se construye en la interacción mutua con otras personas,
la describe como un self (sí mismo) especular, lo cual,
visto en términos de la ecología simbólica
de Hunter (1987), equivale a decir que la identidad a nivel comunitario
es construida en la interacción con los de fuera, para
constituir comunidades simbólicas. Todas las personas
participan de una red de relaciones sociales, ya sean espacialmente
próximas o distantes. Desde esa perspectiva colectiva,
las mismas elaboran una concepción de sí (self),
como estableció Mead (1934).
Las redes sociales tienen una función psicosocial al servir
como contexto para el desarrollo de una identidad personal, que
según Gans (1962), en el caso de los barrios, da a sus
habitantes un sentido básico de pertenencia a una comunidad,
con la que comparten una concepción similar del mundo,
actitudes y valores a través de la participación
en la red social del barrio.
En la actualidad, la afirmación de que las relaciones
sociales son clave, tanto en el desarrollo de la identidad personal
como de la local, es aceptada en general. La identidad de lugar
puede ser vista de este modo, como parte de la identidad personal
(Proshansky, Fabián y Kaminoff, 1983). Esta identidad
de lugar de residencia existe sobre todo entre las personas y
no como una realidad geográfica, como lo plantea Anderson
(1975), con base en el concepto de Sweetzer (1941) del barrio
personal (citado por Lee, 1976), que se puede relacionar también
con el de Lee (1976) de esquema socioespacial (el barrio como
síntesis de una multiplicidad de interacciones sociales
y físicas).
Si retrocedemos de nuevo en el tiempo, Schütz, en el marco
de la fenomenología social, ya había planteado
que el lugar en el que vivimos no tiene un significado geográfico,
sino de hogar (como lo refiere Lalli, 1992), es decir, cumple
una función simbólica, lo cual supone que es preciso
distinguir entre "barrio físico" y "barrio
social" y que como lo postuló Gans (1962), un barrio
popular deteriorado en lo físico, no tiene porque tener
un bajo nivel psicosocial; en su caso de estudio, las viviendas
estaban cuidadas en su interior y del barrio se podía
decir que era un buen lugar para vivir. De ahí que Milgram
afirme en 1984, que la identidad personal está relacionada
con el marco social del barrio en que se vive, y parafraseando
a Halbwachs, dice que en la representación de la ciudad,
las piedras, las calles y la geografía encierran un significado
social.
Esta organización simbólica del espacio, convertida
en lugar por la interacción transformadora de las personas,
es lo que se denomina apropiación del espacio (Pol, 1994)
y marca el proceso de desarrollo de la identidad social urbana.
En el estudio de las identidades vecinales en México,
Safa (1998),
parte de que las identidades locales
son, ante todo, una construcción social que se crea y
recrea en la interacción, una experiencia de pertenencia
que no es ajena a la historia, al poder y a la cultura. La identidad
vecinal, como toda experiencia de identificación, se va
estructurando y transformando, es incierta, ambigua y heterogénea,
históricamente discontinua, inestable y equívoca,
dispuesta al cambio, en conflicto, temporal y fugaz (p. 58).
Con base en ello ha elaborado una definición
que incluye los elementos comunes a la discusión sobre
el tema, al decir que la identidad vecinal se refiere a "un
proceso de contraste y un sistema de relaciones que tienen como
referencia un territorio" (p. 58).
Resulta claro, por lo planteado hasta aquí, que el concepto
de identidad en el contexto urbano debe ser enfocado desde una
perspectiva procesual y abierta en el marco de la situación
social y cultural estudiada.
De acuerdo con lo anterior, el proyecto CIS (Ciudad, identidad
y sostenibilidad) parte de que cualquier ambiente urbano debe
ser considerado para su análisis, más como una
realidad social y simbólica, que como una mera realidad
física.
Al respecto, Valera y Pol (1994) consideran clave dos elementos
categoriales a nivel simbólico, de acuerdo con Turner
(1987): el nombre del barrio y los elementos prototípicos
que se configuran como espacios simbólicos urbanos. También
incluyen los eventos culturales y los elementos geográficos.
Las principales características de la identidad social
urbana, serían, según ellos: el sentido de pertenencia,
la abstracción categorial, las categorías sociourbanas
y su construcción, las dimensiones territoriales, psicosociales,
temporales, conductuales, sociales e ideológicas y su
interrelación, así como los elementos simbólicos
y urbanos.
