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Globalización y convergencia: retos para las industrias culturales latinoamericanas
Enrique E. Sánchez Ruiz Profesor-investigador del Departamento de Estudios sobre la Comunicación Social, Universidad de Guadalajara |
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Un punto de vista histórico-estructural La noción de "globalización" es ya patrimonio del sentido común. Sin embargo, no parece que se haya convenido en un sentido consensual, más o menos claro, de tal forma que se pueda ya considerar como un concepto relativamente riguroso, de uso común en las ciencias sociales (Ianni 1996; García Canclini 1999). En todo caso, es necesario diferenciar entre los sentidos que tienen una mayor carga ideológica (desde los que encuentran en la "globalización" la fuente de todos los males, hasta la de quienes la identifican con todas las "bondades del mercado"), de un uso un poco más descriptivo, que la designaría como el estadio actual de desenvolvimiento del capitalismo (Saxe-Fernández 1999). Así, se han propuesto diferenciaciones entre, por ejemplo, "globalización", en el sentido recién enunciado, y "globalismo", como el término apologético por excelencia del capitalismo actual (Beck 1998). Del último, para acentuar el uso más ideológico, se propone a su vez una noción de "globalismo pop", o "versión pop del globalismo" (Saxe-Fernández 1999). O simplemente, se intenta reconstruir diferentes versiones de la "globalización imaginada" (García Canclini 1999).1 La globalización como nuevo orden mundial no es la causa de todos los males de la humanidad (aunque se pueda señalar un sinfín de problemas que produce el dejar las economías a la merced solamente de las fuerzas del mercado), ni tampoco origen de todos los adelantos y logros humanos contemporáneos. Sin embargo, personalmente considero que, en la medida en que aún no logramos llegar al "fin de la historia", ni al reino de Utopía, los enfoques de ciencias sociales a este tipo de problemas deben seguir siendo de naturaleza crítica, comprometidos con el cambio histórico liberador (Sánchez Ruiz 1992). Sólo así logrará el ser humano su total realización como tal, en un entorno natural que no sea destruido por la "mano invisible" (pero ciega e insensible) de "las fuerzas del mercado". Es necesario, por otro lado, desbrozar poco a poco los nuevos rasgos del mundo contemporáneo, que implican la globalización como verdadera novedad histórica, y hacen de lado modas, mitos y "la fetichización del fenómeno" (Bolaño 1995), así como diferencian lo en verdad novedoso de lo que viene de largos procesos históricos previos.2 Se le refiere como una noción fetichizada, en especial en cuanto componente principal de la "ideología neoliberal", la cual propone que los países en desarrollo deben "insertarse a toda prisa precisamente a la manera neoliberal (con apertura comercial a ultranza, liberalización de la inversión extranjera y retiro del Estado de sus funciones económicas como inversionista, regulador, planificador y promotor del crecimiento económico y el bienestar social), so pena de quedar al margen del progreso y del pasaje al primer mundo" (Calva 1995a: 13). Lo que interesa recalcar desde aquí es que, si bien la globalización puede considerarse descriptivamente como un proceso real, actual y casi "inexorable", es función todavía de los estados-nación decidir (dentro de determinados límites histórico-estructurales) las maneras en que se articulan al proceso histórico más amplio en lo económico, lo político y en lo cultural (Saxe-Fernández 1999). El devenir histórico es multidimensional y abierto, no lineal y predeterminado. Hay múltiples formas en que la historia puede desenvolverse (Castells 1999a). A pesar de su carta de naturalización en el discurso cotidiano, la globalización para muchos sigue siendo una novedad, aunque hay quienes sostenemos que el proceso que culmina en este planeta altamente interconectado e interdependiente, no comenzó hace poco, sino que, de hecho, ha ido acompañando la expansión de la "civilización occidental" o, con mayor precisión, la del sistema capitalista mundial (Sánchez Ruiz 1996a). La investigadora estadounidense de medios, Marjorie Ferguson, opina igual:
Así, la llamada globalización se debe pensar, en cuanto fase actual de desarrollo del capitalismo, desde una perspectiva de "larga duración" en el sentido de Braudel (1984): la inserción y articulación asimétrica de América Latina al sistema mundial no habría comenzado entonces con la televisión, las "nuevas tecnologías de comunicación" o la Internet (Ferrer 1999). El fin del "largo siglo xvi", en palabras de Immanuel Wallerstein (1976), a partir de la expansión del capitalismo comercial, prefiguró (y configuró) históricamente lo que ahora se conoce como el "moderno sistema mundial". Desde este punto de vista de largo plazo, entonces, el proceso globalizador, cuyo motor principal ha sido la internacionalización del capital (Pallois 1977a; 1977b), pero que no se agota en los factores económicos, ha sido lento aunque en una constante aceleración de los movimientos históricos. En todo caso, se puede pensar en grandes fases del proceso de expansión capitalista: al irse inventando las naciones, desde el tiempo de la emergencia del capitalismo mercantil, las grandes navegaciones transoceánicas y las conquistas coloniales a partir de la Europa del siglo xvi, con el colonialismo ocurre la internacionalización del capitalismo (Braudel 1991). Ya en el siglo xx, al final de la llamada "fase imperialista" (Ianni 1974; Brewer 1980) se configura la etapa de la transnacionalización, cuyo motor principal lo constituyen las grandes empresas llamadas transnacionales, que "jalan" y orientan los movimientos del capital, así como influyen en las relaciones entre estados nacionales (Sunkel y Fuenzalida 1979). Ahora no se trata solamente del comercio internacional, sino también de los grandes flujos de inversión extranjera directa e indirecta y la mundialización de los procesos productivos mismos. También surgen los desarrollos científicos y tecnológicos, que llevarán a la génesis del "paradigma informacional", según le llama Manuel Castells (1999a), que está en la base de la actual "sociedad red". La movilidad tanto de capitales como de mercancías, y la ubicuidad que permiten a unos cuantos la tecnología de información y las telecomunicaciones, desembocan en la gran interconectividad e interdependencia asimétricas que caracterizan al proceso ya propiamente de globalización. El acelerado proceso histórico de las décadas más recientes ha significado, de modo necesario, la redefinición, no desaparición, del Estado, así como de la noción de soberanía nacional, ante el surgimiento de nuevos actores multinacionales, transnacionales