Ciencias sociales y ciencias de la salud

El nuevo envejecimiento en México: un enfoque socioantropológico médico

           

María Elena Aguilar Aldrete

Manuel Pando Moreno

           

Departamento de Salud Pública del Centro Universitario de

Ciencias de la Salud

 
 

El envejecimiento de la población es un fenómeno sin precedente histórico que está apareciendo en los últimos años con mayor incidencia en las naciones desarrolladas y con fuerte tendencia en los países en desarrollo, como México. Para estudiar este fenómeno es imprescindible la participación de las ciencias sociales como la antropología y la demografía, ya que éstas permiten ver la magnitud del envejecimiento social y sus significados socioculturales, epidemiológicos y económicos, a fin de estructurar objetivos precisos para este grupo. El caso de la demografía supone una visión numérica o cuantitativa de la población que facilita la estratificación del ser humano como elemento biosocial, en función de las variables geográficas, históricas, económicas, políticas y sanitarias. De este modo, las ciencias sociales hacen posible conocer el elemento estructurante y estructurador de la historia y las características sociales de la población, aspecto imprescindible en el ámbito de la salud (Salas y Girbau 2000).

La transición demográfica y el envejecimiento poblacional que todas las sociedades están viviendo son resultado de la dinámica de población determinada fundamentalmente por las variables de fecundidad y mortalidad. A lo largo de la historia, dichas variables han tenido valores muy diversos, que se han combinado de manera muy distinta y asincrónica en las diferentes partes del mundo. Stolnitz crea, desde 1930, un modelo teórico que explica las transformaciones demográficas naturales producidas al pasar de una sociedad rural a una urbana y de un menor a un mayor nivel industrial; dicho proceso se torna irreversible y el modelo europeo requiere cuatro siglos para duplicar la esperanza media de vida y que la fecundidad descienda a la mitad (García Ballesteros 1982). Sin embargo, en países como México esta transformación se ha logrado en menor tiempo, pues ha duplicado a más del doble la esperanza de vida y descendido la fecundidad a la mitad en menos de un siglo; esto es debido a las políticas masivas de control de natalidad y sanitarias, a las mejoras de servicios de salud, comunicación y de transporte, entre otros.

La teoría de la transición demográfica constituye la única con la que cuenta, por ahora, la demografía (Salas y Girbau 2000). Dicha teoría considera el envejecimiento poblacional determinado por la dinámica de los elementos decisivos ya mencionados. Por este proceso han pasado los países desarrollados y se inicia ya en los que están en vías de desarrollo. Coincide con la modernización, es decir, la transformación social, económica y cultural, que comporta el paso de una sociedad agrícola a una industrial. De tal forma que las zonas más prósperas logran mejores condiciones de vida en términos de salud, vivienda y educación, lo que origina mayor supervivencia en todos los grupos de edad y, por lo tanto, un alargamiento de la vida. De ello se deduce que las circunstancias generales de vida y el progreso de la ciencia médica para controlar los nacimientos, la muerte y la enfermedad han permitido una mayor capacidad de sobrevivir de la población (Conapo-DIF 1994).

 

Características demográficas de envejecimiento

Estadísticamente, al proceso de envejecimiento se le concibe desde inicios de los sesenta años y más o a los sesenta y cinco años y más. En este sentido, en los países desarrollados existe cada vez mayor consenso en preferir los sesenta y cinco años, mientras que los países en desarrollo optan por los sesenta años. La onu recomendó, desde 1983, que la tercera edad se iniciara a los sesenta años; al mismo tiempo, definió el envejecimiento demográfico como el incremento de la población de edad avanzada y la disminución de la proporción de niños y jóvenes. De acuerdo con estos criterios, se considera a una población como vieja cuando más de siete por ciento de sus miembros tienen sesenta y cinco años, y más de diez por ciento, sesenta. La proporción mundial de población de sesenta años y más se incrementó de 9.2 por ciento en 1990 a diez por ciento en 2000; según las proyecciones se espera catorce por ciento en el año 2025 (Morgan y Suzmanne 1998). Con estos datos podemos afirmar que comenzamos el siglo XXI con una población mundial envejecida. Se sugiere que para la edad entrada en la vejez se deben ponderar estadísticamente los incrementos en las esperanzas de vida y las mejoras en las condiciones de salud; de ahí que los factores intervinientes en el proceso demográfico sean reconocidos como indicadores de salud y desarrollo de una sociedad (Salas y Girbau 2000).

