|
No hay un solo futuro, sino varios. Quizás ésta
sea la afirmación fundamental de la prospectiva. Comprender
su significado y alcance es clave para aproximarse al corazón
conceptual de una disciplina que construye visiones para planear
el futuro de largo plazo de la sociedad, las regiones y las organizaciones.
La prospectiva no ofrece, ni lo pretende, una ontología
del tiempo futuro. No le interesa precisar qué es el futuro
ni mucho menos el tiempo. Sin embargo, para fines metodológicos
sí suscribe que el futuro está esencialmente abierto
e indeterminado; en otras palabras, que es en realidad una pluralidad
de futuros.
Futuros únicos y determinados
Detrás de la aceptación de una multiplicidad
de futuros existe una evolución teórica y metodológica
importante dentro de este campo. Hasta la década de los
sesenta y aun en los setenta, en los estudios sobre el futuro
todavía se advertía cierta esperanza cientificista
de poder elaborar una narrativa única sobre el porvenir
que predijera el curso necesario que tomarían los sucesos
venideros. Eran investigaciones cuyo bagaje intelectual y técnico
se enmarcaba en una lógica de predicción, similar
a la naturaleza del saber científico regido por leyes.
La intención era anticipar intelectualmente un acontecimiento
situado en el futuro, cuya ocurrencia sería necesaria,
bien sea por la presión de tendencias irreversibles o
por la sujeción de los fenómenos a una legalidad
antes establecida. El waes, grupo de científicos dedicados
a explorar el futuro energético del mundo, escribía
en 1977, con una semántica y enfoque que refleja bien
esta pretensión determinista, que "la oferta de petróleo
cesará de cubrir la creciente demanda antes del año
2000, muy probablemente entre 1985 y 1995, incluso si los precios
de la energía subiesen un 50% por encima de los niveles
actuales en términos reales".[1]
Así como en su momento la ciencia que se entendía
normada por un método inductivo abrió la puerta
a la probabilidad para justificar sus pretensiones de universalidad,
también los estudios de futuro tenían cautela en
basar sus afirmaciones en cálculos de probabilidad y en
juicios condicionales (del tipo de "si p, entonces q").
Las principales afirmaciones del famoso libro Los límites
del crecimiento, auspiciado por el Club Roma y que llamó
la atención mundial sobre los problemas originados por
el crecimiento exponencial de la población, están
escritas en un lenguaje condicional que introduce reservas de
certidumbre a proyecciones en realidad confeccionadas sobre el
molde cerrado y unidireccional de la predicción.[2]
No es difícil inferir los supuestos de fondo que portaban
estas investigaciones, aun las que renunciaban a establecer juicios
sobre el futuro basados en un determinismo estricto: a) la convicción
de que el futuro es el resultado de fuerzas objetivadas que avanzan
necesariamente en una sola dirección; b) la certeza, concomitante,
de que la acción humana cumple un papel menor en la modelación
o fabricación del futuro; y c) el supuesto intelectual
de que la investigación del futuro debía proporcionar
un conocimiento "científico" del porvenir, medido
por la exactitud de sus predicciones.
Futuros múltiples y abiertos
Hacia la década de los sesenta, estos supuestos comenzaron
a ser cuestionados. La "rebelión" se inició
en dos frentes geográficos distintos, al parecer sin conexión
inicial entre ellos, pero que lograron una convergencia de perspectivas
a finales de los setenta y en la década posterior. Uno
de estos frentes se ubicó en Francia, con el empuje inicial
de Gaston Berger, Bertrand de Jouvenel y Pierre Massé.
A este grupo se debió el surgimiento de un impulso
poderoso por renovar los fundamentos de una disciplina que parecía
entonces irremisiblemente condenada a moverse entre la especulación
intuitiva (ejemplificada de modo magistral por Alvin Tofler en
los setenta) y las visiones deterministas, de carácter
predictivo, acerca del porvenir. No sólo la denominación,
sino el enfoque central de la prospectiva que hoy sigue vigente,
fueron formulados por la corriente de pensamiento e investigación
que alentó este grupo.
Una de las aportaciones más conspicuas de los franceses
a la prospectiva fue el hincapié que puso en la capacidad
del hombre para intervenir en la construcción del futuro.
El porvenir no habría que entenderlo sólo como
la aparición inexorable de sucesos objetivados, provocados
por factores opacos a la voluntad del ser humano, sino como algo
que es fruto también de deseos e intenciones movilizadas,
consciente o inconscientemente, por una colectividad.