e internacionales en el panorama geopolítico mundial (Ianni 1999). Los acomodos y reacomodos económicos y políticos desde la segunda posguerra hasta el final del siglo xx a su vez han redefinido la hegemonía mundial, con el advenimiento finisecular de un mundo "unipolar" desde ciertas lógicas políticas y militares, y multipolar desde una perspectiva principalmente económica. Se han intensificado los intercambios desiguales en lo económica, lo político y lo cultural, al tiempo en que por el predominio ideológico mundial del llamado "neoliberalismo" se han mercantilizado de hecho todas las esferas de la vida social en el mundo entero. En términos culturales, la constitución del "moderno sistema mundial" ha significado la "occidentalización" de culturas y civilizaciones, algunas veces mediante la conquista armada, en otras por influencia e imitación, la mayoría de las ocasiones con la mediación de la dominación económica.3 Pero las culturas continentales, regionales y nacionales siempre han resistido o por lo menos han sido siempre creativas, así que en todo el mundo, en diferentes momentos históricos, han surgido y se han desarrollado "nuevas" versiones, híbridas o "mestizadas", de las diversas formas dominantes que ha adoptado la "civilización occidental" (García Canclini 1989). Ésta, a su vez ubicada en diferentes momentos en diversos "centros históricos de irradiación" (centros hegemónicos), ha sido influida, modificada y enriquecida por otras culturas y civilizaciones, de tal manera que no hablamos de un "monolito", puro e intocado en su esencialidad, que se imponga históricamente en forma total, y borre en definitiva lo que existía antes, a pesar de su dominación en última instancia.4 Este siglo, entonces, ha presenciado la aceleración del tiempo histórico, en términos de la internacionalización-transnacionalización-globalización de economías, políticas y culturas,5 en especial ante el surgimiento y desarrollo de las grandes corporaciones transnacionales, que no conocen más fronteras que las de la rentabilidad a escala global, y mediante la emergencia de la "tercera" revolución tecnológico-industrial (Sunkel y Fuenzalida 1979; Lacroix y Tremblay 1997; Castells 1999a). Todo este largo proceso histórico ha traído cambios en la división internacional del trabajo. Ha consistido en la paulatina articulación e interdependencia (desigual) de los estados nacionales al moderno sistema capitalista mundial. Desde el punto de vista económico, por globalización entendemos el proceso contemporáneo de cada vez mayor y más acelerada articulación e interdependencia (asimétrica) entre sistemas económicos de los múltiples países y regiones del mundo, a partir de la intensificación de las articulaciones funcionales, en diversos territorios, entre las fases del circuito del capital, a lo largo y ancho del espacio mundial.6 Es decir, que cualquiera de los aspectos siguientes del ciclo del capital puede ocurrir en, o desde, una diferente unidad nacional (o en varias a la vez): el financiamiento; la compra de insumos, materias primas y fuerza de trabajo; el proceso de producción; la distribución y el consumo "realización" del valor excedente generado y consiguiente reinversión, o conversión a nuevo capital financiero. Aclaremos que nos referimos a articulaciones y entrecruces de economías enteras. Es decir, que desde nuestra perspectiva la "globalización" es la configuración de la economía-mundo "global". Son naciones las que articulan sus economías a tal orden global, aunque suceda esto con frecuencia de manera desigual al interior de sus respectivas regiones. En el caso de las corporaciones llamadas "globales", más estrictamente nos podríamos seguir refiriendo a ellas como "corporaciones transnacionales", pues siguen operando con base en y a través de los espacios nacionales. Así, se puede decir que una empresa se internacionaliza cuando comienza a expanderse fuera de su país de origen mediante las exportaciones o la inversión extranjera;7 ésta se transnacionaliza al operar preferentemente ya no desde su propio espacio nacional, sino en diversos países a la vez (lo cual se complementa mediante las asociaciones y alianzas estratégicas, o con las grandes fusiones y adquisiciones, entre empresas y consorcios de varios países); y por último, estas formas de operar constituyen el proceso de globalización, como la configuración de la economía-mundo "global" (Sánchez Ruiz 1998a). Las evidencias de la intensificación de todo tipo de conexiones económicas (comercio internacional, flujos de inversión extranjera directa e indirecta, etcétera) no son sino indicadores, válidos pero parciales, de la llamada globalización como nuevo orden planetario, o etapa actual del sistema capitalista. Este proceso, en principio económico, está acompañado de nuevas configuraciones políticas del mapa mundial, que redefinen los papeles de los actores nacionales (estados, gobiernos, empresas, clases y movimientos sociales) y extranacionales (viejos y nuevos organismos internacionales, empresas transnacionales, organizaciones no gubernamentales, etcétera) en el escenario mundial. Los mayores y más acelerados (aunque también desiguales) contactos entre las múltiples culturas que pueblan el planeta, constituyen otro rasgo fundamental del "nuevo mapa del mundo" (Scarlato 1994).8 Néstor García Canclini ilustra algunos aspectos del entrecruce entre economía y cultura en la "mundialización", con estos ejemplos:
Esta descripción se puede tomar como una especie de "tipo ideal" en lo que de exageración tiene, pues por ejemplo no todas las películas de Hollywood o de ningún lado tienen todavía tanta mezcla multinacional como la descrita, aunque ésta sea una tendencia contemporánea, que se actualiza en algunos casos. Por otra parte, el autor parece presentar en el párrafo citado un proceso de "igualación", donde ya todos en cualquier lado tenemos acceso al consumo "democrático" de tales maravillas de la integración económico-cultural mundial. Sin embargo, el mismo investigador ha comentado en otro lugar que "pese a la diversidad e intensidad de procesos de globalización, ésta no implica la unificación indiferenciada ni la puesta en relación simultánea de todas las sociedades entre sí. Los países acceden de manera desigual y conflictiva a los mercados económicos y simbólicos internacionales" (García Canclini 1996: 17). Entonces, la globalización en rigor no implica el contacto y la articulación horizontal e igualitaria de "todos con todos".10 Como lo mencionamos antes, el proceso expansivo del sistema capitalista mundial y de la "civilización occidental", hasta ahora, nunca ha podido prescindir de hegemonías y desigualdades mundiales y regionales. Hoy estamos presenciando la constitución de grandes bloques