Los indicadores demográficos difieren mucho según el grado de desarrollo; si esta medida se acompaña de aspectos cualitativos que enriquecen esa vida y el reparto llega a más gente, se puede hablar de progreso y de un índice de desarrollo humano. Por ello, se puede medir éste a través de la cantidad de vida que existe en una región o país (García Sanz y Martínez Paricio 1999). Esto permite establecer con mayor precisión el lugar que ocupa una sociedad determinada en una escala de privilegio o de privación.

Un término relacionado con la esperanza de vida es la expectativa de vida saludable o expectativa de vida activa o expectativa de vida sin incapacidad, que es el promedio de años que una persona puede esperar vivir sin limitaciones funcionales causada por enfermedades crónicas. Este aspecto es de gran relevancia por ser un indicador de salud en la vejez. Sin embargo, ha resultado difícil hacer una comparación precisa entre naciones debido a las diversas mediciones y conceptualizaciones. Un elemento que coincide en varios estudios es que las mujeres, alcanzados los sesenta y cinco años de edad, pueden padecer una o más incapacidades funcionales que los hombres, excepto en Australia (Kinsella y Gist 1995).

En toda sociedad, y en cualquier momento, han existido representantes de todos los grupos etáreos. La diferencia en la actualidad, respecto a cualquier tiempo pasado, es que en cada uno de ellos y en especial en los de mayor edad, hay un número más grande de individuos que se va incrementando. Lo que caracteriza a los países desarrollados es acumular más años de vida en los individuos, además de que mantienen mejores niveles de calidad de vida (Naciones Unidas 1983). Este tema ha tenido un peso relativo en las diversas sociedades; hay estudios sociológicos que demuestran que el culto a la juventud ha mermado valores correspondientes a la vejez.

En América Latina y el Caribe más de treinta y dos millones de personas tienen en la actualidad por lo menos sesenta años de edad; 55 por ciento son mujeres. La población de sesenta años y más está aumentando a una tasa anual de tres por ciento, en comparación con un aumento de 1.9 por ciento para la población total. El Caribe, encabezado por Cuba, es hoy la región en desarrollo "más vieja" del mundo, pues más de nueve por ciento de su población tienen sesenta años y más (Kinsella 1997).

En América Latina, los más viejos son definidos como las personas de setenta y cinco años y más de edad, los que constituyen típicamente entre uno y dos por ciento de la población total; aunque algunos países alcanzan proporciones de más de tres o cuatro por ciento, como es el caso de México, Argentina y Uruguay. A pesar de que su número es relativamente pequeño, se estima que este segmento aumentará con mayor rapidez que el total de ancianos durante los próximos decenios, lo que producirá un efecto de "envejecimiento de los ancianos". En 2020, este efecto será triplicado, por lo menos (Conapo-DIF 1994). Debido a que los ancianos más viejos exigen mayor atención de salud que los grupos más jóvenes, el acelerado crecimiento de este grupo de población forzará a los países a hacer frente a cuestiones de atención en mediano y largo plazo (Kinsella).

La composición familiar en América Latina: los estudios tienden a apoyar la afirmación que tradicionalmente la familia (en sus diversas formas) ha sido la principal proveedora del apoyo social y económico a sus ancianos. Dos son las dimensiones fundamentales de la organización doméstica: la relativa independencia de la unidad conyugal y la importancia de la familia extendida. Esta situación se está modificando y veremos resultados de ello en los próximos diez años.