La sostenibilidad vista desde abajo
El proyecto cis plantea que a mayor identidad social urbana,
mejores condiciones para promover el desarrollo sostenible. De
esta forma, vincula la identidad urbana con la sostenibilidad.
El concepto de desarrollo sostenible (proceso) y de sostenibilidad
(objetivo), tan en boga hoy, tanto en los discursos tecnoburocráticos
como en los académicos y ecologistas, resulta bastante
ambiguo.
En 1987, la Comisión de las Naciones Unidas para el Ambiente
y el Desarrollo, promovió la idea de desarrollo sostenible
a través del llamado informe Brundtland, que lo define
como aquel «que satisface las necesidades del presente
sin comprometer la posibilidad de que las generaciones futuras
satisfagan las suyas» (wcde, Our common future, p. 43),
lo cual requiere, según el mismo informe:
· un sistema político que asegure la participación
ciudadana en el proceso de decisiones;
· un sistema económico que pueda generar superávits
y conocimiento técnico sobre una base de sostenibilidad
y autosuficiencia;
· un sistema social que aporte soluciones a las tensiones
de un desarrollo desigual;
· un sistema de producción que respete la obligación
de preservar la base ecológica del desarrollo;
· un sistema tecnológico en búsqueda continua
de nuevas soluciones;
· un sistema internacional que impulse patrones sostenibles
de comercio y finanzas, y
· un sistema administrativo flexible y autocorrectivo.
En la actualidad podemos decir que los avances en esta dirección
son mínimos en una reducida parte de mundo y casi nulos
en la mayoría de los países.
A pesar de que se reconoce el carácter vago y poco operativo
del concepto de desarrollo sostenible, proceso cuyo fin es la
sostenibilidad, su importancia radica en que aparte de considerar
los derechos de los aún no nacidos, tiene un potencial
integrador de problemas antes analizados por separado, tales
como el cambio climático global, la sobrepoblación,
la deforestación, el efecto invernadero, la desertificación,
las necesidades básicas para la existencia humana, la
pobreza en el tercer mundo, el consumo per cápita y la
producción suntuaria en los países más industrializados.
Desafortunadamente existe una enorme brecha entre la retórica
política, que implica la coptación oficialista
del concepto, y una práctica ambigua y contradictoria
en un mundo desigual.
Dovers y Handmer (1993) han señalado esas contradicciones,
las cuales podemos ubicar de forma resumida así:
· La paradoja de la tecnología (causa/solución).
· Incertidumbre vs toma de decisiones.
· Equidad intra vs intergeneracional.
· Crecimiento económico vs límites ecológicos.
· Intereses colectivos vs intereses particulares.
· Diversidad política vs acción común.
· Resistencia al cambio vs adaptabilidad.
· Optimización vs sostenibilidad.
La globalización económica en el mundo de hoy,
debería ser un marco propicio para resolver las contradicciones
del desarrollo sostenible, pero no lo es, porque funciona como
una geografía de poder. La globalización es, como
lo explica Harvey (1997), desarrollo geográfico desigual.
Es un proceso de producción de desarrollo desigual temporal
y geográfico, que produce una diferenciación entre
los pobres siendo cada vez mas pobres y los ricos siendo cada
vez mas ricos. En América Latina, según el informe
BID98, el 5 por ciento más rico, recibe una cuarta
parte de todo el ingreso, mientras un 30 por ciento subsiste
con el 7 por ciento del total.
Es evidente que la degradación ecológica del sur
se explica en general por la división internacional del
trabajo y no por la pobreza en sí.
Al respecto son relevantes los aportes del economista de la ecología
Martínez Alier (1992) sobre la necesidad de adoptar un
ecologismo popular que parta de las desigualdades en el presente.
Por ello critica el informe Brundtland, cuya argumentación
sobre la capacidad de sostenibilidad parece caer en un intento
ideológico por parte de la ecotecnocracia internacional
de biologizar la desigualdad social.
El mensaje del informe Brundtland recomienda un crecimiento económico
del 3 por ciento anual en el sur, pero también en el norte
(para abrir campo a las exportaciones del sur). Señala
a la pobreza como causa de degradación ambiental, pero
deja de lado la cuestión clave de la equidad y la redistribución.