Pensar en el futuro como una dimensión sensible al
hacer y desear de las personas tiene amplias implicaciones gnoseológicas,
puesto que el sujeto que investiga el futuro deja de ser aquel
interesado en la predicción para convertirse en uno más
bien comprometido con la prevención y la consecución
del porvenir; también, en tanto el propósito es
incrementar la competencia humana en el control del futuro, el
sujeto involucrado ya no es única y exclusivamente el
futurólogo, dotado de una supuesta experticia para generar
juicios "científicos" sobre el mañana,
sino una colectividad que va ampliando su rango de percepción
y acción ante el futuro. A final de cuentas, como resumió
Michel Godet, heredero y máximo exponente hoy de la prospectiva
en su vertiente francesa, "la buena previsión no
es la que se realiza, sino la que conduce a la acción".[3]
El otro frente de combate al estilo determinista de hacer
estudios de futuro, defensor de una versión objetivista
y unidimensional del futuro, fue creado por Herman Kahn y colaboradores
en Estados Unidos, al amparo de un think tank que, entre
otras actividades, brindaba insumos intelectuales al departamento
de defensa de ese país, el Instituto Hudson. Antes de
su labor como fundador y líder de ese organismo, Herman
Kahn se había forjado una amplia experiencia en el campo
de la estrategia militar y la investigación de futuros
dentro de la Rand Corporation, centro de pensamiento similar
al que fundaría él después y que se destacaba
por sus investigaciones en asuntos bélicos.
Kahn se dio a conocer tempranamente por sus investigaciones
sobre las consecuencias que tendría para Estados Unidos
una guerra termonuclear con la Unión Soviética.
No le interesaba definir si una guerra de este tipo sucedería
o no, y cuándo, sino qué pasaría si ocurriera.
Estaba interesado por explorar las diversas posibilidades que
se presentarían si Estados Unidos fuera atacado por Moscú.
Pensaba que la "mejor manera de prevenir un guerra nuclear
era pensar seriamente y a detalle sobre lo que sucedería
si esa guerra tenía lugar".[4] A cada una de esas
posibilidades de ocurrencia, a esas situaciones diferenciadas
que podrían surgir una vez desatado el ataque, le llamó
"escenario".
El término lo introdujo Kahn, a sugerencia de su amigo
Leo Rosten, literato y guionista de cine, para designar una entre
varias descripciones alternativas del futuro. Al igual que en
las artes, un escenario comenzó a significar un esbozo
detallado de una situación que sucedería (o se
presentaría) en el futuro. Para Kahn, los escenarios eran
una manera de estimular un pensamiento previsor sobre el porvenir
que ayudaba a "pensar lo impensable". Era un método
que obligaba a sistematizar y profundizar en el conocimiento
de las variadas posibilidades en que podría desgranarse
el futuro.
Bien sea por el afán de reivindicar el papel de la
voluntad en la conformación del futuro, preconizado por
los franceses; o bien por la necesidad de robustecer el pensamiento
estratégico haciéndose cargo de las múltiples
posibilidades de un evento futuro, como Kahn insistió
en sus trabajos seminales sobre el futuro; a inicios de la década
de los setenta se había configurado una tendencia de pensamiento
que estimulaba la reflexión sobre el porvenir en términos
de asumirlo como un orden multiforme, abierto e indeterminado,
en cuya ocurrencia la acción humana cumplía un
papel de suma relevancia.
Sin duda, para entonces también se habían acumulado
demasiados motivos sociales y económicos para dar este
giro teórico-metodológico. En los sesenta y después
se tenían evidencias muy claras de que el futuro de la
sociedad no podía seguirse comprendiendo con base en la
forma en que lo había hecho en el pasado. El porvenir
se veía esencialmente como un territorio poblado de crisis,
rupturas y turbulencias, cuya naturaleza y magnitud no tenían
precedente en la historia y, por lo tanto, no podían ser
entendidos echando mano de saberes probados. Se tenía
la conciencia de que la sociedad moderna se encontraba ante los
albores de profundos cambios económicos, sociales y políticos
para los cuales no estaba preparada. El curso mismo de la historia,
entonces, también aconsejaba abandonar las visiones del
futuro unidireccionales y deterministas, útiles quizás
en una época de estabilidad y certidumbre que estaba llegando
a su fin.
Memorias del futuro
A finales de los sesenta, el Grupo Shell, una de las principales
empresas petroleras del mundo, se estaba dando cuenta perfectamente
de esta alta incertidumbre e inestabilidad que provenía
de su entorno. Citar la forma en que esta compañía
cobró conciencia de su ambiente de negocios y cómo
reaccionó ante ello no es casual. Shell se significó
entonces por hacer una apropiación muy lúcida y
creativa de las ideas de Kahn sobre los escenarios en el mundo
de la empresa, y quizá sea hoy la compañía
más importante del planeta que con mayor consistencia
aplica este método.
El uso exitoso que hizo Shell del método de escenarios,
además, terminó por brindarle a la investigación
del futuro algunas de sus características clave que la
definen en la actualidad, sobre todo en el mundo anglosajón:
a) como un ejercicio que coadyuva a la estructuración
de la planeación a largo plazo; b) como una actividad
que se lleva a cabo primordialmente dentro de una organización;
y c) como una herramienta que sirve a los propósitos más
amplios de la gestión empresarial.