económico-políticos, que se articulan (de manera asimétrica) a su vez al sistema mundial (González Casanova y Saxe-Fernández 1994). Paradójicamente, la "globalización" está tomando la forma de un proceso de regionalización de la economía política mundial, a partir de acuerdos de libre comercio y de integración, como el Mercosur, el tlcan o Maastritch (Calva 1995b; Oman 1994). Pero en el devenir histórico hay diversos órdenes de sucesos, es decir, diferentes planos o niveles en los que ocurre la acción social, todos interrelacionados y que pueden ejercer múltiples influencias mutuas. Aunque desde una lógica histórico-estructural se supone que existe una relativa mayor eficacia en términos de restricciones de los órdenes estructurales e institucionales sobre los de naturaleza más microsocial o individual, son posibles los procesos de cambio en los que actores individuales o colectivos pueden afectar y modificar instituciones y estructuras sociales más amplias que los "determinaban" (Sánchez Ruiz 1992). Así, hoy en día todos los analistas sociales aceptan alguna forma de "agencia", como la que propone Anthony Giddens (1984), en la que lo local interactúa con lo regional, lo nacional y lo "global", estructurando activamente aquellas grandes estructuras que a la vez condicionan las acciones colectivas e individuales (Sánchez Ruiz 1992). Por ejemplo, Castells (1999b) atribuye una importancia central a "la identidad", ubicada en los niveles más cercanos a los individuos, en la conformación de la "sociedad red", base fundamental de la globalización actual. De hecho, la constitución del orden sociohistórico moderno obedece a una compleja dialéctica entre lo global y los otros órdenes, tanto como entre las diversas dimensiones de lo social (economía, política, cultura, tecnología, etcétera). Desde un punto de vista histórico-estructural, entonces, grandes procesos sociohistóricos como la globalización deben entenderse complejamente, como la convergencia multicausal de diversas dimensiones mediadoras: por ejemplo, lo económico, lo político, lo cultural, lo tecnológico, lo institucional, etcétera, dependiendo del objeto concreto que uno construye a partir de un plano de observación, como parte de un proceso específico a estudiar (Sánchez Ruiz 1992). Hoy ya no hay la menor duda: todo es multicausado y por lo tanto nada se puede explicar y comprender desde un solo factor o un solo punto de vista. El sector audiovisual de la industria cultural (cine, televisión y video) se ha constituido en un baluarte contemporáneo del acelerado proceso de "mundialización" cultural, aunque es importante recordar que en los ámbitos microsociales, locales y comunitarios, las dinámicas culturales continúan vivas, en todo caso "mestizándose", o hibridándose, con lo que les viene de las industrias culturales globales y de sus propuestas identitarias (Mowlana 1996; Sinclair et al. 1996; Jacka 1992). Así, en la globalización y las regionalizaciones es posible observar grandes tendencias hacia una "convergencia" en lo económico, lo político y lo cultural (Inglehart et al. 1994);11 o procesos de reforzamiento de "lo local", aun en condiciones de alta migración internacional, por ejemplo de las etnias indígenas mexicanas (Gendreau y Giménez 1998); o de relativo dominio por parte de una potencia, por ejemplo de Estados Unidos, en el audiovisual mexicano, a pesar de la presencia de los productos culturales mexicanos en otros mercados, incluyendo el estadounidense (Sánchez Ruiz 1996a); o, de hecho, se puede notar la coexistencia de todos estos procesos (la divergencia y reforzamiento de lo local, junto con la convergencia y el dominio por una o unas pocas potencias culturales). Sin embargo, a pesar de que ha habido cambios en los flujos mundiales de productos audiovisuales, y de que más países participan hoy en ellos, sigue existiendo un relativo dominio de Estados Unidos y otros pocos países en los mercados internacionales (incluyendo México en el área hispanohablante). Es decir, que aunque las audiencias tienen una tendencia a preferir lo más cercano culturalmente y lo que está en su propio idioma, aquellos países que tienen gran capacidad de producción y grandes aparatos mercadotécnicos, como Estados Unidos, continúan predominando en los flujos mundiales (Sinclair 1999; Sánchez y Hernández 2000; European Audiovisual Observatory 2000).
Las industrias culturales latinoamericanas en tiempos de la globalización De todo lo anterior nos damos cuenta de que no se puede entender a las industrias culturales sin ubicarlas en el contexto nacional e internacional en el que operan. El contexto contemporáneo es el de un mundo altamente interconectado e interdependiente, unipolar en ciertos aspectos y multipolar en otros. Es la globalización, etapa "triunfante" del capitalismo, después del derrumbe del llamado "socialismo real". Un indicador posible de la mayor interconexión e interdependencia actual entre las naciones lo constituyen los flujos de comercio exterior. En los últimos cincuenta años, la tendencia mundial general ha sido hacia la apertura de mercados. Entre 1950 y 1990, las exportaciones crecieron de ocho por ciento del producto mundial bruto a 27 por ciento. En 1997, el comercio internacional era catorce veces el nivel que tenía en 1950. Esta tendencia se ha acelerado en los últimos años con el surgimiento de acuerdos comerciales bilaterales y multilaterales, y bloques comerciales, como la Unión Europea, el tlcan (nafta), Mercosur, asean, entre otros. Los mercados de productos culturales también se han expandido: entre 1980 y 1998, el comercio de bienes y servicios culturales se ha multiplicado por cinco (Unesco 2000a). Pero los flujos de comercio internacional son desiguales. Por ejemplo, en 1994 los países desarrollados concentraban 69 por ciento de las exportaciones mundiales y 68 por ciento de las importaciones. El llamado Grupo de los Siete (Estados Unidos, Canadá, Francia, Inglaterra, Alemania, Japón e Italia) cubría 51 y 50 por ciento, respectivamente. América Latina y el Caribe participaban sólo de cuatro por ciento de las exportaciones mundiales y de cinco por ciento de las importaciones (Unesco 2000a). Ante la llamada globalización, de hecho, el contexto mundial ha devenido altamente desigual. Al contrario de lo que se clamó con una visión triunfalista, el mundo no ha llegado al "fin de la historia", ni entrado al "reino de utopía" después de la caída del muro de Berlín. Parecería ser que ahora la polarización es creciente entre países pobres y ricos. El Informe sobre el desarrollo humano de 1999 indica que dos tercios de la humanidad no se han beneficiado del nuevo modelo económico, basado en la expansión del comercio internacional y del desarrollo de nuevas tecnologías, y están excluidos de participar en la Sociedad de la Información (undp 1999). En el World Economic Outlook de 1997, el Fondo Monetario Internacional expresa:
La tendencia hacia la concentración es evidente. Los datos del Banco Mundial indican que los países calificados como de "alto ingreso" (aproximadamente dieciséis por ciento de la población del planeta), de 1980 a 1996 incrementaron su proporción del producto global bruto, de 73 a 80 por ciento. Solamente los países del Grupo de los Siete pasaron durante el mismo lapso de 61 a 66 por ciento del pgb (Beinstein 1999). Más adelante se describe cómo se presenta esta tendencia concentradora en términos de las grandes empresas y conglomerados transnacionales. Por otra parte, un informe del Sistema Económico Latinoamericano (Sela 1999) señala que en el hemisferio occidental la situación es sólo un poco menos dramática que en el ámbito mundial: hay dos países de economías muy avanzadas: Estados Unidos y Canadá, que en 1995 presentaban un pnb de us$26 890 y us$19 380, respectivamente. Y por otro lado, los países de América Latina y el Caribe, todos "en desarrollo", con un pnb per cápita promedio de us$3 320. Si se consideran los extremos, destaca que Estados Unidos tiene un pnb per cápita 108 veces superior al de Haití (us$250). Al interior de los países también se siguen presentando considerables desigualdades. Solamente un indicador sobre Latinoamérica: la Comisión Económica para América Latina de las Naciones Unidas (Cepal 1998) calculaba que en 1997 36 por ciento de los hogares latinoamericanos se encontraba bajo la línea de la pobreza (54 por ciento en las zonas rurales). El rango iba desde el Uruguay con sólo seis por ciento (otros países con una proporción baja: Costa Rica y Chile con 20 por ciento), hasta Honduras con 74 por ciento de su población bajo la línea de la pobreza, El Salvador con 48 por ciento, Bolivia con 47, México con 43.12 Pero incluso en el país líder de la economía capitalista mundial han crecido la pobreza y la desigualdad. De acuerdo con cifras oficiales, hacia 1977 existían en Estados Unidos 24.7 millones de pobres (11.6 por ciento de la población); para 1997, eran 35.5 millones los estadounidenses pobres (13.3 por ciento de la población). En 1974, cinco por ciento de los más ricos de la población norteamericana absorbían 16.5 por ciento del ingreso nacional, cifra que subió a 21.1 por ciento en 1994. Veinte por ciento de los más pobres descendió de 4.3 a 3.6 por ciento del ingreso (Bienstein 2000). La desigualdad mundial en riqueza y en el acceso de la población a los beneficios del progreso se refleja en inequidad en el desarrollo de las industrias culturales y en el acceso diferencial de los ciudadanos a estas fuentes de entretenimiento, información y educación. Así por ejemplo, una encuesta reciente de la Unesco (2000b) sobre las industrias cinematográficas nacionales muestra que la capacidad de producción cinematográfica tiene una alta correlación con el tamaño absoluto del mercado (la población), con diversos indicadores de desarrollo como el producto nacional bruto y la urbanización, así como con otras variables de medios, tanto en términos de posibilidades de producción como de recepción. Los grandes productores cinematográficos (más de doscientos filmes al año) registraban un índice de desarrollo humano promedio (idh elaborado por la onu) de 0.807; los medianos productores presentaban un promedio de 0.786 del mismo índice, mientras que los pequeños y nulos productores tenían 0.717 y 0.581 respectivamente. A pesar de que China (incluyendo Hong Kong), India y Filipinas se encuentran entre los mayores productores de filmes del mundo, Estados Unidos da cuenta de 85 por ciento del comercio mundial cinematográfico registrado en tal encuesta (idh elaborado por la onu). Según el Informe Mundial de Cultura de la Unesco (1999), en 1994 los países industrializados publicaban 297 periódicos diarios por cada mil personas, mientras que las naciones en desarrollo tiraban 43 (el promedio mundial era de 97 diarios por mil personas). Entre 1991 y 1994, según la misma fuente, los países industrializados publicaban 54 libros por cada 100 000 personas, por siete de los países en desarrollo (el promedio para Latinoamérica y el Caribe era de trece). Con respecto al acceso a las nuevas tecnologías, datos recientes de la ocde (2000) indican que en 1999 Canadá y Estados Unidos daban cuenta de 55.9 por ciento de los usuarios de Internet en el mundo. Europa casi una cuarta parte (23.5 por ciento). El área Asia-Pacífico, 16.7 por ciento. Latinoamérica contaba apenas con 2.6 por ciento de usuarios, en mejor posición que África (0.9 por ciento) o el Oriente Medio (0.4 por ciento). De un Inventario de medios de comunicación en América Latina que realizó Ciespal durante el decenio pasado, se desprende una alta concentración en el acceso a los medios, de acuerdo con los niveles de desarrollo de los países. Así, Brasil y México poseían más de la mitad de los periódicos y de las estaciones de radio y televisión del subcontinente (López Arjona 1993). Aclaremos que las asimetrías de las que hablamos se han producido históricamente, aunque haya coyunturas que las propician o inhiben mayormente. Por ejemplo, Octavio Getino (1998: 12) refiere cómo entre 1930 y 1990 "el conjunto de la región produjo unos 10 000 largometrajes. El 90 por ciento de dicha producción estuvo concentrado en tres países: México (46 por ciento), Brasil (24 por ciento y Argentina (19 por ciento)." La desigualdad en el desarrollo de las industrias culturales nacionales a su vez se refleja en los flujos e intercambios internacionales. Durante los últimos lustros, el comercio de productos culturales ha crecido exponencialmente. Entre 1980 y 1998, el valor anual del comercio de bienes culturales pasó de 95 340 millones de dólares a 387 927 millones de dólares (Unesco 2000a). Sin embargo, la mayor parte de esos intercambios ocurren entre un número pequeño de países: en 1990, Japón, Estados Unidos, Alemania e Inglaterra daban cuenta de 55.4 por ciento de las exportaciones mundiales. Francia, Estados Unidos, Alemania e Inglaterra importaban 47 por ciento del total mundial. En 1998, China se sumaba a los dos grupos recién descritos, y en cada caso, los llamados "nuevos cinco grandes" concentraban 53 por ciento de las exportaciones y 57 por ciento de las importaciones (Unesco 2000a). La Unesco (1999) calculaba para 1991 un volumen de comercio mundial en bienes culturales por 196 500 millones de dólares, de los cuales 80 por ciento correspondían a los países industrializados. El mundo en desarrollo participaba con 20 por ciento y Latinoamérica y el Caribe con solamente 2.5 por ciento del comercio cultural mundial. Seguimos corroborando, entonces, que la "globalización" ha ido integrando muy asimétricamente a las naciones del mundo. Un informe de la agencia francesa idate muestra claramente el proceso de concentración en el orden mundial que está ocurriendo en la industria audiovisual:
En un estudio sobre la industria audiovisual iberoamericana (Latinoamérica, más España y Portugal), se muestra que cinco empresas concentraban cerca de noventa por ciento de las exportaciones de cine, video y televisión: Televisa, Rede Globo, Venevisión, Radio Caracas tv y rtve. Las exportaciones de Televisa a su vez representaban casi cincuenta por ciento del total. No obstante, las ventas de programas al extranjero constituyen todavía un porcentaje pequeño de los ingresos de estas compañías (mr&c 1998). Aun así, el gigante mexicano de medios ha incrementado sus ventas al exterior en los últimos años. Por ejemplo, según los informes anuales de Televisa, sus ventas netas al extranjero evolucionaron, de 9.9 por ciento en 1993 a 17.6 por ciento en 1997. 75.3 por ciento del valor de sus exportaciones y 97 por ciento de sus importaciones en 1997 se originaron de Estados Unidos (Televisa 1998). La alta proporción de exportaciones a Estados Unidos se explica en virtud de la manera diferencial en que se establecen los precios de programas televisivos en el mercado internacional, en términos del "poder adquisitivo" de cada país. Por dar un ejemplo, en 1990 Centro y Sudamérica compraron 71 por ciento de las horas/programa que Televisa exportó, pero esto constituyó sólo 37 por ciento de los ingresos recibidos. Estados Unidos, por otra parte, recibió solamente nueve por ciento de las horas de programación y aportó 52 por ciento de los ingresos totales por ventas al exterior. A pesar de la imagen optimista que se ha creado de Latinoamérica, ya sea como autosuficiente en el plano audiovisual (especialmente con respecto a las telenovelas), o incluso como región exportadora neta, en realidad la región sigue siendo importadora neta. Según el estudio recién citado de Media Research & Consultancy-Spain, aun México, que concentraba 47 por ciento de las exportaciones de la industria audiovisual de Iberoamérica en 1997, es país deficitario: en 1996 se estima que tuvo un déficit de 158 millones de dólares y en 1997 de 106 millones de dólares (2 247 millones la región entera) (mr&c 1997; 1998). Partiendo de datos oficiales, yo calculé que para el mismo 1997 México habría presentado un déficit de 22.7 millones de dólares solamente en la balanza comercial televisiva (Sánchez Ruiz 2000). Aun el otro gran exportador de telenovelas, Brasil, es a la vez un gran importador, de hecho, el mayor importador audiovisual de Latinoamérica según el estudio antes referido (mr&c 1998). De las importaciones audiovisuales de Iberoamérica, 87 por ciento provenían de Estados Unidos; seis por ciento de otros países europeos y cinco por ciento de la propia región. Solamente de televisión, 95 por ciento de las señales importadas vía satélite (925 millones de dólares) y 77 por ciento de los programas (más de novecientos millones de dólares) provenían de Estados Unidos. Una alta proporción de las señales que se importan se transmiten por televisión de paga, que aún es relativamente minoritaria en América Latina. En el diagnóstico que realizó Ciespal se encontró que los intercambios entre países latinoamericanos eran menos intensos de lo que se solía suponer. Así, del total de horas de programación importada en los 16 países incluidos, 62 por ciento se originaban en Estados Unidos; de los propios países latinoamericanos provenían 30 por ciento, mientras que de Europa y Asia eran, respectivamente, 6 y 1.7 por ciento (Estrella 1993). Sin embargo, es claro que unos pocos países latinoamericanos están adquiriendo mayor capacidad de producción y exportación, como Brasil, México, Argentina, Venezuela y en menor medida Perú y Colombia. Si bien la tendencia en líneas generales en la televisión abierta es hacia la disminución de la programación importada de Estados Unidos, en la de paga, que se está expandiendo rápidamente entre los segmentos altos y medios del espectro socioeconómico latinoamericano, siguen siendo muy altas las importaciones: en Chile, en 1998, en la televisión abierta cerca de 40 por ciento de sus programas eran importados, mientras que por cable la proporción importada era de 73 por ciento. La mitad de ésta provenía de Estados Unidos (Consejo Nacional de Televisión 1999; Secretaría de Comunicación y Cultura 1999). Es ya casi un lugar común que el público latinoamericano tiende a preferir la programación local, usualmente los deportes (futbol, en la mayoría de los casos), telenovelas y noticieros. Pero un género que suele ocupar los primeros lugares en preferencias, junto con los anteriores, son las películas cinematográficas. Y de éstas, las que más abundan en la oferta en el mercado audiovisual global son las de Estados Unidos. Así, según datos publicados en un desplegado periodístico por Televisa, de los 100 programas más vistos en la televisión mexicana durante 1996, 46 fueron películas de Hollywood, transmitidas por el canal 5, que se especializa en programación extranjera infantil y juvenil (Siglo 21 1996). La expansión y diversificación de nuevas opciones audiovisuales (televisión digital, todas las modalidades de tv de paga, dvd, etcétera) que han sido posibles por la digitalización, está ya trayendo nuevas demandas de productos culturales audiovisuales. Los países latinoamericanos deben generar la capacidad para cubrir una parte importante de esa demanda al interior de cada uno, a fin de no tener que cubrirla principalmente en los mercados externos. Para que se genere tal competitividad externa, se necesita crear un ambiente competitivo interno. Pero la convergencia que se ha ido dando entre las tecnologías de información, las telecomunicaciones y los medios audiovisuales a su vez está trayendo consigo otro tipo de convergencia, en la forma de las grandes fusiones, adquisiciones y alianzas estratégicas entre corporaciones (por ejemplo, del lado del hardware las empresas de telecomunicaciones, con las de televisión, para ofrecer servicios de Internet, tv de cable, telefonía y entretenimiento televisivo, entre otras posibilidades, en el lado del software). La alta concentración en unas pocas empresas de la producción y puesta en circulación, junto con la disparidad en los flujos e intercambios internacionales de productos culturales, limitan la diversidad y pluralidad de las manifestaciones culturales que circulan. Por ejemplo, en Iberoamérica el estudio de las principales empresas de televisión abierta por nivel de ingresos muestra que las diez mayores concentran 70 por ciento del total de facturación del sector. Ya vimos que cinco firmas concentraban 90 por ciento de las exportaciones en 1997 (mr&c 1998).