Martínez Alier pregunta si los movimientos sociales que
luchan contra la pobreza no deberían ser vistos como movimientos
ecológicos. Porque hay que diferenciar el crecimiento
económico como aumento del producto interno bruto (PIB),
del desarrollo económico como cambio de la economía,
pero sin aumentar el PIB.
Este tipo de desarrollo está relacionado con la producción
para la exportación, con ciclos de sobreproducción,
crisis de ventas y crisis en las propias condiciones de la producción,
por el agotamiento de suelos o el exceso de pesticidas (con negativos
efectos sobre el ambiente y la salud).
El énfasis del modelo económico actual es precisamente
sobre el aumento de tales exportaciones, mientras se sacrifica
la producción local de cereales y leguminosas básicas
para la alimentación. Como dice Martínez Alier,
se podría hacer la historia ecológica de Latinoamérica
con la historia de estas exportaciones, una historia de dependencia
ecológica y no de degradación por exceso de población.
Mas bien, la degradación se debe a la sustitución
de sistemas tradicionales ecológicamente sostenibles (que
formaban parte de la tradición local), por la penetración
de nuevas tecnologías de producción agrícola.
En síntesis, la degradación ecológica del
sur es consecuencia de la división internacional del trabajo
y no de la pobreza como tal. La riqueza representa una mayor
amenaza para el ambiente, como es fácil deducir de los
estragos del modelo económico dominante.
En un contexto urbano, ello supone que los ingresos y la riqueza
desiguales llevan a la pobreza y ahí sí, la pobreza
a la degradación ambiental. Pero en todo caso, los pobres
producen menos desechos y por su experiencia son más susceptibles
a prácticas sostenibles. Los expertos en sanidad saben
que producen menos aguas sucias y desechos sólidos y que
sus desechos resultan más convenientes como abono.
El que los entornos urbanos pobres sean más "ruidosos"
y contaminados, se debe a un menor presupuesto para su mantenimiento
y protección y no a una mayor producción de desechos.
Por ello lo importante es la redistribución y el crecimiento
y no el simple desarrollo. Si de verdad se quieren asegurar las
demandas de las generaciones futuras, habría que contrarrestar
la deuda externa del sur, con la deuda ecológica que los
países ricos deben a los pobres por las emisiones de CO2 y la
recolección gratuita de recursos genéricos y destrucción
de la biodiversidad.
Como lo explica Martínez Alier, no podemos confiar en
el crecimiento económico como solución, tanto para
los problemas ambientales como para resolver la desigualdad,
porque el crecimiento económico es insostenible desde
un punto de vista ecológico. Por eso es que propone que
los obstáculos distributivos se deben superar más
por la redistribución que por el crecimiento.
De lo que deberíamos hablar en consonancia con una visión
crítica y equitativa, es de autogestión social
sostenible, lo cual resulta compatible con la redefinición
de sostenibilidad formulada por el proyecto cis para los sistemas
urbanos, que entiende la sostenibilidad en el ámbito urbano
como "la compatibilidad entre una dinámica social,
económica y cultural y los recursos ambientales, tanto
en el presente como en el futuro" (Red CIS,1996).
Es en este contexto que se puede hablar
de sostenibilidad al referirse a barrios populares, como los
que aquí nos interesan.
Relato de algunos resultados
A continuación algunos de los resultados preliminares
obtenidos en dos barrios populares en los que se efectuó
el estudio exploratorio del proyecto cis en la ciudad de Guadalajara:
Analco y Los colorines.
Analco corresponde al tipo de asentamiento urbano ya consolidado,
con una identidad social y de lugar establecida y reconocida
por el resto de la comunidad. Es un barrio tradicional. En sus
orígenes fue un pueblo de indios. Poco a poco el crecimiento
urbano de Guadalajara lo absorbió, hasta convertirlo en
un barrio más del centro de la ciudad.
El barrio Los colorines corresponde al tipo de asentamientos
nuevos, recientes o en proceso de creación, planificados
con un bajo nivel de ejecución. Se origina a partir de
la lucha de una unión de solicitantes de vivienda que
propició la urbanización y la construcción
de viviendas en una zona de asentamientos irregulares en las
faldas del llamado cerro del Cuatro.