Cuando a mediados de los años sesenta el Grupo Shell
comenzó a interesarse por los escenarios, la compañía
cimentaba sus actividades de planeación en la proyección
de tendencias. Se fijaban metas de operación y crecimiento
con base en el comportamiento previo de sus indicadores principales.
Era un modelo de planeación incrementalista y centrado
en el mediano plazo, que tácitamente daba por sentado
un entorno sin turbulencias. Sin embargo, de manera paralela
un grupo de planificación de la propia empresa, encabezado
por Pierre Wack y Ted Newland, había iniciado un trabajo
de previsión sobre bases distintas, cuya inspiración
fueron los trabajos de Kahn.
Wack y Newland comenzaron a generar escenarios sobre la industria
del petróleo con una visión de largo plazo (treinta
años). En su trabajo era inevitable preguntarse si las
condiciones que habían permanecido prácticamente
sin alteraciones durante décadas, lo seguirían
siendo en lo sucesivo. El equipo de planificación se dio
cuenta que no podía ser así y formularon una alternativa
de desabasto del crudo que se hizo realidad en 1973, con el embargo
petrolero de la recién formada Organización de
Países Exportadores de Petróleo (opep). La crisis
en el suministro del petróleo desencadenó una elevación
de los precios del crudo a niveles estratosféricos. De
dos dólares por barril alcanzó los treinta y se
mantuvo alto por trece años, hasta que colapsó
en 1986.[5] En virtud de su trabajo con escenarios y de las medidas
corporativas que desencadenó, Shell logró sortear
las turbulencias de esos años con un éxito relativamente
mayor a sus competidores.
La experiencia con un entorno de negocios altamente incierto
no sólo estimuló la consolidación de los
escenarios como una herramienta capital de la planificación
empresarial dentro de la Shell; también indujo a una reflexión
más amplia sobre su valor para la gestión corporativa
en general. De los sucesivos equipos de planificación
de esta empresa ha surgido un pensamiento muy sugerente que conecta
el proceso de generación de escenarios con dimensiones
más amplias de la organización, relativas a la
formulación de estrategias corporativas, el aprendizaje
organizacional y la naturaleza de las empresas.
Uno de los fundamentos intelectuales de esta conexión
son las investigaciones de David Ingvar, neurobiólogo.
Los planificadores por escenarios han encontrado un paralelismo
entre la actividad del cerebro y la de una organización
que aplica esta metodología. Según Ingvar, el cerebro
humano fabrica continuamente planes y programas de acción
sobre el futuro, tanto en estado de vigilia como en el sueño.
Estos planes son acciones potenciales organizadas de manera secuencial
que indican vías alternativas de actuación. Dichos
planes no se olvidan; forman una "memoria del futuro"
que se actualiza y revisa con constancia.[6]
Expertos en planificación por escenarios, que en su
momento encabezaron o fueron pieza clave del trabajo desarrollado
en este sentido por la Shell, como Van der Heijden, De Geus,
Schwartz y Davis, han insistido con diversos tonos que la generación
de escenarios es una herramienta que puede robustecer el pensamiento
estratégico de una organización. La exploración
de futuros alternos le permite a ésta: a) mejorar la consistencia
de los proyectos y darle más calidad a la toma de decisiones;
b) ampliar los modelos mentales de los directivos y su sensibilidad
para pensar el futuro; c) expandir la percepción corporativa
ante las señales del entorno; d) movilizar energías
creativas en los diferentes niveles de la organización,
y e) potenciar el liderazgo de la organización.[7] En
último término, la formulación de escenarios
se aprecia como un recurso particularmente poderoso para estimular
el aprendizaje al interior de las organizaciones, a través
de un ciclo permanente de "integración de experiencia,
desarrollo de sentido y acción".[8]
Notas
1 WAES, Energía: perspectivas mundiales 1985-2000,
México, FCE, 1981 (originalmente publicado en inglés
en 1977), p. 33.
2 Donella Meadows, Meadows, Dennis y otros, Los límites
del crecimiento, México, FCE, 1973 (originalmente
publicado en inglés en 1972).
3 Michel Godet, De la anticipación a la acción,
Bogotá, Alfaomega-Marcombo, 1995, p. 15.
4 Art Kleiner, The age of heretics, Nueva York, Doubleday,
1996, p. 149.
5 Arie De Geus, La empresa viviente, Barcelona, Granica,
1998.
6 Peter Schwartz, The art of the long view, Nueva York,
Doubleday, 1996.
7 Kees Van der Heijden, Escenarios, México,
Panorama, 1998.
8 Ibid., p. 52. Véase también Arie De
Geus,
op. cit., cap. 4.
|
|