Primavera 2003

http://www.cge.udg.mx/revistaudg/rug25/rug25.html

La fotografía como instante: sobre

Tinta de luz. Treinta y un fotógrafos tapatíos

(Revista Universidad de Guadalajara)

La fotografía es, en realidad, uno de los más grandes enigmas de la cultura contemporánea, pues pocas formas de expresión poseen la capacidad que tiene esta modalidad artística para intrigarnos y hacernos reflexionar sobre una serie de conceptos básicos: la realidad, la especificidad de lo viviente, el espacio y el tiempo. Sabemos demasiado bien que una foto es simple y sencillamente una re-presentación de algo que existe al margen de ella, y que una imagen en dos dimensiones nunca es el equivalente exacto de un hecho de la realidad. Sin embargo, tenemos también conciencia de que la fotografía evoca esa realidad de manera mucho más efectiva, e incluso más violenta, que otras artes o formas de representación. En ese aspecto es tan sólo superada por lo cinematográfico.

Toda foto se presenta ante nosotros, antes que nada, como la captación y fijación de un instante. Como una forma de congelar en imagen el espacio, el tiempo y lo viviente.

La fotografía tiene la consistencia de una imagen que desafía el flujo de la realidad. Una pintura, por muy hiperrealista que sea, no logra trascender nunca su nivel de obra mediatizante. En una pintura hiperrealista lo que vemos siempre es un ejercicio de estilo, un manierismo del arte que intenta simular el instante, pero que ha sido realizado siempre a través de un minucioso proceso pictórico que no tiene, en realidad, mucho que ver con la inmediatez del instante que simula. La acción del pintor se coloca entre nosotros y el hecho representado. La fotografía, en cambio, parece trascender el simulacro. Cuando la vemos tenemos conciencia de que estamos también ante una representación artificial, producto de la acción de otro artista, pero de cualquier manera la percibimos, o la creemos percibir, como algo en muchos aspectos implicado más profundamente (incluso de forma esencial) con lo que fue el momento captado por ella.

La fotografía siempre nos llena con una sensación de inmediatez; nos obliga a recordar que tiempo y espacio son simples convenciones, aspectos de nuestra percepción del mundo, y que a través de sus imágenes los muertos son capaces de mirarse en nuestros ojos.

Por otro lado, la imagen fotográfica nos afecta siempre con una intensidad que imágenes de otro tipo son incapaces de producir. Como ejemplo concreto tenemos las de desnudo, que nos atañen mucho más cuando son fotográficas que cuando son pictóricas o escultóricas. Ante una pintura o una escultura tenemos siempre un resabio de conciencia que nos dice que estamos ante una simple representación del hecho real. En cambio, la fotografía a menudo nos engaña y nos produce el efecto alucinatorio de una especie de inmediatez de lo representado. Una inmediatez que, al mismo tiempo, nos desconcierta y estimula.

En una imagen fotográfica lo que fue un momento fugaz, que se perdió en el tiempo, parece acceder a un simulacro de eternidad. La fotografía es un arte que se niega a reconocer el paso del tiempo, y nos obliga a revivir, a través del acto de la contemplación, la extraña inmutabilidad del instante.

Ya Roland Barthes señalaba, en su libro La cámara lúcida, que mucho del impacto que una fotografía es capaz de producir en un espectador se deriva de la constatación que éste hace siempre de que se trata de la imagen de algo que "ha sido". Cuando miramos una foto tomamos necesariamente conciencia de que los objetos y los seres por ella representados fueron y existieron (en la forma misma como los vemos) en un momento del fluir temporal, y abarcaron un espacio semejante al que ocupa nuestro propio cuerpo. A menudo eso nos produce el deseo de imaginar o elucubrar el desarrollo vital de esos seres, de lo que fueron antes o después de haber sido transformados en imagen por el acto fotográfico.

Al recorrer las imágenes que forman la antología "Tinta de luz. Treinta y un fotógrafos tapatíos", presentada en el número 25 de la Revista Universidad de Guadalajara, nos sentimos inmersos en el universo de interrogantes que acabo de describir. Dolores Marisa Martínez Moscoso y Francisco Castellón Amaya nos proponen un magnífico muestrario de lo que, en una región de México, estimula la imaginación de un grupo de fotógrafos. Se trata de imágenes que nos hablan, por ello, de una determinada concepción colectiva de la realidad, y casi funcionan como un "libro" de deseos, obsesiones y paradigmas sociales.

Es fascinante, en ese aspecto, constatar la predominancia del cuerpo humano en esas imágenes, desnudo o no. Parecería que una mayoría de estos artistas se interrogan sobre las formas que nuestra corporeidad es capaz de asumir, incluso llegando al nivel del simulacro arcimboldiano que Raúl Ramón Ramírez nos ofrece en la página 48. Es como si los avatares del cuerpo fueran la cuestión básica que la cultura mexicana se está planteando en el presente. Se puede decir que se trata de una moda, y que el desnudo es simplemente una propuesta determinada por las necesidades del comercio, pero el modo de plantearlo como imagen, de "discutir" en signos icónicos su significado y sus connotaciones me parece que va mucho más allá de un simple deseo de poder colocar las imágenes en un mercado.

Por el contrario, basta con relacionar estas imágenes con las que en verdad se consumen en las revistas comerciales para darse cuenta de que la propuesta de la mayoría de estos fotógrafos va en la línea de deconstruir el concepto tradicional y más académico del desnudo consumista. El humor es, por ejemplo, un elemento recurrente de estos modos de concebir el cuerpo humano.

De igual manera, podemos notar que, si bien estos fotógrafos en general no rinden tributo a las formas derivadas de la pintura, llevan en la mente estructuras pictóricas para someterlas al proceso de deconstrucción fotográfica. Así, Flor Acosta nos refiere a Siqueiros en su imagen de la página 4; Peggie Vallejo nos hace una evocación de Magritte en la página 53; mientras que otros de los artistas nos refieren a la estampa japonesa o a la pintura del Renacimiento.

Muchas imágenes recurren al efecto simbólico para crear sus efectos en nosotros, con bromas como las de Rubén Orozco, que pone en relación la feminidad con signos que evocan los efluvios del cuerpo sexuado. Algunos fotógrafos, como Danaé Vázquez, se lanzan a la exploración del cuerpo propio, y otros utilizan la corporeidad ajena como foco de la reflexión, al significarla y explorarla en diferentes niveles, con imágenes como las de Mariano Aparicio, Luis Caballo o José Cuitláhuac Correa.

Podría seguir hilvanando nombres y dando ejemplos de cómo trabajan todos estos fotógrafos, pero creo que corresponde a cada persona explorar este dossier a su manera e intentar leer en él los significados posibles de cada una de las imágenes coleccionadas. Hay imágenes bellas, pero también algunas terribles, como las que ofrece Rafael del Río, o patéticas como la de los niños que hacen una cruz con sus cuerpos en una fotografía de José Hernández-Claire.

Para cualquier persona obsesionada por las imágenes, ésta viene siendo una antología visual imprescindible, la cual nos habla de un instante que, de alguna forma, todavía es nuestro.

 

Arnulfo Eduardo Velasco

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