En los dos barrios estudiados, la población no tiene un
referente espacial común bien delimitado, ya que los límites
del barrio están poco claros para la mayoría de
sus habitantes.
En el caso de Analco se observa una tendencia más alta
a la identificación de los límites, aún
cuando la zona geográfica es de mayores dimensiones. El
nombre del barrio está bien identificado por casi la totalidad
de los vecinos de ambas zonas.
En lo que respecta a los hechos considerados como relevantes
para la historia del barrio, en Los colorines destacan la dotación
de servicios públicos y las acciones y logros de los vecinos;
para los de Analco, las explosiones del 22 de abril de 1992 y
el carácter histórico del barrio.
Respecto a los espacios simbólicos, en el caso de Los
colorines, sobresalen las edificaciones de la unidad administrativa
y el módulo de seguridad pública, lugares que concentran
servicios públicos. En Analco destacan sus dos templos
(San José de Analco y San Sebastián de Analco),
junto con sus jardines, lugares que propician la convivencia
social. En ambos casos, los principales espacios simbólicos
señalados por la población, son los sitios más
frecuentados por los vecinos y donde desarrollan prácticas
sociales cotidianas. En el barrio de Analco, además de
los templos y sus jardines o zonas verdes, el mercado representa
otro referente espacial de importancia.
Con relación al grado de participación social,
casi la mitad de la población encuestada en Los colorines
declara haber participado en acciones sociales sobre temas urbanísticos
y/o de servicios, solución de problemas barriales de forma
colectiva y cree que la sociedad actual es participativa. Por
el contrario, en Analco una parte importante de los habitantes
evaluados dice que no ha participado en acciones sociales, y
afirman que los problemas de barrio los resuelven de manera particular
y creen que la sociedad actual es individualista.
En ambas zonas, la mayoría considera que la gente de su
barrio es parecida o muy parecida en cuanto a origen, cultura,
estatus, etcétera.
Respecto a los grupos de población con los que por lo
regular se relacionan los habitantes de ambos barrios, la tendencia
es hacia la familia, los amigos y los vecinos.
La mayoría considera las relaciones vecinales como cercanas
o muy cercanas. En el caso de Los colorines, más de la
mitad de los vecinos presentan un alto sentido de pertenencia
al barrio, con el cual hay un nivel de satisfacción alto.
Casi la totalidad de los vecinos de Analco muestran un máximo
sentido de pertenencia al barrio y un nivel alto de satisfacción
con el mismo. La mayoría en ambas zonas considera satisfactorio
vivir en su barrio. Entre las razones que aducen para vivir en
sus respectivos barrios, destacan (Los colorines) el ser más
barato, que les gusta y que ahí vive gente conocida; que
nacieron (Analco) en el mismo o que siempre han vivido en él,
seguida del sentimiento de agrado por el barrio y el hecho de
convivir con conocidos. En ambas zonas los vecinos desean continuar
residiendo en su barrio.
Las expectativas de la población sobre sus respectivas
zonas de residencia, son opuestas. En Los colorines creen que
sus condiciones urbanas mejorarán; en Analco piensan que
continuarán igual o aumentarán la degradación
física y los problemas sociales. En Los colorines existe
una correspondencia entre expectativas y los deseos de los vecinos
para con su barrio: desean mayor prosperidad, tranquilidad y
seguridad. En Analco solo mantienen la expectativa de que siga
igual. Una parte de los vecinos aspira a que sea mejor, más
tranquilo y seguro, lo que contrasta con sus opiniones de que
se verá degradado y habrá mayores problemas sociales.
Los habitantes de ambas zonas de estudio desarrollan su vida
cotidiana en sus respectivos barrios, en los que pasan mucho
tiempo, tanto durante la semana como en los fines de ésta.
La familia, los amigos y los vecinos son los ejes que estructuran
su vida social.
Respecto al grado de conocimiento, conductas y actitudes de la
población con relación a diferentes aspectos que
tienen que ver con la calidad del medio ambiente de sus barrios,
los vecinos de ambas zonas consideran que en su respectivo barrio
hacen un uso adecuado de los recursos naturales disponibles.