Convergencia y concentración Las políticas necesarias Posiblemente cuando esto se esté leyendo, ya nuevos titulares periodísticos habrán opacado aquellos con los que abrió el año 2000: "Primera megafusión del 2000 crea gigante de 350 mil mdd. America Online firma acuerdo con Time Warner".13 Pocos días después, la misma Time Warner anuncia que se fusiona con la europea emi.14 Como indicamos, en el mundo se está observando una tendencia, en los últimos años, a la proliferación de las llamadas megafusiones, o de alianzas estratégicas entre grandes consorcios de medios y de servicios relacionados con el sector de la información y la telemática. Otra faceta de este movimiento se concreta en las adquisiciones de las empresas pequeñas pero rentables, por las grandes transnacionales mediáticas. Esta convergencia entre empresas de medios y de otros rubros relacionados como los satélites o los servicios de Internet, los ahora llamados "multimedia", etcétera, reflejan a su vez una convergencia de índole tecnológica, que tiene un centro de gravedad en la digitalización. Hoy ya no es ciencia ficción pensar en la posibilidad de recibir la señal de una película digital interactiva por Internet y grabarla en un cd o en un dvd, lo cual si se trata de música es más sencillo. Igual, los periódicos impresos están haciendo cada vez más uso del satélite para distribuirse e imprimirse en diversas ciudades más rápidamente, o en versión digital por la "red de redes", etcétera. Las combinaciones son muchas. Además de los usos referidos al almacenamiento y recuperación de información "dura", para toma de decisiones, estas tecnologías convergentes añaden amplias posibilidades de entretenimiento y educación. Así, de hablarse sobre "autopistas de información", de igual manera se les puede denominar "autopistas de la diversión" (Tremblay 1995); o, por qué no, autopistas de la educación. Se trata de la convergencia entre las telecomunicaciones, las industrias culturales y las tecnologías de información, es decir, la capacidad de diferentes plataformas de red para proveer esencialmente los mismos tipos de servicios, o la confluencia de dispositivos de consumo tales como el teléfono, la televisión y la computadora personal. Por ejemplo, operadores de telecomunicaciones como empresas telefónicas ofrecen ya programación audiovisual y acceso a Internet; los radiodifusores y televisores han proveído ya por algunos años servicios de transmisión de datos, que con la digitalización se espera que mejoren y se les añada la interactividad. Los operadores de cable surten ya también una serie de servicios de telecomunicaciones, incluyendo telefonía de voz y han comenzado a ofrecer servicios de Internet de mayor velocidad que los que se obtienen mediante el módem telefónico, además de su negocio tradicional del entretenimiento audiovisual (European Commission 1997). Estamos, pues, en el umbral de una nueva era, cuyo motor es la tecnología digital. En el caso de los medios electrónicos, ésta tendrá consecuencias muy importantes: el sistema analógico, caracterizado por la escasez de frecuencias, está siendo sustituido por un sistema nuevo en el que se puede disponer de cientos de emisoras de radio y televisión digitales. Aumenta la interactividad y los espectadores podrán solicitar e incluso organizar las programaciones que les interesen. Una sola empresa puede ofrecer al espectador-consumidor todo un conjunto de nuevos servicios, como las televentas, los servicios financieros, el correo electrónico, el acceso a Internet, etcétera. Asistiremos en los próximos años a una verdadera explosión de la oferta y la demanda de contenidos audiovisuales. Y ¿cómo se cubrirá la nueva demanda audiovisual que estas tecnologías generarán en nuestra región? México, por ejemplo, es un "país exportador", se dice que el más importante de habla hispana, de productos audiovisuales, específicamente de programas televisivos. Sin embargo, por la estructura oligopólica que ha caracterizado tanto a la televisión como crecientemente al cine mexicanos, en realidad este país no cuenta con un sector audiovisual propiamente, sino con una empresa que es productora importante, tanto de televisión como de cine, pero que me temo no será suficiente para cubrir las necesidades ampliadas de producción, distribución y consumo culturales en el espacio audiovisual del nuevo milenio. El sector de producción audiovisual se encuentra ya altamente concentrado y, sin embargo, a partir de la convergencia tecnológica puede ser que, si no se ejercen políticas adecuadas que propicien la competencia, ocurra un proceso de mayor concentración. Por ejemplo, siguiendo con el caso de México, dos empresas que por tradición han operado en condiciones de hecho monopólicas, como Telmex y Televisa, han establecido sus respectivos portales de Internet, dirigidos ambos tanto para México como para toda América Latina. Telmex lo hizo en asociación estratégica con Microsoft, mientras que Televisa había comenzado a operar su portal sin socios. Pero al momento de esta escritura se puede leer en el periódico que "los especialistas consideran que está muy cercana la posibilidad de que al portal de Telmex y Microsoft se le pueda unir el de Televisa".15 Televisa y Telmex ya son socios en la empresa Cablevisión, que ofrece el servicio de televisión por cable en la ciudad de México y de la cual la primera ostenta 51 por ciento de las acciones y la segunda, 49 por ciento. Corroboramos que las posibilidades que permite la convergencia tecnológica lo son también para las fusiones y adquisiciones entre los gigantes de los sectores involucrados. Por ejemplo, un "género televisivo" central es el propio cine. De la tele aérea normal, poco más de veinte por ciento del tiempo de programación se dedica a películas cinematográficas (el primer lugar en la oferta) (Estrella 1992; Sánchez Ruiz 1996b). En Argentina, en 1999, 74 por ciento de los largometrajes que se exhibieron en la televisión abierta fueron de Estados Unidos (quince por ciento nacionales); en la tv por cable 74 por ciento fueron de Estados Unidos (sica 2000). En el caso de México, alrededor de sesenta por ciento del total de los largometrajes en la televisión son de Estados Unidos, proporción que en el horario de mayor auditorio se incrementa a tres cuartas partes, mientras el componente mexicano pasa de dos quintas partes a un quinto, en el horario de mayor audiencia. En las nuevas modalidades de televisión de paga, los largometrajes aumentan su presencia a más de la mitad (80 por ciento del total procedente de Estados Unidos). En la actualidad la mayor proporción del cine mexicano que se ve en televisión es de filmes viejos, muchos de ellos clásicos en blanco y negro de Pedro Infante o de Cantinflas. Pero en la medida en que cada año se están produciendo menos películas, los acervos irán disminuyendo y ese tiempo se irá cubriendo con cine de importación, ante todo hollywoodense, como ya pasa en las salas cinematográficas (Sánchez Ruiz 1998b, 1999a). De nuevo, una o dos empresas productoras no podrán competir con el alud de oferta y demanda audiovisual en los mercados mundiales, que está provocando el que otros gobiernos se den cuenta de las nuevas condiciones y ejerzan políticas que he llamado "neoproteccionistas", como las de Canadá, que "protegen" y promueven la formación y consolidación de un sector audiovisual competitivo al interior y en los mercados de exportación (Sánchez Ruiz 1998a). Políticas similares siguen los quince países que forman la Unión Europea, los cuales incluyen a los principales productores audiovisuales de Europa, como Alemania, Inglaterra, Francia, Italia y España. Los gobiernos europeos se han dado cuenta de que el sector audiovisual es muy importante para ser dejado en las "manos invisibles" de las fuerzas del mercado. Dice un documento de la Unión Europea:
Además de que en algunos países se impulse algún grado de desarrollo tecnológico propiamente, es importante que en Latinoamérica se reconozca la necesidad estratégica de establecer lo que se ha denominado las "industrias de contenidos"16 (D'Souza et al. 1997). Se sugieren incluso políticas regionales de fomento a "parques culturales" (Zallo et al. 1995), así como hay "parques industriales". Es decir, lugares especializados donde diversos sectores contribuyen con diferentes pasos de los encadenamientos necesarios para el desarrollo de una industria. Esto incluye, por cierto, a las universidades y todo tipo de unidades de investigación y desarrollo en términos de los insumos informativos, cognoscitivos y educacionales. De frente a la convergencia tecnológica, es posible pensar que un mismo "contenido" pueda transportarse por diferentes plataformas: por ejemplo una película puede añadir a sus tradicionales vías de exhibición (salas de cine, televisión libre y de paga, además del video) los nuevos soportes como el video disco digital (dvd), la Internet, además de que por los servicios de televisión de paga será posible distribuir estos servicios audiovisuales con mayor flexibilidad. Hay aquí una serie de retos para las políticas públicas con respecto a los sectores involucrados, en nuestros países, que también son, por cierto, retos para la investigación social y comunicacional. Solamente partiendo de informaciones veraces y rigurosas, y de marcos analíticos complejos y críticos, podrán tales políticas operar a favor de que los desarrollos tecnológicos e institucionales beneficien a nuestros propias naciones, y dentro de éstas a las mayorías desposeídas y marginadas por el propio proceso "globalizador" del capitalismo voraz y excluyente. Un aspecto que vale la pena recordar es que las dimensiones de la materia sociohistórica no están aisladas unas de otras. Así, no se puede aislar la discusión, por ejemplo, de la competitividad de las industrias culturales, con respecto a la tan traída y llevada "transición a la democracia". Entonces, como ya mencioné, una empresa, por muy poderosa que sea, no puede constituir todo un sector industrial. Sin embargo, en el mundo neoliberal de hoy parece haber implícitamente la opción de apoyar a los grandes grupos líderes en el sector audiovisual, sin propiciar que se generen más opciones competitivas. Por ejemplo, regresando al caso que mejor conozco, el de México, el grupo líder, Televisa, ha convencido a todos en el país y fuera de él de que es la única opción para que México pueda seguir siendo un exportador audiovisual importante (aunque ya comprobamos con información empírica que esto es en realidad una falacia). Pero se supone que la política audiovisual buscaría, además de la competitividad internacional, "contribuir al logro de un pluralismo auténtico y de un amplio compromiso democrático..." (Schlesinger 1995: 18). Regresando a la Unión Europea, el analista inglés Philip Schlesinger, quien por cierto se ha interesado por Latinoamérica, comenta que:
Por ejemplo, a nosotros en México nos parece normal o natural que una o dos empresas produzcan y distribuyan todo tipo de mensajes televisivos. Sin embargo, prácticamente desde el inicio de la televisión en Estados Unidos se legisló para que las empresas emisoras, las grandes redes o cadenas distribuidoras de señales no produjeran más que los programas informativos, y que todo lo de ficción se comprara de empresas independientes, lo que propició el desarrollo descentralizado de un sector de la producción de ficción televisiva las series, comedias, etcétera alrededor de Hollywood. Así, hoy producen televisión los siete grandes estudios californianos, que se agrupan en la Motion Picture Association of America (mpaa), y los alrededor de ciento treinta pequeños y medianos estudios de la American Film Marketing Association (afma), que dan cuenta de cerca de la mitad de las exportaciones audiovisuales de Estados Unidos.17 ¡en México nos ponemos felices porque tv Azteca ya quiere comenzar a competirle a Televisa en la producción y las exportaciones! No solamente estamos hablando de economía (monopolio frente a competencia), o de política (control monopólico de recursos de poder), sino también de cultura política. El dilema sigue siendo, como siempre, entre la concentración y exclusión, y la participación social. Tenemos ante nosotros un reto político, pero también académico. Hay mucho trabajo por delante en la investigación histórica y comparativa, que nos puede ayudar a derribar mitos e ídolos como el de que sólo "hay de una", para entrarle al neoliberalismo y la globalización: es decir, privilegiando y favoreciendo a grupos muy concentrados y centralizados, y articulándonos de manera subordinada a un país, o a un bloque, sin tener en cuenta las necesidades de los numerosos grupos sociales y étnicos que forman históricamente estas realidades tan ricas y múltiples que constituyen Latinoamérica, pero que están tan olvidadas por la globalización y sus convergencias. El mundo "globalizado" e interdependiente (aunque de manera sumamente asimétrica) no ha logrado borrar las naciones ni los estados-nación. En exceso acotados, en particular en lo que se refiere a políticas económicas, pero los gobiernos continúan siendo actores centrales al interior de cada nación, y en el concierto internacional. Reducida, pero la soberanía nacional aún existe y se ejerce. Los países como entidades geopolíticas, geoeconómicas y "geoculturales" siguen teniendo intereses nacionales de frente a otras naciones y a los nuevos poderes trans- y multinacionales. La nacionalidad continúa siendo una referencia simbólica-espacial significativa para la inmensa mayoría de los pobladores de la mayoría de las naciones. Si es el caso de que la democracia ha avanzado en el mundo, y en particular en América Latina durante las últimas décadas, entonces los gobiernos son representantes legítimos de los intereses nacionales en cada caso. De ese modo, es legítimo que ejerzan políticas públicas para hacer competitivas y eficientes, plurales y diversas sus industrias culturales. Hay muestras de que ciertas políticas de apoyo a las industrias culturales, en particular las del sector audiovisual, han ayudado a su desarrollo. Por ejemplo, las industrias cinematográficas de Argentina y Brasil han repuntado gracias al impacto de nuevas leyes de fomento (mr&c 1998). De acuerdo con los resultados del programa de investigación "Euroficción", está ocurriendo un proceso de reconquista de las pantallas televisivas europeas por parte de los programas de ficción locales, que se están produciendo gracias a los apoyos al audiovisual establecidos por la Unión Europea (Buonano 1999). Algo similar pasa con la cinematografía europea, según el Observatorio Europeo del Audiovisual (European Audiovisual Observatory 2000). Aun el gobierno chileno, que se ha caracterizado por aplicar políticas económicas neoliberales "ortodoxas", está estudiando mediante su ministerio de Educación y Cultura formas posibles de apoyar su sector audiovisual, ante su situación subordinada con el exterior (Secretaría de Comunicación y Cultura 1999). Las exportaciones canadienses de productos culturales se han duplicado en los últimos años, en parte gracias a las políticas públicas que, más que "proteger" el sector, buscan promoverlo y desarrollarlo (sagit 1999). Dice Octavio Getino (1998: 10):