Otros aspectos como el alfabetismo y la educación contribuyen claramente al bienestar de los ancianos al permitir que se cumplan las perspectivas económicas en una etapa temprana en la vida y que los adultos se preparen para la vejez. Hoy, los ancianos en muchos países sólo tienen oportunidades educativas limitadas, por lo que grandes segmentos de ellos son analfabetos.

Fuerza laboral y ocupación: aunque las tasas de actividad económica disminuyen con la edad avanzada en América Latina, rara vez alcanzan los bajos niveles que se observan en los países industrializados. Los datos disponibles indican que más de la mitad de los hombres de sesenta años y más siguen económicamente activos en muchos países (Kinsella 1997).

Cambios sociodemográficos y el problema del envejecimiento en México

Según informes, el proceso de envejecimiento en México en las últimas cuatro décadas es producto de un desarrollo económico y social iniciado en los años treinta del pasado siglo. El efecto del doble descenso de las variables mortalidad y fecundidad de los mexicanos es el envejecimiento demográfico. En cuanto a la participación porcentual, la disminución de la fecundidad es el principal determinante; el descenso de la mortalidad ha sido la primera variable que ha favorecido la esperanza de vida (Conapo-DIF 1994). En términos relativos hay una tendencia al incremento de la población anciana con respecto al total del país: de 5.5 por ciento en 1950 a siete por ciento en 2000. El Conapo subraya que de los ascensos y descensos porcentuales en los grupos de población, el sector en edad avanzada sólo registra leves incrementos al parecer no preocupantes. Es de esperar tal reflexión del Estado, ya que él mismo tiene desprotegidos a los ancianos y descuida sus responsabilidades: 80 por ciento de ellos están sin seguridad social, la mayoría vive en la precariedad económica y bajo la tutela familiar e incluso de la beneficencia. Se espera que en menos de treinta años las cifras serán alarmantes (ver cuadro 1), porque la cantidad de ancianos puede sobreponerse a la calidad de vida; es decir, si se continúa con una mentalidad no previsora, las cifras pueden sorprender y repercutir seriamente en la calidad de vida de estos ancianos del futuro, que seremos nosotros mismos.

El prolongar la duración de la vida es uno de los más impresionantes fenómenos de nuestro tiempo y podría ser el evento más significativo en la historia "biosocial" de la humanidad, sólo si a este incremento del tiempo de vida (cuantitativo) se asocia uno en la calidad de vida (cualitativo). El hecho más reciente es que el aumento de la expectativa de vida no sólo se ha visto en la población joven, sino también en los ancianos. Este fenómeno se inició hace sólo unas décadas y aún sigue reforzándose, debido a que se han reducido las tasas de mortalidad infantil y están bajando las de mortalidad en los adultos y en la vejez (Robire et al. 1999). Esta expresión ha sido considerada como un artefacto de la civilización, puesto que nunca antes se había visto tal incremento porcentual de viejos y de muy viejos, que en circunstancias naturales no sucedería. La selección natural eliminaba a los débiles y la vejez era una etapa vulnerable.

Hoy, México es la undécima nación más poblada del mundo, con 97.4 millones de habitantes (INEGI 2000), y se prevé que para 2020 ocupará el noveno lugar entre los países con la mayor población de personas de edad, por delante de Italia (décimo lugar), Francia (undécimo) y el Reino Unido (decimotercero) (OMS 1993). Aunque la población mexicana es predominantemente joven, su dinámica actual adquiere un envejecimiento paulatino. En 1990, por ejemplo, la mitad de la población era menor de diecinueve años, mientras que en 2000 era menor de veintidós; lo anterior se propicia por la disminución de los indicadores más importantes del envejecimiento.

Asimismo, se está elevando la esperanza de vida, lo que representa un mayor número de personas en edad avanzada con una clara tendencia a sobrevivir cada vez más. En la actualidad, la esperanza de vida de los mexicanos es de setenta y cinco años (INEGI 2000); en Estados Unidos es de setenta y siete años (Bliwise 2000), lo que representa una diferencia de sólo dos años. No es únicamente la población mayor de sesenta años la que aumenta a un ritmo más acelerado que la población en su conjunto, sino que la anciana está envejeciendo a medida que sobrevive más, es decir, que el grupo de mayores de ochenta años es el segmento que más crece y que impone demandas de servicios sociales y de salud (OMS 1993; Butler 1999; Dytchwald 1999; Lehr 1999). Este grupo tiene una elevada prevalencia de incapacidad física (65 por ciento) en alguna actividad básica de la vida diaria, lo que disminuye la posibilidad de calidad de vida independiente, y se asocia a pérdidas en el desempeño de roles sociales (Dytchwald 1999).