Creen que la basura que producen es separada y reciclada, aunque
desconocen qué hacen en realidad con ella. Están
de acuerdo en que es un problema social originado por los hábitos
de la población, que tiene efectos graves sobre el medio
ambiente y que se puede evitar. Acerca de este último
aspecto, hay diferencias de valoración en cada zona. En
Los colorines consideran que el problema tiene solución.
En Analco, por el contrario, lo creen inevitable. Respecto a
la valoración del agua como recurso, la tendencia de la
población en ambos barrios es a considerarla como agotable,
colectiva y escasa. En Los colorines más de la mitad de
los habitantes la creen no reciclable. En Analco, al revés,
ya que ese mismo porcentaje la visualiza como un recurso reciclable.
En ambos barrios, a la hora de comprar productos no toman en
cuenta aspectos ecológicos, como el bajo consumo de energía
o que tengan poco embalaje, solo consideran que se puedan reutilizar.
Mezcla de ingredientes
En este estudio se confirma que en el caso de los dos barrios
populares analizados, una identidad social y de lugar bien definidas,
facilita el anclaje de hábitos y prácticas sostenibles,
y que la sostenibilidad supone la compatibilidad entre la dinámica
socioeconómica y cultural y la relación con los
recursos naturales, tal como se plantea en los presupuestos del
proyecto. Ello se explica por el hecho de ser barrios populares,
en el sentido planteado por Martínez-Alier, cuando afirma
que los pobres producen menos desechos y son más proclives
al desarrollo de prácticas sostenibles. Las diferencias
en lo que respecta al anclaje de prácticas sostenibles,
se relacionan con el tamaño de los dos barrios. El de
escala más reducida, es Los colorines, y muestra mayor
desarrollo acerca de este nivel. Hay que decir que el hecho de
ser un asentamiento de reciente creación, con una población
más joven, lo hace más sensible a un discurso como
el de la sostenibilidad, también de reciente aparición.
Otro rasgo de Los Colorines es que la identidad social fue previa
a la construcción del barrio, porque la población
analizada proviene de un movimiento urbano de solicitantes de
vivienda, mientras que en Analco la ubicación del asentamiento,
su historia y estructura le dan la identidad. Otra diferencia
consiste en que Los colorines, a pesar de su origen, es un barrio
construido con base en un proyecto de diseño urbano de
carácter participativo, elaborado por el Taller de arquitectura
popular. Mientras que Analco creció en sus inicios de
forma espontánea en las afueras de la ciudad, aunque ahora
forma parte de la zona centro de la misma.
Importa señalar, como lo plantea Safa, que la identidad
social urbana es históricamente discontinua, inestable
y heterogénea, por lo que conviene verla como un proceso
de contraste, en lugar de asumirla como algo definitivo.
Se pudo establecer la importancia de los elementos categoriales
a nivel del espacio simbólico planteados por Turner. En
las dos zonas de estudio la identidad de lugar es una categoría
social más que geográfica, puesto que si bien las
personas están seguras sobre el nombre del barrio (primer
elemento categorial), no sucede lo mismo con sus límites,
lo cual es coherente con los conceptos citados al inicio sobre
el proceso de identidad.
El que la gente de ambos barrios se perciba como parecida, puede
verse como producto de una interacción cotidiana que contribuye
a la construcción de una identidad barrial y un self
especular como el que describe Cooley, así como constituirse
en una comunidad simbólica ante la gente de fuera (en
especial en Analco), como lo plantea Hunter.
Con respecto al segundo elemento categorial, el de los aspectos
prototípicos, se presenta una situación diferente,
evidenciada por la antigüedad del barrio de Analco alrededor
de tres sitios clásicos en el surgimiento de los barrios:
los templos, las plazas y el mercado, que son identificados como
los sitios más frecuentados y prototípicos.
En el caso de Los colorines, aparece un elemento urbanístico
típico de la planificación urbana: la llamada unidad
vecinal, que está representada por la unidad administrativa
y el módulo de seguridad, que son logros en el desarrollo
del barrio y en el proceso de concertación con las autoridades.
En lo que respecta a los acontecimientos importantes de este
barrio, los vecinos citan precisamente la dotación de
servicios públicos.