Los productos culturales no son solamente mercancías para ser consumidas en el corto o mediano plazo (como "bienes duraderos" o "no duraderos"). Los bienes y servicios de la industria cultural son "bienes duraderos" en un sentido muy diferente al de un refrigerador o un automóvil. Los productos culturales son bienes simbólicos, es decir, que además de mercancías, propuestas de sentido sobre el mundo que nos rodea, constituyen de manera abierta o velada, directa o indirecta, propuestas de definición sobre quiénes somos (y quiénes no somos identidad y alteridad); los contenidos simbólicos de los productos culturales proponen socialmente y a veces imponen histórica y socialmente patrones estéticos la definición de qué es lo bello y lo no bello, pautas éticas y contribuyen a configurar la moral social prevaleciente (lo "correcto/incorrecto"; lo "normal/anormal", lo propio y lo impropio, lo propio y lo ajeno ... ). Estos bienes simbólicos sugieren representaciones e identificaciones sobre posibles "comunidades imaginarias", desde lo local hasta lo "global". Es decir, desde las identidades de barrio, pasando por las identificaciones con lo nacional o con lo "deslocalizado", transnacional (García Canclini 1999). Pueden ser portadoras simbólicas de las nuevas utopías sociohistóricas (mundos posibles). Son universos simbólicos ligados a las comunidades que los producen y a colectividades afines con las que conectan a las primeras. Pero también, y principalmente, los productos culturales son dispositivos sígnicos que pueden mostrar la gran diversidad, pluralidad y riqueza de las manifestaciones culturales (en el sentido más amplio: lenguajes, músicas, costumbres, vestidos, cocinas, etcétera) que existen en el mundo. A pesar de un cierto optimismo "posmoderno", me temo que las industrias culturales no están mostrando esa enorme riqueza y diversidad, sino que operan en una combinación de lo "global" (Hollywood, por ejemplo) con lo local en cada caso. Ni siquiera podemos pensar que los medios de difusión latinoamericanos hayan estado propiciando, durante los últimos decenios, intercambios intensos entre los propios países latinoamericanos, a pesar de que se supone que compartimos una lengua y "una" cultura comunes (Sinclair 1999; Straubhaar 1997). Las industrias culturales no pueden ser dejadas sin más en las "manos invisibles", pero ciegas e insensibles, del mercado. Esto no significa regresar a los esquemas estatistas e intervencionistas del pasado, sino simplemente que el Estado, como representante legítimo de quienes pueblan una nación, debe poder regular u orientar las fuerzas ciegas de la oferta y la demanda. Si un gobierno es elegido en forma democrática y opera con plena transparencia, sus objetivos y formas de operación en efecto representan el interés común. No se trata, entonces, de "apostar" por el mercado o por el Estado. La oferta y la demanda son de hecho fuerzas ciegas que, no hay duda, ejercen presiones estructurales sobre los ciclos de producción, distribución y consumo de productos culturales. Pero ni la oferta ni la demanda poseen inteligencia, ni conciencia propias, ni sensibilidad humana, ni identidad cultural, o nacional, o étnica o de género. Con la convergencia entre las telecomunicaciones, las tecnologías de información y los medios de comunicación, está ocurriendo (en los ámbitos nacionales y globalmente) una intensificación del proceso de concentración de las empresas, con integraciones verticales y horizontales de hardware y software, de las redes y los contenidos. Tal convergencia industrial, tendencia hacia la concentración y centralización del capital tiene implicaciones políticas, en términos de constituirse en un obstáculo potencial para la pluralidad y la democracia. Ya pasaron y se superaron los años del estatismo e intervencionismo autoritarios de los años setenta. Sin embargo, desde la perspectiva de salvaguardar la diversidad cultural y el pluralismo político, la competencia y la competitividad de las empresas nacionales, los gobiernos democráticos legítimos de la región deberían repensar con seriedad desde el plano nacional y como región (o como subregiones) la situación de sus industrias culturales. Dados los imbalances, desigualdades y asimetrías que prevalecen en el sector, deberían ejercer políticas que impulsen un desarrollo cultural más sano, diverso y equilibrado.
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Notas 1 Un interesante recuento de imágenes y metáforas de la globalización, en Ianni 1996. (regreso) 2 Ver Ferguson (1993); Ianni (1996); Sánchez Ruiz (1996a). (regreso) 3 Consultar a Fossaert (1994), especialmente el capítulo 9: "El mundo del imperialismo triunfante". Ver también: Braudel (1991); Wallerstein (1990); Ianni (1993). (regreso) 4 Ver el capítulo "Mediaciones y mestizajes: la revancha de las culturas", en Mattelart (1993). Para el caso de México, consultar Ochoa (1995). (regreso) 5 Sin embargo, un punto fundamental es que los movimientos y mutaciones económico-financieras y tecnológicas son muchísimo más rápidos y vertiginosos que los cambios culturales. Es decir, que para el caso de las industrias culturales, el plano de la producción y puesta en circulación, o de oferta e incluso de creciente demanda de productos culturales transnacionales, no tiene un correlato puntual, inmediato, con los procesos de afectación cultural de los mismos, especialmente si se atiende a las transformaciones de largo alcance en el espacio y en el tiempo. (regreso) 6 Christian Pallois (op. cit.) teorizó este proceso durante los setenta, y llamó la "internacionalización del capital". Ver también Saxe-Fernández 1999. (regreso) 7 Este modo de operación, muy probablemente, en principio contribuye a la "globalización" de la economía más amplia. Pero no porque una firma exporta o importa algún tipo de mercancía por ejemplo, telenovelas se ha "globalizado". Más bien, se internacionaliza. (regreso) 8 Debo aclarar que, si bien considero que los procesos económicos son el motor fundamental de la globalización, los flujos históricos no necesariamente siguen el "orden causal" que pudiera inferirse del orden de presentación de las tres principales dimensiones (económica, política, cultural). Autores como Renato Ortiz (1994) proponen llamar al aspecto cultural de este gran proceso histórico como "mundialización", siguiendo las propuestas francesas. (regreso) 9 Notar que los ejemplos utilizados por el antropólogo argentino se ocupan de formas económicas, al referirse a mercancías como el automóvil, además de la internacionalización del consumo cultural. (regreso) 10 Idea que connotan algunas de las "metáforas" de la globalización, como la imagen de la "aldea global". Ver Ianni (1996). (regreso) 11 Estos autores analizan las convergencias que en lo económico, en lo político y en lo cultural estarían ocurriendo entre los tres países del tlcan (Estados Unidos, Canadá y México). (regreso) 12 A pesar de que los regímenes "neoliberales" mexicanos han presumido de que han reducido la pobreza, los especialistas a su vez han demostrado lo contrario, que aquélla se ha incrementado en todos sus indicadores y dimensiones (Boltvinik 1999; Lustig 1998). (regreso) 13 El Financiero, 11 de enero de 2000, p. 20. (regreso) 14 "Megafusión musical; Time Warner y emi forman 'la pareja perfecta'. Sumarían 8 mil mdd los ingresos combinados anuales", El Financiero, 22 de enero de 2000, p. 10. (regreso) 15 "Avanza hacia la consolidación el mercado de portales en Internet. Advierten analistas sobre la competencia destructiva", El Financiero, 24 de abril de 2000, p. 40. (regreso) 16 Esto se refiere a todo tipo de software, como el de computación, multimedia, etcétera, pero también incluye potencialmente desarrollos en el sector audiovisual (televisión, cine, video), por ejemplo. (regreso) 17 Seguramente, todo esto estará ya cambiando con las modificaciones que se hicieron en 1996 al "Telecommunications Act". (regreso) |
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