Otro fenómeno sociodemográfico del envejecimiento es el de la supervivencia femenina, atribuido a factores del estilo de vida, estrés, diferencias hormonales, diferencias genéticas en la resistencia inmunológica, entre otros (Butler, Lewis y Sunderland 1998). La esperanza de vida de las mujeres mexicanas supera en 4.5 años a la de los hombres: de 77.6 años para mujeres y de 73.1 para hombres (INEGI 2000); a su vez, este parámetro en Estados Unidos es de 79.6 para mujeres y 72.9 para hombres (Butler, Lewis y Sunderland 1998). Lo anterior caracteriza la alta esperanza de vida como un aspecto social relevante, a pesar de la amplia franja de desarrollo económico entre ambos países.

En México se ha pospuesto la muerte en un sentido cuantitativo, pero no con respecto a la aparición de enfermedades crónicas degenerativas que afectan la calidad de vida de los que envejecen. Ahora, preocupa que no exista un programa nacional gerontológico y coordinado, a pesar de que las estadísticas muestran altos índices de envejecimiento. Tampoco se han aplicado medidas para mantener y promover la salud de esta población.

Resulta fundamental conocer la salud en el envejecimiento de los individuos sobre la base de dos aspectos primordiales. Primero: el que la salud en la vejez no es un objetivo, sino un derecho y un recurso para la vida diaria, en la que se destacan como un concepto positivo en su modo de influir sobre la población los medios sociales, culturales y personales. Segundo: es esencial saber cuáles son los motivos e intereses de la gente sobre su salud, lo cual permite valorar cómo los individuos comprenden la naturaleza de ésta con el fin de promoverla (Buck 1996).

 

Es necesario comprender el envejecimiento desde la experiencia de vida, mediante el método científico inductivo de las ciencias sociales, el cual recoge y da forma a la imagen popular, con base en el razonamiento lógico de la objetividad de la observación y la lógica de la argumentación inductiva. Los factores comportamentales sobre la salud forman parte de la sabiduría popular y conocerlos es obligado para cualquier programa, dado que los individuos tienen inquietudes, conceptos, creencias propias y particulares en el campo de la salud (Menéndez 1999).

Se asume la heterogeneidad en la población anciana, ya que al morir son reemplazados por las nuevas cohortes que entran a esta edad, con su propio tiempo histórico y sus circunstancias sociales y culturales. La dinámica de reemplazamiento conduce a que se observen diferencias, por ejemplo, en el nivel educativo de los miembros que entran recientemente a la cohorte con respecto a los que están supliendo; se espera que en las próximas tres décadas esta laguna disminuya. Y para subsanar esas diferencias se sugiere incorporar a los ancianos a programas educativos físico-nutricional-laborales.

También conviene preguntarnos: ¿qué facilitadores educativos en salud para el envejecimiento estamos ofreciendo a las nuevas generaciones que se están desplazando en este momento?, ¿qué diferencias se avecinan de los ancianos de hoy con relación a los del mañana, cuando las nuevas generaciones viven situaciones que ponen en riesgo su salud, como sedentarismo, alimentación procesada con numerosos químicos, contaminación ambiental, accidentes de tráfico, estrés, desvalorización de la vejez, etcétera?