En Analco el carácter histórico del barrio queda
un poco de lado por la reciente tragedia de las explosiones del
22 de abril de 1992. Así podemos explicar porqué
en Analco la participación social aparece situacionalmente
como baja. Después del 92 y por varios años la
movilización colectiva fue muy fuerte y desgastante por
la continua confrontación con el poder político,
lo cual confirma, según lo establecido en la investigación
tradicional, que la identidad vecinal no es permanente y que
aumenta en las situaciones de emergencia o necesidad compartida.
Analco es ahora heterogéneo en
lo social y geográficamente extenso. En Los colorines,
la participación fue alta y constante mientras constituyeron
un movimiento de solicitantes de vivienda. Luego disminuyó
por las frustraciones de la entrega de sus pies de casa sin servicios,
aunque se mantiene la participación alrededor de logros
secuenciales, el último de los cuales consistió
en la obtención de las escrituras de sus casas. Es, además,
un espacio de menores dimensiones, más recorrible a pie
al andar por sus calles y cuyo núcleo central se conoce
y reconoce como parte de un proyecto aún en construcción
y desarrollo, en el que se mantiene cierto espíritu de
lucha y recuerdan con entusiasmo las movilizaciones por lograr
su vivienda.
En el caso de Analco, es posible encontrar varias generaciones
de nacidos en el barrio, lo cual se refleja en un tejido social
más consolidado. Pero también el barrio resulta
un lugar de tránsito, de elección y diversidad,
hay quienes viven en casas familiares, propias y alquiladas y
después del 92 otros habitan en casas nuevas y algunos
predios cambiaron de dueño. Pero subsisten las redes sociales
y la convivencia alrededor de la familia, los amigos y las buenas
relaciones vecinales como parte de la cultura tradicional del
barrio (simbolismo a posteriori), aunque ya no participen igual
que antaño en acciones colectivas en pro de su barrio.
En el caso de Los colorines, la gente no nació en el barrio,
pero buena parte lo vio nacer y participó en su diseño
(simbolismo a priori), y eso crea vínculos fuertes de
pertenencia que hace, al igual que Analco, que las personas no
quieran marcharse del barrio, aunque pudieran.
Esa pertenencia se traduce en experiencia compartida y la convivencia
como una prolongación de la casa, típica de los
barrios populares como los aquí descritos. De ahí
la mayor satisfacción y orgullo que muestran por residir
en un lugar que les pertenece y en el que permanecen todo el
tiempo que pueden.
En ambos barrios, pero por razones diferentes, en su experiencia
reciente hay un alto grado de responsabilidad con respecto a
los recursos ambientales. La tragedia de abril del 92 en Analco
no solo fue una lección dolorosa para toda la ciudad sobre
lo que pasa en el subsuelo, sino que propició una serie
de cambios normativos que afectaron entre otros la conducta de
los dueños de talleres en Analco, que antes solían
tirar los residuos en el desagüe.
En Los colorines, el hecho de haber recibido sus pies de casa
sin servicios y tenido que compartir mangueras para transportar
el agua y solo a ciertas horas del día, los hace valorar
en mucho los recursos ambientales.
Para ambos casos es posible hablar de una gran disponibilidad
para involucrarse en prácticas sostenibles. De hecho,
en Los colorines, a pesar de la falta de recursos materiales
y de apoyo oficial, hay experiencias incipientes de reforestación,
separación de los desechos urbanos, elaboración
de composta, huertas caseras, calles empedradas, que como iniciativas
resultan avanzadas en el contexto urbano.
El hecho de ser barrios populares los predispone para el ahorro,
el reciclaje y demás prácticas sostenibles, porque
resultan compatibles con su cultura cotidiana. Los barrios populares
no son los grandes contaminadores, sino más bien las víctimas
de un modelo económico que aprovecha la ausencia de una
reglamentación ambiental operativa y justa.
No basta con educar a los más desfavorecidos en prácticas
sostenibles, cuando lo principal es que la estructura económica
de sus países va en dirección contraria por la
imposición acelerada de la estructura económica
global y la consecuente ausencia de equidad y redistribución
en las relaciones internacionales, factores que resultan indispensables,
y no por simple y obvia solidaridad, sino porque no hay otra
vía para una auténtica sostenibilidad a futuro.
De ahí la necesidad de invertir el análisis y la
conveniencia de adoptar una perspectiva de ecologismo popular
que haga viable el desarrollo sostenible urbano bajo las formas
de autogestión social sostenible.
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