Otros factores que están entretejiendo el nuevo envejecimiento son: estado marital, fertilidad, parentesco, arreglos de vida, ingresos, cuidados formales, tasas de nacimiento, así como el incremento en la participación de la mujer en la fuerza laboral. Lo anterior presagia un nuevo envejecimiento social, con importantes cambios. El apartado de la epidemiología nutre de manera indirecta la magnitud del impacto de la salud en el envejecimiento como consecuencia de una evolución demográfica. En lo que se refiere a la mortalidad y morbilidad en la población anciana, sus causas principales son, al igual que en la adulta, las enfermedades cardiovasculares y las neoplásicas (Butler, Lewis y Sunderland 1998).

La promoción de la salud y la educación en ese rubro resultan ser las estrategias más recomendadas para la prevención de las enfermedades crónicas e incapacidad, y que deberán preverse para las nuevas generaciones a fin de asegurar el bienestar y la calidad de vida en la vejez.

Es necesario comprender el proceso de salud en el envejecimiento y responder a preguntas como: ¿qué importancia tienen la salud en el anciano?; ¿qué papel (activo o pasivo) desempeña el que envejece para la salud en el envejecimiento?; ¿qué cuidados específicos mantiene el anciano para su salud?; ¿a qué factores atribuye su salud o su enfermedad en la vejez?; ¿qué papel desempeñan la familia, la sociedad y los sistemas sanitarios para su salud?; ¿cuáles son los servicios y apoyos sociales de que dispone el anciano para el cuidado de la salud y en qué condiciones se encuentran?; ¿cuáles son las condiciones de salud de los ancianos?; y ¿cuáles son las necesidades prioritarias que considera el anciano para conservar su salud?

Sin duda, hoy se vive más tiempo como consecuencia de las intervenciones higiénicas, sociales y médicas, pero este desarrollo ha tenido su precio, porque no todo es positivo. Resulta irónico que el avance económico y social se refleja en un incremento de la expectativa de vida, pero, a la vez, se agrega un incremento de las enfermedades crónicas degenerativas, la dependencia personal y, con ello, un aumento de las demandas de los servicios sociosanitarios. A esto también se suma que los errores médicos (iatrogenias), de los cuales los ancianos son víctimas en gran escala, ocupan la séptima causa de muerte en países desarrollados como Estados Unidos. Resulta incongruente que las mayores demandas de atención sean por problemas incurables, paradójicamente, en su mayoría evitables o prevenibles (Rowe y Kahn 1998). Esta situación indica serias fallas en los sistemas de salud, en los que se mueven intereses creados de orden económico, político, etcétera.

El modelo clásico de estudio de la vejez se ha orientado al conocimiento de la alteración de órganos y tratamientos farmacológicos más que cualquier otra dirección; esto a su vez desemboca en especializaciones médicas, como eje que fragmenta al individuo y descuida los determinantes esenciales de salud del que envejece: medio ambiente, los estilos de vida y su entorno. Debido a que de modo tradicional la preocupación por la salud se mantiene aislada de los hospitales, consultorios y escuelas de ciencias de la salud (medicina, enfermería, etcétera), los profesionales sanitarios implicados en la vigilancia de la enfermedad y la asistencia lo hacen de manera estrictamente reparadora, y deja de lado el objetivo principal: la salud (Robine et al. 1997). No obstante, es interesante constatar que en el universo cultural de la población siempre ha seguido latiendo la concepción positiva y abierta de la salud, en la que los cuidados y la preocupación por la salud permanecen vigentes.

Esperemos que en las políticas mundiales sobre el envejecimiento para la primera década del siglo xxi que están por replantearse en la próxima Asamblea Mundial del Envejecimiento a celebrarse en Madrid del 8 al 12 de marzo del presente año, México tome un papel activo y reivindique sus estrategias; de acuerdo con el resumen técnico de reuniones preliminares entre las áreas más relevantes se encuentra: focalizar la atención a países en vías de desarrollo; potenciar las responsabilidades gubernamentales; promover el envejecimiento en un contexto de desarrollo a través del ciclo de vida; participación de los mayores; y evitar estereotipos de las personas mayores. Los fundamentos de la asamblea serán aspectos de la salud, educación, derechos humanos, seguridad de renta y empleo, alojamiento y ambiente, familia, investigación, entre otros.

 

Referencias bibliográficas

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